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Capítulo 46 de 51

Capítulo Viii — parte 1 de 6

Isis Sem o Véu

No creas que en mis mágicas maravillas me ayuden los ángeles de la Estigia evocados del infierno y malditos por quienes quisieron dominar a los tenebrosos divis y afrites, sino que me ayuda la percepción de los secretos poderes de las fuentes minerales, de las íntimas células de la naturaleza, de las hierbas colgantes en verde cortina y de los astros que voltean sobre torres y montes. TASSO, XIV, 13 Como a las puertas del infierno, detesto a quien se atreve a pensar una cosa y decir otra. – POPE Si el hombre cesara de existir al bajar a la tumba, de confesar sin remedio que es la única criatura a quien la naturaleza o la providencia se han complacido en defraudar concediéndole cualidades que carecen de objeto de aplicación en la tierra. BULWER LYTTON.– Una historia singular el prefacio de la obra de Proctor titulada: Nuestro lugar en el infinito, entresacamos el siguiente párrafo: “La ignorancia en que los antiguos estaban Ddel lugar de la tierra en el espacio les indujo a suponer influencias favorables o adversas de los astros en el destino de los individuos y de las naciones, así como a formar el grupo de siete días dedicados a los siete planetas de su sistema astrológico.” Dos distintas afirmaciones sienta Proctor en el párrafo citado: 1.ª Que los antiguos ignoraban el verdadero lugar de la tierra en el espacio. 2.ª Que creían en la influencia

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favorable o adversa de los astros en el destino de los individuos y de los pueblos . Sin embargo, hay poderosos motivos para suponer que los sabios de la antigüedad conocían la posición, movimientos y relaciones de los astros, según se infiere del testimonio de Plutarco, ampliado con los de Draper y Jowett. Además, si tan ignorantes eran los antiguos astrónomos, ¿cómo es que en los fragmentos de sus obras se descubren bajo el enigmático lenguaje muchos conceptos corroborados por recientes descubrimientos? En su citada obra expone Proctor la teoría de la formación de la tierra y describe las sucesivas fases por que pasó antes de ofrecer morada al hombre, pintando con vivos colores el gradual agrupamiento de la materia cósmica en esferas gaseosas, rodeadas de una inconsistente capa líquida, que fueron condensándose hasta la solidificación de la corteza externa, seguida del lento enfriamiento de la masa, con los resultados químicos de la acción del intenso calor sobre la primitiva materia del globo, que determinaron la formación y distribución de las partes firmes, los cambios en la constitución de la atmósfera, la aparición de vegetales, animales y por último del hombre.

Pero veamos ahora el hermético Libro de los Números escrito, según tradición caldea, por Hermes Trismegisto. Dice así: “En el principio del tiempo el gran Invisible tenía sus santas manos llenas de materia celeste que esparció por el infinito y, ¡oh pasmo!, se convirtió en esferas de fuego y en esferas de arcilla que, como el inquieto

metal , se disgregaron en esferas menores que empezaron a voltear incesantemente. Y algunas, que eran esferas de fuego, se convirtieron en esferas de arcilla y las de arcilla en esferas de fuego, porque las de fuego esperaban a que llegase el tiempo de convertirse en de arcilla y las otras las envidiaban en espera de convertirse en de puro y divino fuego.” No creemos que nadie se atreva a pedir más claro compendio de las fases cósmicas tan elegantemente descritas por Proctor. Vemos en el pasaje de Hermes la difusión de la materia, su agrupamiento en esferas de las que se disgregan otras menores, la rotación axial, la paulatina transición de la materia incandescente a materia terrosa y por fin la pérdida de calor con que se inicia el período de la muerte planetaria.

470 No es necesario ir muy lejos para convencerse de que lo mismo creyeron astrónomos tan eminentes como Kepler, quien opinaba que los astros y la misma tierra están animados por espíritus inteligentes. 471 No creemos que esta obra figure en los catálogos de las bibliotecas, pero es uno de los “Libros de Hermes” y entre otros autores lo citan en sus obras Arnaldo de Vilanova (Rosarium philosophicum), Francisco Arnolfo (Lucensis opus de lapide) y Raimundo Lulio (Ab angelis opus divinum de quinta essentia). Además se dan referencias de dicha obra en las también atribuídas a Hermes Trismegisto: Tractatus de transmutatione metallorum y Tábula smaragdina. 472 Azogue o mercurio.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I El tránsito de las esferas de arcilla a esferas de fuego explicará a los materialistas algunos fenómenos astronómicos, tales como la súbita aparición de una estrella en la constelación de Casiopea el año 1572 y de otra en el Serpentario en 1604, según observaciones de Kepler. Verdaderamente demuestran los caldeos en el citado pasaje más profunda filosofía que los astrónomos modernos, pues la conversión en esferas de “puro y divino fuego” simboliza la subsiguiente existencia planetaria análoga a la que más allá de la muerte corporal tiene el espíritu del hombre. Si, como ya admite la astronomía, nacen, crecen, se desarrollan, decaen y mueren los astros, ¿por qué no han de tener, como el hombre, la subsiguiente existencia etérea o espiritual? Así lo afirman los magos al decir que la fecunda madre tierra está sujeta a las mismas leyes que sus hijos y en oportunidad de tiempo engendra de su seno todas las cosas hasta que, llegada la plenitud de su tiempo, cae en la tumba de los mundos. La materia densa de la tierra se disgregará poco a poco en átomos que, con arreglo a la inexorable ley, formarán nuevas combinaciones; pero su espíritu quedará atraído por el céntrico sol

