Voltar ao livro Isis Sem o Véu

Capítulo 9 de 51

El Velo De Isis — parte 2 de 6

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I antiguos, y más de un comentador acusó de incongruentes a Platón y Filo Judeo, por no advertir el propósito que se trasluce bajo el laberinto de contradicciones metafísicas cuya aparente absurdidad tan perplejos deja a los lectores del Timeo. Pero ¿qué comentador de los clásicos supo leer a Platón? Esto nos mueve a preguntar los juicios críticos que sobre el insigne filósofo encontramos en las obras de Stalbaüm, Schleiermacher, Ficino, Heindorf, Sydenham, Buttmann, Taylor y Burges, por no citar otros de menos autoridad. Las veladas alusiones de Platón a las enseñanzas esotéricas han puesto en extrema confusión a sus comentadores, cuya atrevida ignorancia llegó al punto de alterar muchos pasajes del texto, creídos de que estaban equivocadas las palabras. Así tenemos que respecto a la alusión órfica en que el autor exclama: Del canto el orden de la sexta raza cierra, cuya interpretación sólo cabe dar en el sentido de la aparición de la sexta raza en la consecutiva evolución de las esferas62, opina erróneamente Burges que el pasaje “está sin duda tomado de una cosmogonía, según la cual fué el hombre el último ser creado”63. El que edita una obra ¿no tiene la obligación de por lo menos entender lo que dice el autor? Es opinión, general, aun entre los críticos más serenos, que los sabios de la antigüedad no tuvieron de las ciencias experimentales el profundo conocimiento que tanto engríe a nuestro siglo. Algunos comentadores han sospechado que ignoraban el fundamental apotegma filosófico: ex nihilo nihil fit, y dicen que si algo sabían de la indestructibilidad de la materia, no era por deducción dé principios firmemente establecidos, sino por intuición y analogía. Sin embargo, nosotros opinamos lo contrario, pues aunque las enseñanzas de los filósofos antiguos en lo concerniente a las cosas materiales fuesen públicas y estén sujetas a la crítica, sus doctrinas sobre las cosas espirituales fueron profundamente esotéricas, y movidos por el juramento de mantener en absoluto sigilo cuanto se refiriese a las relaciones entre el espíritu y la materia, rivalizaban unos con otros en ingeniosas trazas para encubrir sus verdaderas opiniones. La doctrina de la metempsícosis, tan acerbamente ridiculizada por los científicos y con no menos dureza combatida por los teólogos, es un concepto sublime para quienes desentrañan su esotérica adecuación a la indestructibilidad de la materia é inmortalidad del espíritu. ¿No sería justo mirar la cuestión desde el punto de vista en

62 Más adelante explicaremos detenidamente la doctrina secreta de la evolución de las esferas y sus diversas razas. 63 Burges. – Las obras de Platón, p. 207, nota.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I que los antiguos se colocaron, antes de burlarnos de ellos? Ni la superstición religiosa ni el escepticismo materialista pueden resolver el magno problema de la eternidad. La armónica variedad en la matemática unidad de la dual evolución del espíritu y de la materia está comprendida tan sólo en los números universales de Pitágoras, enteramente idénticos al “lenguaje métrico” de los Vedas, según ha demostrado el celoso orientalista Martín Haug en su por desgracia demasiado tardía traducción del Aitareya Brâhmana del Rig Veda, hasta ahora desconocido de los occidentales. Tanto el sistema pitagórico como el brahmánico entrañan en el número el significado esotérico. En el primero depende de la mística relación entre los números y las cosas asequibles a la mente humana; en el segundo, del número de sílabas de cada versículo de los mantras. Platón, ferviente discípulo de Pitágoras, siguió con tal fidelidad las enseñanzas de su maestro que sostuvo que el Demiurgos sé valió del dodecaedro para construir el universo. Algunas figuras geométricas tienen especial y profunda significación, como, por ejemplo, el cuadrado, emblema de la moral perfecta y la justicia absoluta, pues sus cuatro lados o límites son exactamente iguales. Todas las potestades y armonías de la naturaleza están inscritas en el cuadrado perfecto cuyo número 4 es la tercera parte del número 12 del dodecaedro, de suerte que el inefable nombre de Aquél se simboliza en la sagrada Tetractys, por quien juraban solemnemente los antiguos místicos. Si después de estudiarla como es debido comparáramos las enseñanzas pitagóricas de la Metempsícosis con la moderna teoría de la evolución, hallaríamos en ella todos los eslabones perdidos en esta última; Pero ¿qué sabio se avendría a desperdiciar el tiempo en lo que llaman quimeras de los antiguos? Porque, a pesar de las pruebas en contrario, dicen que, no ya las naciones de las épocas arcaicas, sino que ni siquiera los filósofos griegos tuvieron la más leve noción del sistema heliocéntrico. San Agustín, Lactancio y el venerable Beda desnaturalizaron con su ignorante dogmatismo las enseñanzas de los teólogos precristianos; pero la filología, apoyada en el exacto conocimiento del sánscrito, nos coloca en ventajosa situación para vindicarlos. Así, por ejemplo, en los Vedas encontramos la prueba de que 2.000 años antes de J.C., los sabios indos conocían la esferoicidad de la tierra y el sistema heliocéntrico que tampoco ignoraba Pitágoras, por haberlo aprendido en la India, ni su discípulo Platón.

