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Capítulo 41 de 51
Capítulo Vii — parte 3 de 7
Isis Sem o Véu
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Todo en este mundo tiene su coyuntura de lugar y tiempo, y aunque una verdad esté apoyada en las más incontrovertibles pruebas, no arraigará en las mentes a menos que se exponga en tiempo oportuno, como planta sembrada en la estación conveniente, y así dice con acierto Cooke que “la época ha de estar dispuesta”. Hace treinta años hubiera muerto esta modesta obra en el vacío por la índole de las materias en ella tratadas; pero hoy merece alguna atención lo que entonces se consideraba absurdo, porque los modernos fenómenos están comprobados científicamente y se reproducen con cada día mayor frecuencia, no obstante sus deficiencias y las burlas de los materialistas. Por desgracia, si las manifestaciones psíquicas aumentan en su aspecto fenoménico, nada adelantan en el orden espiritual é intelectual, pues el discernimiento filosófico sigue siendo entre los amigos del fenómeno tan nulo como siempre. De los autores espiritistas contemporáneos, ninguno tan estimable por su sinceridad y cultura como el norteamericano Sargent, cuya monografía: Prueba palpable de la inmortalidad, sobresale entre las obras de su índole; mas no obstante su indulgencia y buena disposición para con los médiums, se expresa en los siguientes términos: “La habilidad con que los espíritus suplantan en sus comunicaciones a personas difuntas, nos mueve a preguntar hasta qué punto podemos asegurarnos de la identidad del comunicante, cualesquiera que sean las pruebas aducidas. No tenemos el suficiente grado de conocimiento para responder con entera seguridad a esta pregunta… Muchos enigmas hay todavía en las palabras y actos de los espíritus materializados, cuya inmensa mayoría son de tan embotada inteligencia como sus congéneres de este mundo”. Ahora preguntaremos nosotros cómo se explica esa falta de inteligencia si son espíritus humanos, pues o los espíritus humanos inteligentes no pueden materializarse, o los espíritus que se materializan no son humanos, sino, como insinúa Sargent, espíritus elementarios o aquellos demonios que, según Platón, de acuerdo con los magos persas, ocupan un lugar intermedio entre los dioses y los mortales. Buen número de testimonios, entre ellos el de Crookes, aseveran que los espíritus materializados hablan con voz perceptible al oído; pero los antiguos atestiguan que la voz de los espíritus humanos no es ni puede ser articulada, sino un profundo suspiro. Por lo tanto, más crédito merecen los antiguos con su secular experiencia en las prácticas teúrgicas, que los modernos espiritistas sin otra prueba para fundamentar su opinión, que las comunicaciones de espíritus difíciles de identificar. Algunos médiums han provocado la aparición de esas supuestas formas humanas, que ni una sola vez dejaron de expresar en sus comunicaciones ideas vulgarísimas, cual circunstancia debiera llamar la atención de aun los más incultos espiritistas. Si es posible que hablen los espíritus (y lo mismo pueden hablar los sabios que los ignorantes) ¿por qué no hay espíritu cuya comunicación oral se aproxime siquiera en valía a las comunicaciones recibidas por
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I escritura directa? Bien dice Sargent que todavía no sabemos hasta qué punto está
limitada la actuación del espíritu por las condiciones psíquico–físicas del médium . Si los espíritus que se materializan fuesen los mismos que dan comunicaciones escritas, no desbarrarían como desbarran en el primer caso, mientras nos dan sublimes enseñanzas filosóficas en el segundo, pues en ambos se comunican por médiums cuyas condiciones psíquicas debieran influir igualmente en ellos. El nivel intelectual de los médiums materializantes no es mayor ni menor que el de los campesinos y obreros cuya congénita inspiración puso en sus labios sublimes y profundas ideas, como por ejemplo los casos