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Capítulo 24 de 51
Capítulo Iv — parte 2 de 4
Isis Sem o Véu
213 De Mirville. – De los Espíritus, 33. 214 De Mirville. – De los Espíritus, 33. 215 De Mirville. – De los Espíritus. Notas, 38 216 Tomo I, 52.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I dilató el globo ligeramente, tomando una dirección oblicua hacia un agujero de la pared, a un metro de altura sobre la campana de la chimenea, con la particularidad de que este agujero se había practicado para dar paso al cañón de la estufa en invierno, y como estaba entonces empapelado como el resto de la pared no podía verlo el globo, según dijo ingenuamente el aprendiz. Sin embargo, el globo se dirigió directamente al agujero, despegó el papel sin estropearlo y salióse por la chimenea, hasta que al cabo de buen rato llegó al extremo superior del tiro, a una altura de diez y ocho metros sobre el nivel del suelo, y produjo un estallido todavía más espantoso que el primero, que derribó parte de la chimenea”. A este propósito, observa De Mirville en su crítica: “Podemos aplicar a Babinet lo que cierta señora muy mordaz le dijo en una ocasión a Raynal: Si no es usted cristiano no
será por falta de fe” . Aparte de los polemistas católicos, el doctor Boudin se maravillaba de la credulidad de Babinet en lo tocante al llamado meteoro que cita con toda seriedad en un estudio que sobre el rayo publicaba a la sazón, donde dice: “Si estos pormenores son exactos como parecen serlo, desde el momento en que los admiten Babinet y Arago, difícilmente podremos seguir llamando a dicho fenómeno rayo esférico. Sin embargo, dejaremos que otros expliquen, si pueden, la naturaleza de un globo de fuego que no da calor y tiene aspecto de un gato que se pasea tranquilamente por la habitación y halla medios de escapar por el tubo de la chimenea a través de un agujero tapado con
el papel de la pared que despega sin estropearlo” . Añade De Mirville: “Somos de la misma opinión que el erudito médico, en cuanto a la dificultad de definir exactamente el fenómeno, pues de la misma manera podríamos ver algún día rayos en forma de perro o de mono. Verdaderamente espeluzna la idea de toda una meteorológica colección de fieras que, gracias al rayo, se metieran sin más ni más en nuestras habitaciones para pasearse a su antojo”. Dice Gasparín en su enorme volumen de refutaciones: “En cuestiones de testimonio no puede haber certidumbre desde que atravesamos los
límites de lo sobrenatural” . Como quiera que no están suficientemente determinados estos límites, ¿cuál de ambos antagonistas reúne mejores condiciones para emprender tan difícil tarea?; ¿cuál de los dos ostenta mayores títulos para erigirse en árbitro público?; ¿no será acaso el
217 De Mirville. – Fenómenos é hipótesis físicos, 46. 218 Boudin. – “Del rayo considerado desde el punto de vista de la Medicina legal y la Higiene pública”. 219 Gasparín. – Tomo I, 288.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I bando de la llamada superstición, que cuenta con el apoyo de miles de testigos que durante dos años presenciaron los prodigiosos fenómenos de Cideville? ¿Daremos crédito a este múltiple testimonio o asentiremos a lo que dice la ciencia, representada por Babinet, quien, por el aprendiz de sastre, admite el rayo esférico, o meteoro felino, y lo considera como uno de tantos fenómenos naturales?