A este propósito copiaremos dos pasajes del Aitareya Brâhmana : “El Mantra–Serpiente es uno de los que vió Sarparâjni (la reina de las serpientes). Porque la tierra (iyam) es la reina de las serpientes puesto que es madre y reina de todo

cuanto se mueve (sarpat). En un principio, la tierra era una enorme cabeza calva .

64 Rig–Veda, V, II , 23. 65 Significa que era redonda y estaba desprovista de vegetación.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I “Entonces vió la tierra este Mantra que confiere a quien lo conoce la facultad de asumir la forma que desee. La tierra “entonó el Mantra”, esto es, sacrificó a los dioses y por ello tomó jaspeado aspecto y fué capaz de producir diversidad de formas y mudarlas unas en otras. ”Este Mantra comienza con las palabras: Ayam gaûh pris'nír akramît” (X–189). La descripción de la tierra en forma de cabeza calva, al principio dura y después blanda, cuando el dios del aire (Vayu) sopló en ella, demuestra que los autores de los Vedas, no sólo conocían la esferoicidad de la tierra, sino también que en un principio era una masa gelatinosa que con el tiempo se fué enfriando por la acción del aire. Veamos ahora la prueba de que los indos conocían perfectamente el sistema heliocéntrico unos 2.000 años por lo menos antes de J.C. El Aitareya Brâhmana enseña cómo ha de recitar el sacerdote los shâstras y explica el fenómeno de la salida y puesta del sol. A este propósito dice: “Agnisthoma es el dios que abrasa. El sol no sale ni se pone. Las gentes creen que el sol se pone, pero se engañan, porque no hay tal, sino que llegado el fin del día, deja en noche lo que está debajo y en día lo del lado opuesto. Cuando las gentes se figuran que sale el sol, es que llegado el fin de la noche, deja en día lo que está debajo y en noche lo del lado opuesto. Verdaderamente, nunca se pone el sol para quien esto sabe”66. El pasaje trascrito es tan concluyente, que el mismo traductor del Rig Veda llama la atención sobre su texto diciendo que en él se niega la salida y la puesta del sol, como si el autor estuviese convencido de que el astro conserva constantemente su elevada posición67. En uno de los nividas más antiguos, el rishi Kutsa, que floreció en muy remotos tiempos, explica alegóricamente las leyes a que obedecen los cuerpos celestes. Dice

que “por hacer lo que no debió” fué condenada Anâhit a girar alrededor del sol. Los sattras, o sacrificios periódicos, prueban, sin dejar duda, que diez y nueve siglos antes de la era cristiana estaban ya los indos muy adelantados en astronomía. Duraban estos sacrificios un año y correspondían a la aparente carrera del sol. Según dice Haug “se dividían en dos períodos de seis meses de treinta días, con intervalo de un día llamado vishuvan (ecuador o día central) que partía el sattras en dos mitades”69. Aunque Haug remonta la antigüedad de los Brâhmamas tan sólo a unos 1.200 o 1400 años antes de J.C., reconoce que los himnos más antiguos corresponden al