de Boehme, Davis y los niños de Cevennes. Puestos que los espíritus se valen de los órganos vocales del médium para la comunicación oral, no les habría de ser difícil expresarse según conviene al talento, educación y cultura del personaje cuya personalidad se atribuyen, en vez de incurrir en vulgaridades y no pocas veces en despropósitos. Dice Sargent, alentado por la esperanza, que la ciencia espírita está todavía en mantillas, pero que promete esclarecer con el tiempo esta cuestión. Sin embargo, no creemos que la luz brote de las tinieblas de los gabinetes mediumnímicos406. Es ridículo exigirles a los investigadores psíquicos título de bachilleres en artes y ciencias, pues la experiencia enseña que los intelectuales científicos no siempre aciertan en cuestiones de franca sinceridad y buen sentido. Nada ciega tanto como el fanatismo, que todo lo mira unilateralmente, y ejemplo de ello tenemos en lo concerniente a los fenómenos psíquicos y mágicos de tiempos antiguos y modernos. Miles de testigos fidedignos llegados de Oriente afirman haber presenciado las maravillas obradas por rudos fakires, cheikos, derviches y lamas, sin valerse de aparato alguno ni estar en connivencia con nadie, cuales fenómenos contradecían los principios científicos de suerte que indicaban la existencia de muchas fuerzas naturales todavía ignoradas, pero indudablemente dirigidas por entidades superiores al hombre. Sin embargo, los científicos contemporáneos, las inteligencias cultas, han repugnado tan numerosos testimonios y ni siquiera rindieron su escepticismo ante las investigaciones de Hare, Morgan, Crookes, Wallace, Gasparín, Thury, Wagner, Butlerof y otros. Las personales experiencias de Jacolliot en los fakires indos y las dilucidaciones psicológicas del profesor ginebrino Perty no quebrantaron su incredulidad, como tampoco les conmueve el anhelante clamoreo de las gentes en demanda de pruebas de la existencia de Dios, del alma y de la eternidad. A tan vehementes súplicas responden los científicos con el intento de borrar el menor vestigio de espiritualidad, pero nada levantan ni edifican. Dicen que puesto que no encuentran en sus retortas y crisoles huella alguna inmaterial, todo cuanto no sea materia forzosamente ha de ser ilusorio y quimérico. La misma iglesia cristiana se ve precisada a demandar auxilio a la ciencia en estos
405 Pruebas palpables de la inmortalidad, 45. 406 Véase el Evangelio de San Mateo, XXIV–26.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I prejuiciosos tiempos de frío raciocinio. Credos edificados sobre arena y aparatosos dogmas sin fundamento sólido se derrumban arrastrando en su caída a la verdadera religión; pero el ansia de demostrar la existencia de Dios y la vida futura sigue tan tenaz como siempre en el corazón del hombre. En vano intentarán los sofismas científicos acallar la voz de la naturaleza, aunque hayan emponzoñado las puras aguas de la fe sencilla y removido el fango del manantial en que corno en un espejo se miraba la humanidad. Al Dios antropomórfico de nuestros antepasados han sucedido monstruos antropomórficos, y lo que todavía es peor, el reflejo de la humanidad en las cenagosas aguas cuyas ondas restituyen las falseadas imágenes de la verdad. Dice el reverendo Brooke Herford, que no necesitamos milagros, sino pruebas palpables del espíritu, y estas pruebas las pide más bien la humanidad a la ciencia que a los profetas, porque presiente como si con el tiempo hayan de descubrir los investigadores las señales de la Divinidad en los más recónditos escondrijos de la creación. Allí están las señales y, frente a ellas, los titanes científicos que han depuesto a Dios de su escondido trono para poner en su lugar un protoplasma. En la Asamblea celebrada en Edimburgo por la Sociedad Británica el año 1871, dijo Sir William Thomson: “La ciencia está obligada por las eternas leyes del honor a afrontar sin miedo cuantos problemas demanden solución”. A su vez Huxley dice que “en lo concerniente