espiritual de que originariamente emanara . Según dice Hermes: “Y el cielo era visible en siete círculos, y los planetas aparecieron con todos sus signos en forma de estrellas que quedaron separadas y numeradas con los gobernadores residentes en ellas, y su carrera giratoria está limitada por el aire en una órbita circular donde se mueven bajo la acción del divino espíritu” 474. Nadie hallará en las obras de Hermes ni el más leve indicio del enorme absurdo sostenido después por la iglesia romana, diciendo que los astros habían sido creados para recreo del hombre, puesto que el unigénito Hijo de Dios bajó a este ínfimo mundo para redimir nuestras culpas. Proctor nos habla de una capa inconsistente de materia no condensada todavía, que recubre un océano de consistencia viscosa en el cual gira un núcleo sólido. Pero también esta hipótesis tiene su precedente en la siguiente referencia: “Asegura Hermes que en el principio era la tierra una especie de limo o gelatina temblorosa compuesta dé agua condensada por la incubación y calor del divino espíritu o, según la letra del texto: cum adhuc terra tremula esset, lucente sole compacta esto”475. De la misma obra de Filaleteo entresacamos el siguiente pasaje: “Por mi alma afirmo que la tierra es invisible, y no sólo esto, sino que el ojo del hombre no ve jamás la tierra ni puede ésta ser vista sin arte. El mayor secreto de la magia es hacer invisible este elemento… y este cuerpo feculento y grosero sobre que andamos, es un compuesto, y no la tierra, sino que en él está la tierra. En una palabra, que todos los elementos son visibles menos la tierra, y cuando alcancemos la necesaria perfección para saber por qué

473 La palabra Dios expresa vagamente el concepto del céntrico sol espiritual. 474 Hermes, IV, 6. – La palabra espíritu tiene aquí el significado de Pneuma o la divinidad: qeóç. 475 Filaleteo. – Magia adámica, 12; edición 1650.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Dios ha puesto la tierra in abscondito, tendremos una excelente traza para conocer a

Dios y saber cómo es visible y cómo invisible” . Muchos siglos antes de nacer los científicos contemporáneos había ya dicho Salomón: “Tu poderosa mano hizo el mundo de materia informe” 477. Esta frase encierra cuanto pudiéramos decir; pero añadiremos que tal vez la materia informe, la tierra preadámica entrañe una “potencia” cuyo hallazgo regocijaría a Tyndall y Huxley. Al descender de lo universal o lo particular, de la antigua teoría de la evolución planetaria a la evolución de la vida vegetal y animal, tan opuesta a las creaciones individuales de los seres, vemos anticipada la moderna teoría de la transformación de las especies en el siguiente pasaje de Hermes: “Cuando Dios hubo llenado sus potentes manos de cuanto en la naturaleza existe y la limita, exclamó sin abrirlas: “¡Oh tierra bendita! Sé la madre de todo para que nada necesites. Entonces abrió las manos derramando de ellas todo lo necesario para la formación de las cosas”. Aquí tenemos simbolizada la materia primaria en que laten potencialmente todas las futuras formas de vida y que la tierra es la madre de cuanto desde entonces brota de su seno.

