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Capítulo 20 de 51
Capítulo Iii — parte 2 de 4
Isis Sem o Véu
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I preguntan si los dogmas de la Inmaculada Concepción, de la Trinidad y la Eucaristía, resisten al examen de la fisiología, de las matemáticas y de la química, para decir después que más absurdas todavía son las quimeras del espiritismo. Perfectamente. Pero ¿hay absurdo teológico ni quimera espiritista que aventaje en depravada imbecilidad al positivista concepto de la fecundación artificial? Por una parte declaran incognoscibles las causas primeras, y por otra suplantan en el porvenir la vívida é inmortal compañera del hombre con un tipo de mujer imposible, semejante, al fetiche indio de Obéah, día tras día repleto de huevos de serpiente para que el sol los empolle. En nombre del sentido común cabe preguntar por qué ha de motejar de supersticiosos a los místicos cristianos y de orates a los espiritistas una titulada religión que con tan repulsivos absurdos tiene partidarios entre los mismos académicos y pone en boca de su propio fundador, para admiración de sus discípulos, rapsodias tan extravagantes como la siguiente: “Me admira cada día más la creciente coincidencia entre el advenimiento social del misterio femenino y la disminución de la fe en el sacramento de la Eucaristía. La Virgen ha suplantado a Dios en la mente de los católicos meridionales. El positivismo realizará la utopía medioeval que consideraba la raza humana nacida de una virgen madre”. Después de exponer el modus operandi, prosigue Comte diciendo: “La difusión del nuevo procedimiento produciría muy luego una raza sin los inconvenientes de la herencia y más a propósito que la procreación vulgar para el nacimiento de caudillos espirituales y aun temporales, cuya autoridad dimanara de un origen verdaderamente superior que no retrocedería ante ninguna investigación”171. Cabe preguntar, después de leído esto, si en las “quimeras” del espiritismo, o en los “misterios” del cristianismo, hay algo tan descabellado como esa descripción de la humanidad futura. Si los positivistas que predican públicamente la poligamia no desmienten con su conducta la tendencia de la escuela al materialismo, mucho tememos que, haya o no haya una estirpe sacerdotal así engendrada, no veamos los vástagos de las vírgenes madres. Natural es que una filosofía entre cuyos ideales está la procreación de semejante casta de doctores íncubos, mueva la pluma de uno de sus más gárrulos tratadistas, para escribir lo siguiente: “Estamos en una muy triste época abundante en creencias muertas o moribundas, y llena de frívolos devotos que en vano ruegan los caídos dioses. Pero también es una época gloriosamente iluminada por los áureos rayos del naciente sol de la ciencia. ¿Qué tenemos que ver con quienes, perdida la fe y extraviado
171 Comte. – Filosofía positiva, IV, 279.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I el entendimiento, se refugian en el espejuelo del espiritismo, en los engaños del
trascendentalismo o en las abulias del hipnotismo” ? El fuego fatuo, como se complacen hoy en llamar los filósofos pigmeos al fenomenalismo psíquico, ha tenido que luchar para darse a conocer. No hace mucho tiempo, los ya familiares fenómenos psíquicos tuvieron enérgica negativa en boca de un corresponsal de The Times, de Londres, cuya opinión subsistió como valedera hasta que dirimió la cuestión la obra de Phipson, apoyada en el testimonio de Beccaria y
Humboldt . Los positivistas debieron exigir otro símil más feliz y al mismo tiempo estar mejor enterados de los descubrimientos científicos, pues en cuanto al hipnotismo lo practican con éxito, en algunos hospitales de Alemania, eminencias médicas cuya fama y sabiduría está muy lejos de igualar el presuntuoso conferenciante sobre la mediumnidad y la locura. Pocas palabras diremos antes de acabar este enojoso asunto. Hay positivistas que se vanaglorian de contar por correligionarios a los más ilustres científicos de Europa. Sin embargo, no entran en este número HuxIey ni Mausley, de nombradía universal. Por lo que toca a HuxIey, en una conferencia dada en 1868 en Edimburgo, sobre Los fundamentos fisiológicos de la vida, se muestra muy sorprendido dé la ligereza con que el arzobispo de York le atribuyó filiación positivista, y dice: “Por lo que a mí toca, bien pudiera el respetable prelado desmenuzar polémicamente a Comte como un nuevo Agag, sin que yo le detenga la mano. M examen de la filosofía positivista me ha convencido de que poco