a los milagros, la palabra imposible no tiene aplicación en los problemas filosóficos”. Por su parte, el insigne Humboldt opina que “más nocivo que la misma incredulidad es el presuntuoso escepticismo que rechaza los hechos sin detenerse a examinar si son o no verdaderos.” Los científicos han delatado la falsedad de sus propias enseñanzas, al desdeñar la coyuntura que las comunicaciones con Oriente les deparaban de investigar personalmente los fenómenos aseverados por los viajeros. Jamás se atreverán los fisiólogos a resolver tan trascendental cuestión del pensamiento humano, observando en el Tíbet o la India las maravillas de los fakires; y si alguno se aventurase allá como solitario peregrino, para presenciar los más estupendos prodigios de la creación, de seguro que sus colegas no darían crédito a sus palabras. Ocioso fuera enumerar de nuevo los hechos tan sólidamente establecidos por otros
autores. Wallace y Howitt han expuesto repetidas veces los mil errores en que por su escepticismo incurrieron las sociedades científicas de Francia é Inglaterra. Así Cuvier no dió importancia al fósil exhumado en I828 por el geólogo francés Boué, creído de que era imposible hallar esqueletos humanos a veinticinco metros de profundidad en el limo del Rhin. La Academia Francesa rechazó en I846 las aserciones de Boucher de Perthes, respecto al hallazgo de armas de pedernal en los terrenos de aluvión del Norte de Francia, confirmado en I860 por los geólogos. También se recusó en I825 el testimonio de Mac Enery, referente al descubrimiento de instrumentos de sílex y fósiles
407 Wallace: Los milagros y el espiritismo moderno. – Howitt: Historia de lo sobrenatural, II.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I en la caverna llamada Agujero del Kent 408. En 1840 corrieron igual suerte las afirmaciones de Godwin Austen sobre el mismo punto. Todas estas burlonas demasías del escepticismo científico se revolvieron contra sus autores cuando en 1865 quedaron confirmados plenamente los testimonios de cuarenta años, demostrando que los hechos excedían en maravilla a la misma realidad. Después de esto, ¿quién será tan cándido que crea en la infabilidad de la ciencia? No hemos de maravillarnos de la falta de valor moral de algunos recalcitrantes miembros de la colectividad científica. De este modo se fueron desacreditando uno tras otro los hechos aducidos. Por doquiera se escuchan quejumbrosas exclamaciones de los académicos que dicen: “Muy poco conocemos de psicología”. “Preciso es confesar que apenas sabemos nada, si acaso sabemos algo, de fisiología”. “No hay ciencia de tan incierta base como la medicina”. “Nada sabemos aún del supuesto flúido nervioso”. Entretanto se repudian por ilusorios o se desdeñan por inútiles los fenómenos más interesantes de la naturaleza, cuya explicación sólo puede darnos la psicofísica; y lo que todavía es peor, cuando un sujeto hipnótico ofrece los más culminantes caracteres de las naturales, aunque ocultas, facultades psíquicas, en vez de servir honradamente de experimentación y de estudio, tropieza con los obstáculos que le opone algún pseudo sabio para enredarle entre las mallas de la justicia. No es ciertamente este procedimiento el más a propósito para estimular las investigaciones. Así se explica, por ejemplo, que no tenga crédito en 1876 el testimonio dado en 1731 acerca de un hecho ocurrido durante el pontificado de Paulo III. Si a los científicos se les dice que los romanos mantenían encendidas por muchos años las lámparas sepulcrales, alimentadas con la oleaginosidad del oro, y que una de estas lámparas se encontró ardiendo todavía al cabo de mil quinientos cincuenta años409 en la tumba de Julia, hija de Cicerón, no querrán creerlo hasta convencerse por sus propios ojos de la posibilidad del hecho, con lo que también pueden recusar el testimonio de los filósofos antiguos y medioevales. Les parecerá asimismo sospechosa la resurrección de los fakires después de treinta días de haber