En un artículo periodístico cita Crookes la obra de Gasparín titulada: La ciencia hacia el espiritismo, y dice a este propósito: “El autor concluye por afirmar que todos estos fenómenos derivan de causas naturales, sin que haya en ellos milagro alguno ni tampoco intervención de espíritus ni diabólicas influencias. Gasparín considera comprobado por sus experimentos, que en determinadas condiciones fisiológicas la voluntad puede actuar a distancia sobre la inerte materia, y la mayor parte de su obra está dedicada a determinar las leyes y condiciones bajo las cuales se manifiesta dicha acción”. Ciertamente es así; pero en cambio, hay en la obra de Gasparín muchos otros puntos, como contestaciones, réplicas y memorias demostrativas de que, aunque pío calvinista, no cede en fanatismo religioso a Des Mousseaux ni a De Mirville, católicos ultramontanos. El mismo Gasparín denota su espíritu de partido al decir: “Me considero en el deber de izar la bandera protestante frente al estandarte
ultramontano” . En lo tocante a los fenómenos psíquicos, sólo pueden ser válidos los testigos serenos é imparciales y el dictamen de los científicos que no tengan determinado interés en el asunto. La verdad es una, é innumerables las sectas religiosas que presumen de poseerla por entero; y si para los ultramontanos el diablo es el más firme sostén de la iglesia católica, para Gasparín ya no ha vuelto a haber milagros desde el tiempo de los apóstoles. Pero Crookes cita asimismo a Thury, profesor de Historia Natural en la Universidad de Ginebra y colaborador de Gasparín en la investigación de los fenómenos de Valleyres, aunque contradice terminantemente las afirmaciones de su colega. Dice Gasparín que “la principal y más necesaria condición para producir el fenómeno es la voluntad del experimentador, pues sin voluntad nada podrá lograrse, aunque se mantenga formada la cadena durante veinticuatro horas
seguidas” . Esto demuestra que Gasparín no distingue entre los fenómenos psíquicos y los simplemente magnéticos, dimanantes de la persistente voluntad de los experimentadores, entre quienes tal vez no haya uno solo con aptitudes mediumnísticas desenvueltas ni latentes. Los fenómenos magnéticos resultan siempre de la acción conscientemente voluntaria de quienes se esfuercen en obtenerlos, al paso que los fenómenos psíquicos obran sobre el sujeto receptivo independientemente de él y muchas veces contra su propia voluntad. El hipnotizador logra cuanto está al alcance
220 Revista trimestral de Ciencia, 1º de Octubre de 1871. Fuerza física, 26. 221 Gasparín. – La ciencia hacia el espiritismo, I, 313. 222 Gasparín. – La ciencia hacia el espiritismo, I, 313.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I de su fuerza volitiva. El médium, por el contrario, será instrumento tanto más a propósito para la producción del fenómeno cuanto menos ejercite su voluntad, y las probabilidades de logro estarán en razón inversa del ansia que sienta de producirlo. El hipnotizador requiere temperamento activo y el médium pasivo. Esto es el abecé del espiritismo y lo saben todos los médiums. Dijimos que Thury discrepaba de Gasparín en lo referente a la hipótesis de la voluntad, y así lo demuestra la siguiente carta dirigida a su colega en respuesta a la súplica que éste le hizo para que rectificara la última parte de su informe. Dice así: “Comprendo la justicia de vuestras observaciones referentes a la última parte de mi informe, que acaso concite contra mí la animadversión de los científicos; pero no obstante lo mucho que deploro que mi resolución le haya disgustado tanto, persisto en ella porque la considero hija del deber a que sin traición no puedo faltar. “Por lo que a la ciencia se refiere, declaro que todavía no está demostrada científicamente la imposibilidad de la intervención de los espíritus en estos fenómenos, pues tal es la conclusión de mi informe, y si así no lo dijese me expondría a empujar por vías de múltiples y equívocas salidas, en el caso de que contra toda esperanza hubiese algo de verdad en el espiritismo, a cuantos después de leído mi informe quisieren estudiar estos fenómenos. “Sin salirme de los fenómenos de la ciencia, según yo la entiendo, cumpliré mi deber por completo sin segundas intenciones de amor propio, y como a vuestro juicio puede ocasionar esto un escándalo mayúsculo, no quiero avergonzarme de ello. Además, insisto en que mi opinión es tan científica como otra cualquiera. Aunque quisiera demostrar la hipótesis de la intervención de espíritus desencarnados no podría hacerlo por insuficiencia de los fenómenos observados; pero estoy en situación de resistir victoriosamente todas las objeciones. Quieran o no, han de aprender los científicos por experiencia propia y por sus propios errores a suspender su juicio en cosas que no hayan examinado suficientemente. Conviene que no se pierda la lección que les disteis sobre este particular.” Ginebra, 21 de Diciembre de 1854. Analicemos esta carta para ver si descubrimos, no precisamente lo que el autor opina, sino lo que no opina acerca de la nueva fuerza. Por lo menos es indudable que el distinguido físico y naturalista demuestra científicamente la realidad de algunas manifestaciones psíquicas; pero, de acuerdo con Crookes, no las atribuye a los espíritus de los difuntos, pues no ve demostración de esta hipótesis, ni tampoco cree en los
diablos del catolicismo .