o nada tiene de valía científica, pues en su mayor parte es tan opuesta a la verdadera ciencia, como pueda serlo el catolicismo ultramontano. En la práctica, la filosofía positivista es un catolicismo despojado del espíritu del cristianismo”. Más adelante se indigna HuxIey con los filósofos escoceses, y les reconviene por haber consentido que el arzobispo de York atribuyese a Comte la fundación de la escuela filosófica de Hume, y a este propósito exclama: “Bastaba para remover en su tumba los huesos de David Hume, que, no lejos de ella, un auditorio parcial escuchara sin protesta cómo se atribuían sus doctrinas a un escritor francés de hace cincuenta años, en cuyas verbosas y áridas páginas se echa de menos el vigor de
pensamiento y la claridad de expresión” . ¡Pobre Comte! Ahora resulta que, por lo menos en los Estados Unidos, sus más conspicuos discípulos quedan reducidos a un físico, un médico y un abogado, a quienes
172 Marvin. – Conferencia sobre la locura. 173 Howitt. – Historia de lo sobrenatural, II. 174 Huxley. – Fundamentos fisiológicos de la vida.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I un crítico socarrón motejó de “triunvirato anómalo cuyas arduas tareas no les dejan
tiempo para aprender a escribir” . Los positivistas no perdonan medio de combatir al espiritismo en provecho de su religión. Sus prelados soplan sin cesar las trompetas como si a su estrépito hubieran de caer los muros de la nueva Jericó; pero ni con sus singularísimas paradojas ni con sus deleznables ataques al espiritismo lograrán su propósito. Para muestra de estos ataques, basta entresacar de una reciente conferencia176 el párrafo que sigue: “La exclusiva satisfacción del instinto religioso es incentivo de lujuria. Sacerdotes, frailes, monjas, santos, médiums, místicos y devotos han sido siempre famosos por sus concupiscencias”. Nos complacemos en observar que mientras el positivismo se erige alborozadamente en religión, el espiritismo no ha pretendido jamás ser otra cosa que una ciencia, una filosofía incipiente ó, más bien, el estudio indagativo de las fuerzas naturales. Los verdaderos científicos reconocen la realidad de los fenómenos psíquicos, que sólo se atreven a negar los monos remedadores de la ciencia. Los positivistas se burlan del fenomenalismo psíquico y en cambio no saben abrir la boca sin que, como al retórico Butler, no se les escape un tropo. Quisiéramos contraer las censuras al círculo de necios y pedantes que usurpan el título de científicos; pero es innegable que cuando las eminencias tratan algún nuevo punto, pasan sus decisiones sin réplica, aun cuando la merezcan. La cautela propia de los hábitos de investigación experimental, los prejuicios establecidos y el peso de la autoridad científica contribuyen paralelamente a petrificar el pensamiento en dogmas intangibles, y con demasiada frecuencia la ciencia progresa a costa del martirio o del ostracismo del innovador. Los experimentadores de laboratorio deben, por decirlo así, tomar a la bayoneta el reducto de la preocupación y la rutina, pues no será fácil que una mano amiga deje entornada la poterna. No han de hacer caso de las ruidosas protestas y la impertinente crítica de los publicistas de quinta fila que se arremolinan en la antesala de la ciencia, pues deben reservar sus fuerzas para dar en rostro a la hostilidad de los conspicuos y vencerla. La ciencia progresa rápidamente, pero los científicos no se percatan del progreso, pues casi siempre arremeten contra los nuevos inventos. El triunfo es de quien valerosa y perseverantemente resiste la embestida parapetado en su intuición. Pocas son las leyes naturales cuya primera enunciación no suscitara burlas y fuera generalmente tenida por absurdamente contraria a la ciencia. Pero no obstante el orgullo de quienes nada descubren, no es posible desoir por mucho tiempo el clamoreo de los innovadores que, desgraciadamente para la pobre y egoísta humanidad, se convierten a su vez en