66 Aitareya Brâhmana, III, V, 44. 67 Aitareya Brâhmana, II, 242. 68 Anaitis o Nana, la Venus persa que simboliza la tierra en la leyenda inda. 69 Instituciones Septenarias, 20.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I comienzo de la literatura védica, entre los años 2.400 Y 2.000 antes de J.C., pues no ve razón para considerar los Vedas menos antiguos que las Escrituras chinas. Sin embargo, como está probado de sobra que el Sku–King (Libro de la Historia) y los cantos sacrificiales del Shi–King (Libro de las Odas) datan de 2.200 años antes de J.C., los filólogos modernos se verán forzados a confesar la superioridad de los indos en conocimientos astronómicos. De todos modos, estos hechos demuestran que ciertos cómputos astronómicos de los caldeos eran tan exactos en tiempo de julio César como puedan serlo en nuestros días. Cuando el conquistador de las Galias reformó el calendario, las estaciones habían perdido toda correspondencia con el año civil, pues el verano se prolongaba a los meses de otoño y el otoño a los de invierno. Las operaciones científicas de la corrección estuvieron a cargo del astrónomo caldeo Sosígenes, quien retrasó noventa días la fecha del 25 de Marzo para que coincidiese con el equinoccio de primavera y dividió el año en los doce meses distribuidos en días tal como aún subsisten. El calendario de los aztecas mexicanos dividía el año en meses de igual número de días con tan escrupulosa exactitud calculados, que ningún error descubrieron las comprobaciones efectuadas posteriormente en la época de Moctezuma, al paso que al desembarcar los españoles el año 1519, advirtieron que el calendario Juliano, por el cual se regían, adelantaba once días con relación al tiempo exacto. Gracias a las inestimables y fieles traducciones de los libros védicos y a los trabajos de investigación del doctor Haug, podemos corroborar las afirmaciones de los filósofos herméticos y reconocer la indecible antigüedad de la época en que floreció el primer Zoroastro. Los Brâhmanas, cuya fecha remonta Haug a 2.000 años, describen los combates entre los indos prevédicos simbolizados en los devas y los iranios en los asuras. ¿En qué época levantaría su voz el primer profeta iranio contra lo que llamaba la idolatría de los brahmanes a quienes calificó de devas ó, según él, demonios? A ello responde Haug que estas luchas debieron parecerles a los autores de los Brâhmanas tan legendarias como les parecen las proezas del rey Arturo a los historiadores ingleses del siglo XIX. Los más conspicuos filósofos reconocen que tanto los brahmanes como los budistas y los pitagóricos enseñaron esotéricamente, en forma más o menos inteligible, la doctrina de la metempsícosis, profesada asimismo por Clemente de Alejandría, Orígenes, Sinesio, Calcidio y los agnósticos, a quienes la historia diputa por los hombres más

exquisitamente cultos de su tiempo . Pitágoras y Sócrates sostuvieron las mismas ideas y ambos fueron condenados a muerte en pena de enseñarlas, porque el vulgo ha

70 Gibbon. – Decadencia y caída del Imperio romano.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I sido igualmente brutal en todo tiempo y el materialismo ofuscó siempre las verdades espirituales. De acuerdo con los brahmanes, enseñaron Pitágoras y Sócrates que el espíritu de Dios anima las partículas de la materia en que está infundido; que el hombre tiene dos almas de distinta naturaleza, pues una (alma astral o cuerpo fluídico) es corruptible y perecedera, mientras que la otra (augoeides o partícula del Espíritu divino) es incorruptible é imperecedera. El alma astral, aunque invisible para nuestros sentidos por ser de materia sublimada, perece y se renueva en los umbrales de cada nueva esfera, de suerte que va purificándose más y más en las sucesivas transmigraciones. Aristóteles, que por motivos políticos se muestra muy reservado al tratar cuestiones de índole esotérica, declara explícitamente su opinión en este punto, afirmando que el alma humana es emanación de Dios y a Dios ha de volver en último término. Zenón, fundador de la escuela estoica, distinguía en la naturaleza dos cualidades coeternas: una activa, masculina, pura y sutil, el Espíritu divino; otra pasiva, femenina, la materia que para actuar y vivir necesita del Espíritu, único principio eficiente cuyo soplo crea el fuego, el agua, la tierra y el aire. También los estoicos admitían como los indos la reabsorción final. San Justino creía en la emanación divina del alma humana, y su

discípulo Taciano afirma que “el hombre es inmortal como el mismo Dios” . Es muy importante advertir que el texto hebreo del Génesis, según saben los hebraístas, dice así: “A todos los animales de la tierra y a todas las aves del aire y a