223 El mismo De Mirville, al citar esta carta como prueba contraria a la hipótesis naturalista de Gasparín, dice que tal vez no fueran producidos por el diablo los fenómenos de Valleyres, aunque sí todos los demás, con lo cual denota que Thury negaba esta intervención.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Pena nos causa decir que Gasparín cae en muchas contradicciones y absurdos, pues mientras por una parte vitupera acerbamente a los adictos a Faraday, por otra atribuye a causas naturales fenómenos que llama mágicos. Dice a este propósito: “Si no hubiéramos de tener en cuenta otros fenómenos que los explicados por el ilustre físico, cerraríamos los labios; pero nosotros hemos ido aún más allá, y ¿de qué han de servirnos esos aparatos que todo lo explican por la presión inconsciente? Sin embargo, la mesa resiste a la presión y al impulso, y a pesar de que nadie la toca, sigue el movimiento de los dedos que hacia ella señalan, sé levanta sin contacto alguno y gira
de arriba abajo” . Pasa después Gasparín a explicar los fenómenos por su cuenta y dice: “Las gentes los atribuirán a milagro y no faltará quien los crea obra de magia. Cada nueva ley les parece un prodigio. Pero yo me encargo de calmar los ánimos, porque en presencia de semejantes fenómenos no hemos de transponer los límites de las leyes naturales”225. Por nuestra parte no los hemos transpuesto. ¿Pero están seguros los científicos de poseer la clave de estas leyes? Gasparín presume poseerla, como vamos a ver. Dice así: “No me arriesgo a dar explicación alguna, porque no es asunto de mi incumbencia. Mi propósito no va más allá de atestiguar los hechos y sostener una verdad que la ciencia intenta sofocar. Sin embargo, no puedo resistir a la tentación de manifestar a quienes nos confunden con los iluminados o con los brujos, que las manifestaciones en cuestión pueden explicarse de acuerdo con los principios generales de la ciencia. “En efecto; si suponemos que de los experimentadores, y más particularmente de algunos de ellos, emana un flúido cuya dirección esté determinada por la voluntad del individuo, no será difícil comprender cómo gira o se levanta la mesa por la acción del flúido acumulado sobre ella. Supongamos también que el vidrio es mal conductor de dicho flúido y tendremos explicado el por qué un vaso puesto en medio de la mesa interrumpe la rotación, mientras que si lo ponemos a un lado, se acumula todo el flúido en el opuesto, que por esta razón la levanta en alto”. Aparte de algunos pormenores no desdeñables, podríamos aceptar esta explicación si todos los circunstantes fuesen hábiles hipnotizadores, y mucho también pudiéramos admitir respecto a la intervención de la voluntad, de acuerdo con el erudito ministro de Luis Felipe; pero ¿qué decir de la inteligencia denotada por la mesa en sus respuestas? Con seguridad que estas respuestas no podían ser colectivo reflejo cerebral de los circunstantes, según opina Gasparín, porque las ideas de ellos discrepaban no poco de la en extremo liberal filosofía expuesta por la maravillosa mesa. Sobre esto nada dice Gasparín, como si a cualquier explicación recurriera con tal de no admitir la influencia de los espíritus, ni humanos, ni satánicos, ni elementales.