476 Filaleteo. – Magia adámica, II. – Sin prueba alguna se da por cierto que los antiguos ignoraban la esferoicidad de la tierra; pero no obstante el desconocimiento en que este hecho estuvieron los escritores exotéricos, no cabe duda de que, según atestigua Plutarco, ya en tiempo de Pitágoras se enseñaba secretamente en las escuelas y por declararlo públicamente fue Sócrates condenado a muerte. Además, como hemos repetido varias veces, la ciencia estaba por entonces refugiada en los santuarios y tan sólo se comunicaba a los iniciados. Prueba de que éstos conocían la esferoicidad de la tierra, es la representación simbólica de Kneph (espíritu primordial), con un huevo en los labios para dar a entender que anima la tierra con su soplo. Y si los críticos no hallan ocasión de consultar el Libro de los Números, les remitiremos a la autoridad de Diógenes Laercio, quien afirma que Maneto enseñaba que la tierra tiene la figura de una bola. El mismo autor, refiriéndose probablemente al Compendio de filosofía natural, da las siguientes explicaciones de la doctrina egipcia: “El principio es materia Archn < zeû eînai ulhn7 , de la que se separan los cuatro elementos. La verdadera forma de Dios es desconocida, pero como el mundo tuvo principio ha de ser perecedero… La luna se eclipsa cuando cruza la sombra de la tierra (Diógenes Laercio. –“Prœin, §§ 10, II). Por otra parte se sabe que Pitágoras enseñaba la redondez de la tierra, que tenía movimiento de rotación y era un planeta como los demás. (Fenelon. – “Vidas de los filósofos”). El profesor Jowett, en la Introducción al Timeo de Platón , no obstante sus dudas al traducir la palabra illesqai5 que bien puede significar ”circuyendo” o “compacto”, se inclina a creer que Platón conocía el movimiento rotatorio de la tierra, según se infiere del siguiente pasaje: “La tierra, nuestra nodriza, describe un círculo alrededor del polo que se extiende a través del universo”. Pero en opinión de Proclo y Simplicio, entendía Aristóteles que dicha palabra del Timeo significa voltear o girar. (De Cœlo). El mismo Jowett admite más adelante que Aristóteles atribuía a Platón la enseñanza del movimiento giratorio de la tierra (“Diálogo de Platón”. – Introducción al Timeo, 501, 502). Sería una enormidad decir que Platón ignorase tan elemental principio astronómico, siendo como era admirador de Pitágoras é iniciado en las secretas enseñanzas del insigne filósofo de Samos. 477 Libro de la sabiduría, XI, 17.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Más explícito es todavía Marco Antonio en su Soliloquio: “La naturaleza se complace en mudar todas las cosas y revestirlas de nuevas formas. La materia es para ella como cera con que moldea toda clase de figuras, y si hace un pájaro lo convierte después en cuadrúpedo, o de una flor hace una rana, de suerte que se deleita en sus operaciones

mágicas, como los hombres en las obras de su propia imaginación” . Antes de que los modernos científicos pensaran en la teoría evolutiva, había dicho ya Hermes que nada hay truncado en la naturaleza, pues todas sus obras rebosan de suave armonía sin saltos ni transiciones violentas ni aun en las muertes súbitas. Los rosacruces iluminados profesaban la doctrina del lento desenvolvimiento de las formas preexistentes. Las Tres Madres enseñaron a Hermes el misterioso proceso de sus obras antes de revelarlo a los alquimistas medioevales. En lenguaje hermético las Tres Madres significan la luz, el calor y el magnetismo, transmutables según el principio de la correlación de fuerzas o transformación de la energía. Dice Sinesio que en el templo de Menfis encontró unos libros de piedra con la siguiente máxima esculpida: “Una naturaleza se deleita en otra; una naturaleza vence a otra; una naturaleza prevalece contra otra; pero todas ellas son una sola”. La continua actividad de la materia está expresada en el siguiente aforismo de Hermes: “La acción es la vida de Phta”. Por su parte Orfeo llama a la naturaleza «la madre que hace muchas cosas” Polumh’cànoç máthr o “madre ingeniosa que imagina é inventa”. En su ya citada obra dice Proctor: “Todo cuanto existe, así en la superficie como en el interior de la tierra, las formas vegetales y animales y nuestro organismo corporal, están constituidos por materia atraída de las profundidades del espacio que por todas partes nos rodea”. Los herméticos y rosacruces sostuvieron que todas las cosas, así visibles como invisibles, dimanaban de la lucha entre la luz y las tinieblas y que toda partícula material entraña una chispa luminosa (espíritu) cuya propensión a volver a su divino origen, librándose del obstáculo impediente, determina el movimiento de los átomos que a su vez engendra las formas. Sobre el particular dice Hargrave Jennings con referencia a Roberto Fludd: “Todos los minerales tienen en esta centella de vida la potencialidad rudimentaria de las plantas y otros organismos de más en más perfeccionados. Asimismo, todas las plantas tienen rudimentarias sensaciones que, con el tiempo, pueden ponerlas en estado de transformarse en otras criaturas capaces de moverse de acá para allá con funciones de orden más o menos elevado. De suerte que el reino vegetal ha de pasar por ignorados caminos a otros más altos senderos por donde irse perfeccionando hasta el punto de que su divina luz se explaye con mayor y