sido enterrados vivos, y tendrán por patraña el hecho de que algunos lamas se infieran heridas de mortal apariencia hasta el punto de enseñar las entrañas, y sin embargo, se las curen casi instantáneamente. No es extraño que las gentes recelosas del testimonio de sus propios sentidos, en cuanto a fenómenos realizados en su mismo país, repugnen los relatos de los viajeros y las narraciones contenidas en obras clásicas; pero no se concibe la terquedad de las Academias, que después de las lecciones recibidas persisten en ofuscar sus dictámenes con palabras enemigas de la verdadera ciencia. La magia puede replicar a los científicos con la voz de Dios que le decía a Job desde el torbellino: “¿En dónde estabas tú cuando
408 Wallace. – Memoria leída ante la Sociedad Dialéctica, en 1871: Réplica a Hume. 409 “Filólogoç” Bayley. – 2ª edición.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I eché los cimientos de la tierra? Responde si comprendiste. Y ¿quién eres tú para atreverte a decir a la naturaleza: de aquí no pasarás?” Pero nada importa que nieguen, porque ni aun cuando su escepticismo fuese mil veces más mordaz, impedirían la efectuación de fenómenos en todos los ámbitos del mundo, y seguirán los fakires levantándose de sus temporáneas tumbas y los lamas no tendrán reparo en herirse y mutilarse el cuerpo sin dolor y continuarán ardiendo perpetuamente las lámparas de los sepulcros indos, japoneses y tibetanos. Tampoco dejarán por ello de servir de testimonio las maravillas presenciadas en Egipto por el capitán Lane, los experimentos de Napier y Jacolliot, en Benarés, y las levitaciones de personas en pleno día410.
Entre las tachadas de quimeras alquimistas se encuentran las lámparas perpetuas de cuya autenticidad podemos dar personal testimonio. Tal vez alguien pregunte en qué nos fundamos para afirmar la perpetua ardencia de estas lámparas, puesto que sólo nos fué posible examinarlas durante tiempo limitado; pero a esto responderemos que afianza nuestra afirmación el conocimiento de la ley natural aplicable a este caso, aparte de la manera de construirlas y de los ingredientes empleados en el combustible de alimentación. Por lo que toca a las explicaciones del lugar y modo de adquirir este conocimiento, será preciso que los críticos se tomen para ello el trabajo que nos tomamos nosotros. Conviene advertir, sin embargo, que ninguno de los ciento setenta y tres autores que trataron de este asunto afirmó la duración eterna de las lámparas, sino su duración por tiempo indefinido, que en algunos casos alcanzó a muchos siglos; pues si hay ley natural que permita la ardencia de una lámpara durante diez años, sin necesidad de alimentarla, asimismo, por virtud de la propia ley, puede seguir ardiendo cien mil años412.
410 Véase en el glosario la explicación de la palabra Ethrobacia. 411 El misionero inglés Mateer refiere haber visto una de estas lámparas en el templo de Trevandrum (reino de Travancore, India meridional). Dice que en el interior del templo hay un profundo pozo al que anualmente se echan valiosos tesoros, y en otro paraje del mismo templo hay una gruta en cuyo recinto arde una lámpara de oro encendida ciento veinte años atrás. El misionero anglicano refiere el hecho sin comentario, pero los misioneros católicos lo atribuyen, como es de suponer, a diabólicas artes. Además , el abate Huc, así como otros viajeros que lograron simpatizar con los lamas, pudieron examinar detenidamente dichas lámparas. 412 De los 173 autores que atestiguan la existencia de lámparas que arden sin renovación de combustible, mientras no se estropeen por accidente, citaremos los que siguen: Clemente de Alejandría, Hermolao, Barbaro, Apiano, Plinio, Buratino, Citesio, Celio, Focio, Costeo, Casalio, Cedreno, Delrio, Ericio, Gesner, Jacobono, Leandro, Libavio, Lacio, Pico de la Mirandola, Filaleteo, Liceto, Maiolo, Maturancio, Luis Vives, Volaterano, Porta, Pancirolo, Ruscelio, Escardonio, Paracelso, Solino, Kircher y Alberto el Magno.