224 Des Tables, I, 213. 225 Des Tables , I, 217.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Resalta, por lo tanto, que la “simultánea concentración del pensamiento” y “la acumulación de flúido” no son más satisfactorias explicaciones que la “fuerza psíquica” de otros científicos. Preciso es buscar nuevas soluciones que de antemano calificamos de insuficientes, por numerosas que sean, hasta que la ciencia reconozca por causa de los fenómenos psíquicos una fuerza externa a los circunstantes y más inteligente que todos ellos. El profesor Thury rechaza a un tiempo la hipótesis de los espíritus desencarnados, la de las influencias diabólicas y la de los teurgos y herméticos sintetizada en la sexta de Crookes226 y expone otra, a su entender, más prudente, con desconfianza respecto de las demás, si bien admite hasta cierto punto “la acción inconsciente de la voluntad”, de acuerdo con Gasparín. A este propósito dice Thury: “Respecto a los fenómenos de levitación sin contacto y el empuje de la mesa de un sitio a otro por manos invisibles, no cabe demostrar a priori su imposibilidad, y en consecuencia, nadie tiene derecho a calificar de absurdas las pruebas efectuadas”. Por lo qué toca a la hipótesis de Gasparín, la juzga Thury muy severamente, según puede colegirse del siguiente pasaje de De Mirville: “Admite Thury que en los fenómenos de Valleyres estaba la fuerza en el individuo, mientras que nosotros decimos que era a un tiempo intrínseca y extrínseca y que, por regla general, es precisa la acción de la voluntad. Después de todo repite Thury lo que ya había dicho en el prefacio de su obra, conviene a saber: “El barón de Gasparín nos presenta hechos escuetos de cuyas explicaciones no responde, tal vez por ser tan endebles que se desvanecen de un soplo sin que apenas quede nada de ellas. Respecto a los hechos no es posible dudar en adelante de su autenticidad.” Según nos dice Crookes, el profesor Thury “refuta las explicaciones de Gasparín y atribuye los fenómenos psíquicos a una substancia fluídica, a un agente que, como el éter lumínico de los científicos, interpenetra todos los cuerpos materiales orgánicos é inorgánicos. A este agente le llama psícodo, y después de discutir las propiedades de este. estado o forma de materia, propone que se denomine fuerza ecténica a la ejercida cuando la mente actúa a distancia por influencia del psícodo”227. Más adelante observa Crookes que la fuerza ecténica de Thury es idéntica a la fuerza psíquica por él apuntada. Fácilmente podríamos demostrar que tanto la fuerza ecténica como la fuerza psíquica, además de ser iguales entre sí, lo son a la luz astral o sidérea de los
alquimistas y al akâsha o principio de vida, la omnipenetrante fuerza que desde hace miles de años conocieron los gimnósofos, los magos indos y los adeptos de todos los
226 Véase pág.111. 227 Crookes. – Fuerza psíquica, I, 26–27. 228 Esta mismo concepto mantiene Eliphas Levi en su obra Dogma y Ritual de la alta Magia.
H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I países, y aun hoy se valen de ella los lamas del Tíbet, los fakires taumaturgos y algunos prestidigitadores indos. En muchos casos de rapto provocado artificialmente por sugestión hipnótica, es posible y aun probable que el “espíritu” del sujeto actúe influido por la voluntad del hipnotizador; pero cuando el médium permanece consciente mientras se producen fenómenos psíquicofísicos que denoten una dirección inteligente, el agotamiento físico se traducirá en postración nerviosa, a menos que el médium sea mago capaz de proyectar su doble. Por lo tanto, parece concluyente la prueba de que el médium es pasivo instrumento de entidades invisibles que disponen de fuerzas ocultas. Pero no obstante la identidad de la fuerza ecténica de Thury y la psíquica de Crookes, sus respectivos mantenedores discrepan en cuanto a las propiedades que les atribuyen, pues mientras Thury admite que los fenómenos son producidos con frecuencia por voluntades no humanas, corroborando con ello la sexta hipótesis de Crookes, éste se reserva su opinión respecto a la causa de los fenómenos, cuya autenticidad no pone en duda. Así vemos que ni Gasparín y Thury, que investigaron los fenómenos psíquicos en 1854, ni Crookes, que se convenció de su realidad en 1874, les han dado explicación definitiva, a pesar de sus conocimientos en ciencias físico–químicas y de haber dedicado toda su atención a tan arduo problema. El resultado es que en veinte años ningún científico ha dado ni un paso en la solución del enigma que sigue tan inexpugnable como castillo de hadas. ¿Sería impertinencia sospechar que los científicos modernos se mueven en un círculo vicioso? Agobiados sin duda por la pesadumbre del materialismo y la insuficiencia de las llamadas ciencias experimentales para demostrar tangiblemente la existencia del mundo espiritual, mucho más poblado que el visible, no tienen otro remedio que arrastrarse por el interior del círculo vicioso, sin querer, más bien que sin poder, salir del hechizado recinto para explorar lo que fuera de él existe. Sus preocupaciones son el único embarazo que les impide reconocer la causa de hechos innegables y relacionarse con hipnotizadores tan expertos como Du Potet y Regazzoni. Preguntaba Sócrates:
“¿Qué engendra la muerte? –La vida– le respondieron … ¿Puede el alma, puesto que es
inmortal, dejar de ser imperecedera?” El profesor Lecomte dice: “La semilla no puede germinar sin que en parte se consuma”. Y San Pablo exclama: “Para que la simiente se avive es preciso que muera”.
229 Platón. – Fedro.44. 230 Id. 128.
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