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Capítulo 22 de 51
Capítulo Iii — parte 4 de 4
Isis Sem o Véu
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I A esta acusación respondió Giordano Bruno con la siguiente profesión de fe, idéntica a la de los antiguos maestros: “Creo que el universo es infinito como obra del divino é infinito poder, porque hubiera sido indigno de la omnipotencia y de la bondad de Dios crear un solo mundo finito pudiendo crear, además de este mundo, infinitos otros. Por lo tanto, declaro que hay infinitos mundos parecidos al nuestro, el cual, de acuerdo con el sentir de Pitágoras, creo que es una estrella de naturaleza análoga a la luna, a los otros planetas y demás astros, cuyo número es infinito, y que todos estos cuerpos celestes son mundos innumerables que constituyen el universo infinito en el espacio infinito, y esto es lo que llamo universo infinito con innumerables mundos; y así tenemos dos linajes de grandeza infinita en el universo y una multitud de mundos. Esto parece a primera vista contrario a la verdad, si se compulsa con la fe ortodoxa. ”Además, en este universo hay una providencia universal por cuya virtud todos los seres viven, se mueven y perseveran en su perfeccionamiento. Esto lo entiendo en dos sentidos: primero, a la manera como el alma está en todo el cuerpo y en cada una de sus partes, a lo que llamo la naturaleza, sombra o huella de la Divinidad; y segundo, a la manera como está Dios en todo y sobre todo, por esencia, presencia y potencia, no como parte ni como alma, sino de modo inefable. “Además, creo que todos los atributos de Dios son uno solo y el mismo. De acuerdo con los más eminentes teólogos y filósofos concibo tres atributos principales: poder, sabiduría y bondad, ó, mejor dicho, voluntad, conocimiento y amor. La voluntad engendra todas las cosas; el conocimiento las ordena; y el amor las concierta y armoniza. Así comprendo la existencia de todas las cosas, pues nada hay que no participe de la existencia ni ésta es posible sin esencia, de la propia manera que nada es bello sin belleza, y por lo tanto nada puede escapar a la divina presencia. Así es que por raciocinio y no por verdad substancial entiendo distinción en Dios. “Creo que el universo con todos sus seres procede de una Causa primera, por lo que no debe desecharse el nombre de creación a que, según colijo, se refiere Aristóteles al decir que Dios es aquello de que el universo y la naturaleza dependen. Así es que, según el sentir de Santo Tomás, sea o no eterno el universo, considerado en razón de sus seres, depende de una Causa primera y nada hay en él independiente. “Con respecto a la verdadera fe, prescindiendo de la filosofía, ha de creerse en la individualidad de las divinas personas, y que la sabiduría, el Hijo de la Mente, llamada por los filósofos inteligencia y por los teólogos Verbo, tomó carne humana. Pero a la luz de la filosofía, dudo de estas enseñanzas ortodoxas, aunque no recuerdo haberlo dado a entender explícitamente, ni de palabra ni por escrito, sino de un modo indirecto, al hablar de otras cosas que con toda sinceridad creo que pueden demostrarse por natural juicio. Así, en lo referente al Espíritu Santo o tercera persona, no lo comprendo de otra manera que como lo entendieron Salomón y Pitágoras, es decir, como Alma del universo compenetrado con el universo, pues según Salomón: “El espíritu de Dios llena toda la tierra y contiene todas las cosas”. Y esto concuerda asimismo con la doctrina pitagórica expuesta por Virgilio en el texto de la Eneida, cuando dice:
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Principio coelum ac terras camposque liquentes, Lucentemque globum Lunæ, Titaniaque astra Spiritus intus alit, totamque infusa per artus Mens agitat molem… “De este Espíritu, vida del universo, procede, a mi entender, la vida y el alma de todo cuanto tiene alma y vida. Además, creo en la inmortalidad del alma lo mismo que en la del cuerpo, pues en lo que a su substancia se refiere también el cuerpo es inmortal, ya que no hay otra muerte que la disgregación, según parece inferirse de la sentencia del EccIesiastes, que dice: “Nada hay nuevo bajo el sol. Lo que es será”. Tenemos, por lo tanto, que Bruno no comprende el dogma de la Trinidad ni el de la Encarnación, según la fe ortodoxa, pero cree firmemente en los milagros de Cristo, de conformidad con las enseñanzas pitagóricas. Si bajo la implacable férula de la inquisición se retractó como Galileo, implorando clemencia de sus verdugos, hemos de considerar que la naturaleza física flaquea en el tormento ante la perspectiva de la hoguera. Sin la oportuna publicación del valioso trabajo de Berti, hubiésemos seguido venerando a Giordano Bruno como un mártir, cuyo busto, coronado de laureles por mano de Draper, había de ocupar preferente lugar en el panteón de la ciencia experimental; pero bien vemos que el héroe de una hora no fue ateo ni materialista ni positivista, sino sencillamente un filósofo de la escuela pitagórica, que profesaba las doctrinas del Asia Central y poseía las facultades mágicas tan menospreciadas por la escuela de Draper. Es verdaderamente jocoso que les haya sobrevenido a los científicos este contratiempo, después de haber descubierto arqueólogos poco reverentes, que la estatua de San Pedro era nada menos que la de Júpiter Capitolino, y que el Josafat de los católicos es el mismo Buda. Resulta, por lo tanto, que ni aun escudriñando los escondrijos de la historia, encontraremos ni un ápice de filosofía moderna, sea de Newton, Descartes o HuxIey, que no esté entresacado de las antiguas enseñanzas orientales. El positivismo y el nihilismo tienen su prototipo en la filosofía exotérica de Kapila, según observa Max Müller. La inspiración de los sabios indos desentrañó los misterios del Prajnâ Paramitâ (perfecta sabiduría)y sus manos mecieron la cuna del progenitor de ese débil pero bullicioso niño, a que llamamos ciencia moderna.
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