478 Filaleteo. – Magia adámica.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I más impelente fuerza y con más pleno y consciente propósito, por la planetaria

influencia de los invisibles operarios del gran Arquitecto” . La luz (primera creación según el Génesis) es la Sephira de los cabalistas; la Mente divina, la madre de los Sefirotes cuyo padre es la Sabiduría oculta. La luz es la primera emanación del Supremo y luz es vida según el Evangelista. Luz y vida son electricidad, el principio vital, el anima mundi que interpenetra el universo y vivifica todas las cosas. La luz es el mágico Proteo cuyas diversas ondulaciones, movidas por la divina voluntad del Arquitecto, originan las formas vivientes. De su turgente y eléctrico seno brotan la materia y el espíritu. Sus rayos entrañan la virtud de las acciones físico-químicas y de los fenómenos cósmicos y espirituales. La luz organiza y desorganiza; da y quita la vida; y de su punto primordial surgen gradualmente a la existencia miríadas de visibles é

invisibles mundos. Dice Platón que en un rayo de esta trina madre primaria encendió Dios el fuego que llamamos sol y no es causa de luz y calor, sino únicamente el foco, o mejor dicho la lente que concentra y enfoca sobre nuestro sistema solar los rayos de la luz primordial de cuyas diversas vibraciones dimana la correlación de fuerzas. La obra de Proctor, que motiva estos comentarios, consta de doce tratados, de los cuales el último se titula: Ideas acerca de la Astrología. El autor estudia esta materia con mayor respeto del acostumbrado entre los científicos, en prueba de que puso en ella toda su atención. Dice a este propósito: “Si consideramos debidamente el asunto, hemos de convenir en que de cuantos errores sufrieron los hombres en su ansia de escrutar el porvenir, la astrología es el más digno de respeto y aun pudiéramos decir que el más razonable… pues los cuerpos celestes regulan inequívocamente el destino de los individuos y de las naciones, ya que sin las benéficas y reguladoras influencias del sol, que es entre todos el principal, perecerían las criaturas vivientes sobre la tierra… También tiene influencia la luna, y no es extraño que los antiguos infiriesen por analogía que si estos dos astros influyen tan poderosamente en la tierra, también tengan su especial influencia los demás astros”481. Por otra parte, no cree Proctor infundada su sospecha de que los planetas de más lento movimiento ejerzan influencia superior al mismo sol, y opina que “la astrología fué formándose tras repetidas tentativas en que los astrólogos se guiaron por la observada relación entre ciertos sucesos de monta en la vida de reyes, caudillos o magnates y la posición de los astros el día de su nacimiento. Sin embargo, también pudieron algunos astrólogos imaginar influencias en que creyeron las gentes por haberlas confirmado alguna curiosa coincidencia”.

479 Hargrave Jennings. – Los rosacruces. 480 Timeo. 481 Nuestro lugar en el Infinito, 313– 314.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Conviene advertir que aun los tratadistas formales recurren a palabras de tan vago sentido como la de coincidencia, para encubrir lo que les repugna aceptar. Pero los sofismas no son axiomas ni mucho menos demostraciones matemáticas en que por lo menos los astrónomos debieran apoyar sus afirmaciones. La astrología es ciencia tan exacta como la astronomía, con tal de que las observaciones sean también exactas, pues sin esta condición sinecuanónica una y otra ciencia incurrirán en error. La astrología es a la astronomía como la psicología a la fisiología, y tanto en astrología como en psicología es preciso ir más allá del mundo visible y entrar en los dominios del trascendente espíritu. Tal fué la vieja lucha entre las escuelas platónica y aristotélica; pero en nuestro siglo de escepticismo saduceico no prevalecerá aquélla contra ésta. Proctor parece como si viera la paja en el ojo ajeno y no la viga en el suyo, pues si apuntáramos los errores y despropósitos de los astrónomos, seguramente excederían

de mucho a los de los astrólogos . Sigue exponiendo Proctor en su obra cuanto de heterodoxo ha encontrado en sus investigaciones científicas y se asombra más de una vez de tan “curiosas coincidencias” como, por ejemplo, la que refiere en estos términos: “No me detendré en la curiosa coincidencia de si efectivamente conocían los astrólogos caldeos el anillo de Saturno, pues representaban al Dios de este nombre dentro de un triple anillo… Del hallazgo de algunos instrumentos ópticos en las ruinas asirías, se infiere que pudieron descubrir los anillos de Saturno y los satélites de Júpiter… Belo, el Júpiter asirio, estaba algunas veces representado con cuatro alas esmaltadas de estrellas; pero es muy posible que esto fuesen meras coincidencias”. Sin embargo, esta serie de coincidencias a que se refiere Proctor serían más milagrosas que la realidad de los hechos y no parece sino que los escépticos anden anhelosos de coincidencias. Bastantes pruebas dimos en el capítulo anterior de que los antiguos

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