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Los egipcios, padres de la química , se atribuyen la invención de estas lámparas, no sin fundamento, pues en dicho país fué mucho más frecuente su empleo a favor de su religiosa creencia en que el alma astral del difunto vagaba alrededor de la momia durante los tres mil años del cielo de necesidad, ligada por el hilo magnético que sólo podía romper su propio esfuerzo, y así confiaban los supervivientes en que la siempre encendida lámpara, símbolo del incorruptible é inmortal espíritu, favorecería la ruptura de los lazos que sujetaban al alma astral a los mortales despojos y la impelería a reunirse con el divino Yo. Generalmente se colocaban estas lámparas en los sepulcros de las familias acomodadas, y dice Liceto que en su época se encontraron encendidas al abrir las tumbas, pero se apagaban al punto a consecuencia de la profanación. Tito Livio,
Buratino y Schatta refieren el hallazgo de muchas lámparas en los subterráneos de Menfis. Por su parte nos dice Pausanias que en el templo de Minerva, de Atenas, había una lámpara, obra maestra de Calímaco, que ardía todo el año. Plutarco afirma415 que en el templo de Júpiter Amón vio otra lámpara que, según le aseguraron los sacerdotes, ardía durante años enteros, a pesar del viento y de la lluvia. San Agustín menciona también otra lámpara existente en el templo de Venus, que ofrecía las mismas singularidades. Kedreno, dice a su vez que en Edessa se encontró una lámpara oculta en el vano de una puerta, que estuvo ardiendo durante quinientos años. Pero de todas estas lámparas, la más prodigiosa es la que, según refiere Olivio Máximo de Padua, se encontró cerca de Ateste y que Escardonio describe en los términos siguientes: “En una urna de alfarería estaba contenida otra menor y dentro de ésta ardía una lámpara que con un licor purísimo encerrado en dos frascos, uno de oro y otro de plata, por todo alimento, mantenía su luz durante 1.500 años. Los frascos pasaron para su custodia a manos de Francisco Maturancio, quien los estima de subidísimo precio”416. Dando de mano a exageraciones y prescindiendo de la gratuita negación de la ciencia moderna acerca de la posibilidad de estas lámparas, cabe preguntar si en el caso de haberse conocido en la época de los “milagros”, debe distinguirse entre las encendidas ante los altares cristianos y las que ardían ante las imágenes de Júpiter, Minerva y otras divinidades paganas. Según algunos teólogos, las lámparas de los altares cristianos tenían virtud milagrosamente divina, al paso que las paganas debían su luz a los artificios del diablo, y en estas dos agrupaciones se clasificaban las lámparas, según dicen Kircher y Liceto. La de Antioquía, que durante 1.500 años ardió al aire libre en la plaza pública, sobre la puerta de una iglesia, se mantenía, al decir de los teólogos, por
413 El Salmo CV de David, vers. 23, habla de la “Tierra de Ham” (vkc, Chem, chmi), de donde se derivan los nombres de alquimia y química. 414 Œdipi Ægyptiaci Theatrum Hieroglyphicum, 544. 415 Defectu oraculorum. 416 Libro I. – Clase 3ª, cap. último.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I el poder de Dios que había dado perpetua luz a tan infinito número de estrellas, mientras que las lámparas paganas, según asevera San Agustín, eran obra del demonio que trata de engañar al hombre por diversidad de medios; como si nada fuese más fácil para Satanás que deslumbrar con un relámpago de luz o una brillante llama a quienes entran por vez primera en una cripta sepulcral. Así lo aseguraba el vulgo de los cristianos cuando en el reinado de Paulo III, al abrir una tumba de la vía Apia, se encontró el cadáver de una doncella flotante sobre un terso licor que la había preservado de la corrupción hasta el punto de aparecer como dormida. A los pies del cadáver ardía una lámpara que se apagó al abrir la tumba, de puya inscripción pudo
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