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Capítulo 10 de 51

El Velo De Isis — parte 3 de 6

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I libertad de atravesar o no el dintel a cuyo otro lado vislumbramos lo infinito, lo incomprensible, ó, por mejor decir, lo inefable. Si el lenguaje humano es insuficiente para expresar lo que vislumbramos en el más allá, algún día habrá de comprenderlo el hombre que ante sí tiene la inacabable eternidad. No sucede lo propio en la hipótesis de Huxley acerca de los fundamentos fisiológicos de la vida. Contra las negaciones de sus colegas alemanes admite un protoplasma universal que al formar las células origina la vida. Este protoplasma es, según HuxIey, idéntico en todo organismo viviente, y las células que constituye entrañan el principio vital, pero excluye de ellas el divino influjo y deja sin resolver el problema. Con habilísima táctica convierte las leyes y hechos en centinelas cuyo santo y seña es la palabra necesidad, aunque al fin y a la postre desbarata toda la hipótesis calificándola de “vano fantasma de mi imaginación”. “Las doctrinas fundamentales del espiritualismo, continúa diciendo HuxIey, trascienden toda investigación filosófica”76. Sin embargo, nos atreveremos a contradecir esta afirmación observando que mejor se avienen las doctrinas espiritualistas con las investigaciones filosóficas que con el protoplasma de HuxIey, pues al menos ofrecen pruebas evidentes de la existencia del espíritu, mientras que una vez muertas las células protoplásmicas, no se advierte en ellas indicio alguno de que sean los orígenes de la vida, como pretende el eminente pensador contemporáneo. Los cabalistas antiguos no formulaban hipótesis alguna hasta que podían establecerla sobre la firmísima roca de comprobadas experiencias. Pero la exagerada subordinación a los hechos físicos ocasiona la pujanza del materialismo y la decadencia del espiritualismo. Tal era la orientación dominante del pensamiento humano en tiempos de Aristóteles, y aunque el precepto délfico no se había borrado de la mente de los filósofos griegos, pues todavía algunos afirmaban que para conocer lo que es el hombre se necesita saber lo que fué, ya empezaba el materialismo a corroer las raíces de la fe. Los mismos Misterios estaban adulterados hasta el punto de ser especulaciones sacerdotales y fraudes religiosos. Pocos eran los verdaderos adeptos é iniciados, legítimos sucesores de los que dispersara la espada conquistadora del antiguo Egipto. Ciertamente había llegado ya la época vaticinada por el gran Hermes en su diálogo con Esculapio; la época en que impíos extranjeros reconvinieran a los egipcios de adorar monstruosos ídolos, sin que de ella quedara más que los jeroglíficos de sus monumentos como increíbles enigmas para la posteridad. Los hierofantes andaban dispersos por la haz de la tierra, buscando refugio en las comunidades herméticas llamadas más tarde esenios, donde sepultaron a mayor hondura que antes la ciencia esotérica. La triunfante espada del discípulo de Aristóteles no dejó vestigio de la un

76 Huxley. – Conferencia sobre los “Fundamentos fisiológicos de la vida”.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I tiempo pura religión, y el mismo Aristóteles, típico hijo de su siglo, aunque instruido en la secreta ciencia de los egipcios, sabía muy poco de los resultados dimanantes de milenarios estudios esotéricos. Lo mismo que los que florecieron en los días de Psamético, los filósofos contemporáneos “alzan el velo de Isis” porque Isis es el símbolo de la naturaleza; pero sólo ven formas físicas y el alma interna escapa a su penetración. La Divina Madre no les responde. Anatómicos hay que niegan la existencia del alma, porque no la descubren bajo las masas de músculos y redes de nervios y substancia gris que levantan con la punta del escalpelo. Tan miopes son éstos en sus sofismas como el estudiante que bajo la letra muerta de la cábala no acierta a descubrir el vivificador espíritu. Para ver el hombre real que habitó en el cadáver extendido sobre la mesa de disección, necesita el anatómico ojos no corporales; y de la propia suerte, para descubrir la gloriosa verdad, cifrada en las escrituras hieráticas de los papiros antiguos, es preciso poseer la facultad de intuición, la vista del alma, como la razón lo es de la mente. La ciencia moderna admite una fuerza suprema, un principio invisible, pero niega la existencia de un Ser supremo, de un Dios personal77. Lógicamente es muy discutible la diferencia entre ambos conceptos, porque, en fuerza y esencia son idénticas. La razón humana no puede concebir una fuerza suprema é inteligente sin identificarla con un Ser también supremo é inteligente. Jamás el vulgo tendrá idea de la omnipotencia y omnipresencia de Dios sin atribuirle, en gigantescas proporciones, cualidades humanas; sin embargo, para los cabalistas, siempre fué el invisible En–Soph una Potestad. Vemos, por lo tanto, que los filósofos positivistas de nuestros días tuvieron sus precursores hace miles de años. El adepto hermético proclama que el simple sentido común excluye toda contingencia de que el universo sea obra del acaso, pues equivaldría este absurdo a suponer que los postulados de Euclides los dedujo un mono entretenido en jugar con figuras geométricas. Muy pocos cristianos comprenden la teología hebrea, si es que algo saben de ella. El Talmud es profundamente enigmático, aún para la mayor parte de los mismos judíos; pero los hebraístas que lo han descifrado, no se engríen de su erudición. Los libros cabalísticos son todavía menos comprensibles para los judíos, y a su estudio se dedican, con mayor asiduidad que éstos, los hebraístas cristianos. Sin embargo, ¡cuán menos conocida todavía es la cábala universal de Oriente! Pocos son sus adeptos; pero estos privilegiados herederos de los sabios que “descubrieron las deslumbradoras verdades que centellean en la gran Shemaya del saber caldeo”78 han solucionado lo “absoluto” y descansan ahora de su fatigosa tarea. No pueden ir más allá de la línea trazada por el dedo del mismo Dios en este mundo, como límite del conocimiento