175 Alude el crítico a un remitido publicado tiempo atrás en un periódico de Nueva York con la firma de los antedichos físico, médico y abogado, manifestando estar comisionados desde dos años antes para investigar los fenómenos espiritistas. La crítica de este remitido apareció en la revista ilustrada: New Era. 176 Marvin. – Conferencia sobre la locura.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I rémoras de cuantos indagan nuevamente la acción de las leyes naturales. Así, poco a poco, va pasando la humanidad por sucesivos ciclos de conocimientos cuyos errores corrige de continuo la ciencia para rehabilitar hoy las hipótesis desechadas por erróneas ayer. Esto ha sucedido no sólo en cuestiones psicológicas, tales como el hipnotismo desde el doble punto de vista fisiológico y psíquico, sino también en descubrimientos relativos a las ciencias de observación. ¿Qué hemos de hacer? ¿Evocar un pasado desagradable? ¿Decir que los científicos medioevales negaban con el clero el sistema heliocéntrico por temor de oponerse a las enseñanzas de la Iglesia? ¿Recordaremos que algunos naturalistas del siglo XVIII negaron autenticidad zoológica a las conchas fósiles, diciendo que tan sólo eran simulaciones artificiosas, mientras otros sostenían acaloradamente lo contrario en discusiones salpicadas de insultos, hasta que Buffón sentenció el pleito con prueba plena en favor de los segundos? Seguramente que si tan discordes andan los científicos respecto al origen y naturaleza de las conchas fósiles, tan fácilmente observables, a duras penas cabe esperar que crean en las formas espectrales de las sesiones espiritistas, cuando el médium es genuinamente sincero. Los escépticos podrían entretener provechosamente los ratos de ocio en la lectura de la obra de Flourens, secretario perpetuo de la Academia francesa, titulada: Historia de las investigaciones de Buffón, en la que describe cómo el insigne naturalista desbarató la hipótesis de la simulación artificial, cuyos partidarios persistieron en negar todo cuanto no comprendían y se mofaron sarcásticamente de los experimentos eléctricos de Franklin, de las tentativas de Fulton, de los proyectos ferroviarios de Perdonnet, de las nuevas orientaciones de Harvey y de las heroicas pruebas de Palissy. En la ya citada obra: Conflictos entre la religión y la ciencia, se muestra Draper algo distanciado de la justicia, al achacar tan sólo al clero los impedimentos con que tropieza el progreso de las ciencias; pero sin menoscabo de la admiración debida al insigne escritor, observaremos que, aparte de la enemiga mostrada por el clero a los descubrimientos enumerados en la obra, no debió pasar por alto la oposición que todo inventor hubo de encontrar en los científicos. Dice bien Draper en pro de la ciencia, que “saber es poder”; pero los abusos del poder son igualmente perniciosos, ya provengan del extravío de la sabiduría, ya de las obcecaciones de la ignorancia. Además, el clero no tiene hoy la fuerza que tuvo en otras épocas, y sus protestas no harían mella en el mundo científico. Sin embargo, mientras los teólogos se mantienen tras cortina, los científicos han empuñado a dos manos el cetro del despotismo y lo blanden como espada del querubín puesto a la entrada del Edén, para alejar a los hombres del árbol de vida mortal, y retenerlos en el mundo de perecedera materia. El periódico londinense El Espiritista, en su réplica a la crítica de Gully sobre la hipótesis de Tyndall, llamada de la neblina ígnea, dice que, gracias a la ciencia, no mueren hoy todos los espiritistas en las hogueras inquisitoriales. Admitamos esta
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I gracia, aun teniendo en cuenta que ya pasaron de moda los autos de fe, y preguntemos si en el caso de que Faraday, Tyndall, Huxley, Agassiz y otros dispusieran del poder de la Inquisición, se encontrarían los espiritistas tan seguros como están hoy día; pues mueve a preguntarlo la actitud de dichos científicos respecto del espiritismo, ya que a falta de hogueras donde abrasar a quienes creen en el mundo de los espíritus, les llaman locos, maniáticos, alucinados, fetichistas y demás vituperios por el estilo. A la verdad, no acertamos a descubrir las razones que habrá tenido el director de El Espiritista, de Londres, para mostrarse tan agradecido a la benevolencia de los científicos, pues el reciente proceso Lankester–Donkin–Slade, seguido en Londres, debiera haber abierto los ojos a los espiritistas demasiado confiados, para darles a entender que el materialismo pertinaz es mucho más refractario a la razón que el fanatismo religioso. Uno de los mejores escritos de Tyndall es el folleto titulado: Martineau y el Materialismo, aunque tal vez con el tiempo enmiende el autor algunos excesos de lenguaje. Pero dejando por de pronto esto aparte, fijémonos en lo que dice sobre la ciencia. En boca de Martineau pone la pregunta siguiente: “Cuando un hombre piensa, siente y quiere, ¿cómo actúa la conciencia?” Y responde: “No es posible concebir el transporte del funcionamiento cerebral a los correspondientes hechos de conciencia. Suponiendo que un pensamiento definido coincida