cuanto se arrastra por el suelo les di alma viviente . Pero los traductores han adulterado el original substituyendo la frase subrayada por la de: “allí en donde hay vida”. Demuestra Drummond que los traductores de las Escrituras hebreas han tergiversado el sentido del texto en todos los capítulos, falseando hasta la significación del nombre de Dios que traducen por El cuando el original dice la Al que, según Higgins, significa Mithra, el Sol conservador y salvador. Drummond prueba también que la verdadera traducción de Beth–El es Casa del Sol y no Casa de Dios, pues en la composición de estos nombres cananeos, la palabra El no significa Dios, sino Sol73. De esta manera ha desnaturalizado la teología a la teosofía antigua y la ciencia a la filosofía74.

71 Véase Turner y el Anacalipsis de Higgins. 72 Génesis, I, 30. 73 Drummond. – Edipo Judío, 250. 74 Los Padres de la Iglesia y los teólogos de épocas posteriores hubieron de valerse de estos piadosos fraudes para que no se trasluciese la identidad del Sol con el Jehovah mosaico, como sin duda se hubiera evidenciado al dejar la palabra Al como estaba en el texto hebreo. El vulgo, ignorante de que los iniciados consideraban el sol físico visible, como emblema del espiritual é invisible, hubiera acusado a Moisés de sabeísmo, según le han acusado ya muchos comentadores contemporáneos.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I El desconocimiento de este capital principio filosófico invalida los métodos de la ciencia moderna por seguros que parezcan, pues no sirven para demostrar el origen y fin de las cosas. En lugar de deducir el efecto de la causa inducen la causa del efecto. Enseña la ciencia que los tipos superiores proceden evolutivamente de los inferiores, pero como en esta laberíntica escala va guiada por el hilo de la materia, en cuanto se rompe no puede adelantar un paso y retrocede con espanto, y se confiesa impotente ante el Incomprensible. No procedían así Platón y sus discípulos, para quienes los tipos inferiores eran imágenes concretas de los abstractos superiores. El alma inmortal tiene un principio aritmético y el cuerpo lo tiene geométrico. Este principio, como reflejo del Arqueos universal, es semoviente y desde el centro se difunde por todo el cuerpo del microcosmos. La triste consideración de esta verdad mueve a Tyndall a confesar cuán impotente es la ciencia aun en el mismo mundo de la materia, diciendo: “El primario ordenamiento de los átomos a que toda acción subsiguiente está subordinada, escapa a la penetración del más potente microscopio. Después de prolongadas y complejas observaciones, sólo cabe afirmar que la inteligencia más privilegiada y la más sutil imaginación retroceden confundidas ante la magnitud del problema. No hay microscopio capaz de reponernos de nuestro asombro, y no sólo dudamos de la valía de este instrumento, sino de si en verdad la mente humana puede inquirir las más íntimas energías estructurales de la naturaleza”. La fundamental figura geométrica de la cábala, que según la tradición, de acuerdo con las doctrinas esotéricas recibió Moisés en el monte Sinaí75, encierra en su grandiosamente sencilla combinación la clave del problema universal. Esta figura contiene todas las demás y los capaces de comprenderla no necesitan valerse de la imaginación ni del microscopio, porque ninguna lente óptica supera en agudeza a la percepción espiritual. Para los versados en la magna ciencia, la descripción que un niño psicómetra pueda dar de la génesis de un grano de arena, de un pedazo de cristal o de otro objeto cualquiera, es mucho más fidedigna que cuantas observaciones telescópicas y microscópicas aleguen las ciencias experimentales. Más verdad encierra la atrevida pangenesia de Darwin, a quien llama Tyndall “especulador sublime”, que las cautas y restringidas hipótesis de este otro sabio, quien, como todos los de su linaje, recluyen su imaginación entre las, según ellos, “firmes fronteras del raciocinio”. La hipótesis de un germen microscópico con suficiente vitalidad para contener un mundo de gérmenes menores, parece como si se remontara a lo infinito y trascendiendo al mundo material se internara en el espiritual. Si consideramos la darviniana teoría del origen de las especies, advertiremos que su punto de partida está situado como si dijéramos frente a una puerta abierta, con

75 Éxodo, XXV, 40.

Leitura livre, oferecida pelo Conhecer para Transformar.