simultáneamente con una acción molecular en él cerebro, no poseemos, ni rudimentariamente siquiera, el órgano intelectual que nos permita descubrir por el raciocinio el enlace entre el pensamiento y la acción cerebral que coinciden sin que sepamos por qué. Aun cuando nuestra mente y nuestros sentidos fuesen capaces de percibir las moléculas cerebrales, de atisbar todos sus movimientos, agrupaciones y descargas eléctricas, si acaso las hay; aunque conociéramos perfectamente su correspondencia con los pensamientos y emociones, no podríamos resolver el problema de cómo el proceso fisiológico se enlaza con los hechos de conciencia. La hondonada entre ambos fenómenos quedaría tan intelectualmente infranqueable como antes”177. Esta hondonada, que a Tyndall. le parece tan infranqueable como la neblina ígnea en que envuelve la causa agnoscible, no es obstáculo alguno para la intuición espiritual. El profesor Buchanan, en sus Bosquejos de conferencias sobre el sistema neurológico en Antropología, escritos en 1854, señala el modo de echar un puente sobre tan temerosa hondonada. Aquí tenemos una de aquellas trojes donde se almacena parcamente la semilla mental de futuras y copiosas cosechas. Pero el edificio del materialismo se basa enteramente sobre los toscos sótanos de la razón. Cuando los maestros de la ciencia hayan llegado al límite extremo de su capacidad, podrán a lo sumo revelarnos un mundo de moléculas animadas por secreto impulso. El más acertado diagnóstico de la enfermedad que aqueja a los científicos, lo encontraremos con sólo una ligera substitución de palabras, en la crítica a que Tyndall somete la mentalidad del clero
177 Tyndall. – Fragmentos de Ciencia.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I ultramontano. En vez de “sacerdotes” pongamos “científicos”; en lugar de “pasado precientífico” leamos “presente materialista”, y reemplacemos “ciencia” por “espíritu”. El pasaje siguiente nos traza un vivo retrato, pintado por mano maestra, del científico moderno: “… Sus sacerdotes viven tan apegados al precientífico pasado, que aun los más poderosos talentos son refractarios a las verdades recientes. Tienen ojos y no ven, oídos y no oyen; porque ojos y oídos se convierten a visiones y sonidos de otros tiempos. Desde el punto de vista científico, el cerebro de los ultramontanos es poco menos que infantil. Pero no obstante ser tan niños en conocimiento científico, tienen suficiente poderío espiritual entre
los ignorantes para inducirles a prácticas que sonrojan a los de más claro juicio” . El ocultista les dice a los científicos que se miren en este espejo. Desde los albores de la historia, todos los pueblos exigieron en su legislación el testimonio de, por lo menos, dos testigos para aplicar la pena de muerte. “Por boca de dos o tres testigos sea condenado el reo de muerte”179 dice el legislador del pueblo hebreo. “Las leyes que condenan a un hombre a muerte por la declaración de un solo
testigo son contrarias a la libertad. La razón exige, por lo menos, dos testigos” . Todos los pueblos han aceptado, por lo tanto, el valor de la prueba, pero los científicos rechazarían un millón de testimonios contra uno. En vano doscientos mil testigos dan fe de los hechos. Los científicos tienen ojos y no ven, como si persistieran en ceguedad y sordera. Treinta años de pruebas irrecusables y el testimonio de algunos millones de creyentes en Europa y América tienen derecho a que se les considere y respete, sobre todo cuando el veredicto de un jurado compuesto de doce espiritistas, influído por las pruebas aducidas por los testigos, pudiera condenar a muerte a un científico que hubiere perpetrado un crimen por efecto de la conmoción de las moléculas cerebrales, no refrenadas por el convencimiento de una futura retribución moral. La ciencia, en síntesis considerada como divina meta, es digna de que el mundo entero la respete y venere, porque sólo por la ciencia podemos comprender a Dios en sus obras. Según Webster, “la ciencia es la comprensión de la verdad ante los hechos, la investigación de la verdad en sí misma, la adquisición del conocimiento puro”. Si la definición es exacta, tendremos que la mayoría de los científicos modernos han falseado a su diosa. ¡La verdad en sí misma! ¿Pues dónde hemos de buscar la clave de las verdades de la naturaleza sino en los inescrutados misterios de la psicología?
178 Tyndall. – Fragmentos de Ciencia, Prefacio. 179 Deuteronomio, XVII, 6. 180 Montesquieu. – Espíritu de las leyes, I, XII. 3.
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