77 Draper. – Conflictos entre la Religión y la Ciencia. 78 Bulwer. – Zanoni.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I humano. Sin darse cuenta, han topado algunos viajeros con estos adeptos en las orillas del sagrado Ganges, en las solitarias ruinas de Tebas, en los misteriosamente abandonados aposentos de Luxor, en las cámaras de azules y doradas bóvedas cuyos misteriosos signos atraen sin fruto posible la atención del vulgo. Por doquiera se les encuentra, lo mismo en las desoladas llanuras del Sahara y en las cavernas de Elefanta, que en los brillantes salones la aristocracia europea; pero sólo se dan a conocer los desinteresados estudiantes cuya perseverancia no le permite volver atrás. El insigne teólogo é historiador judío Maimónides, a quien sus compatriotas casi divinizaron, para después acusarle de herejía, afirma que lo en apariencia más absurdo y extravagante del Talmud, encubre precisamente lo más sublime de su significado esotérico. Este eruditísimo judío ha demostrado que la magia caldea profesada por Moisés y otros taumaturgos, se fundaba en amplios y profundos conocimientos de diversas y hoy olvidadas ramas de las ciencias naturales, pues conocían por completo los recursos de los reinos mineral, vegetal y animal, aparte de los secretos de la química y de la física, con añadidura de las verdades espirituales que les daban tanta idoneidad en psicología como tuvieron en fisiología. No es maravilla, pues, que los adeptos educados en los misteriosos santuarios de los templos, obraran portentos en cuya explicación fracasaría la infatuada ciencia contemporánea. Es denigrante para la dignidad humana motejar de imposturas la magia y las ciencias ocultas, pues si hubiera sido posible que durante miles de años fuesen unas gentes víctimas de los fraudes y supercherías amañados por otras gentes, necesario sería confesar que la mitad de los hombres son idiotas y la otra mitad bribones. ¿En qué país no se ha practicado la magia? ¿En qué época se olvidó por completo? Los Vedas y las leyes de Manú, que son los documentos literarios más antiguos,

describen muchos ritos mágicos de lícita práctica entre los brahmanes . Hoy mismo se enseña en el Japón y en China, sobre todo en el Tíbet, la magia caldea, y los sacerdotes de estos países corroboran con el ejemplo las enseñanzas relativas al desenvolvimiento de la clarividencia y actualización de las potencias espirituales, mediante la pureza y austeridad de cuerpo y mente, de que dimana la mágica superioridad sobre las entidades elementales, naturalmente inferiores al hombre. En los países occidentales es la magia tan antigua como en los orientales. Los druidas de la Gran Bretaña y de las Galias la ejercían en las reconditeces, de sus profundas cavernas, donde enseñaban ciencias naturales y psicológicas, la armonía del universo, el movimiento de los astros, la formación de la tierra y la inmortalidad del alma 80. En las naturales academias edificadas por mano del invisible arquitecto, se congregaban los iniciados al filo de la

79 Véase el Código de Manú traducido por W. Jones, IX. II. 80 En varios pasajes de su Historia Natural se ocupa Plinio extensamente de los conocimientos de los druidas, y Pomponio asegura que estaban muy versados en las ciencias superiores.

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media noche para meditar sobre lo que es y lo que ha de ser el hombre . No necesitaban de iluminación artificial en sus templos, porque la casta diosa de la noche hería con sus rayos las cabezas coronadas de roble y los sagrados bardos de blancas

vestiduras sabían hablar con la solitaria reina de la bóveda estrellada . Pero aunque el ponzoñoso hálito del materialismo haya consumido las raíces de los sagrados bosques y secado la savia de su espiritual simbolismo, todavía medran con exuberante lozanía para el estudiante de ocultismo, que los sigue viendo cargados del fruto de la verdad tan frondosamente como cuando el archidruida sanaba mágicamente a los enfermos y tremolando el ramo de muérdago segaba con su dorada segur la rama del materno roble. La magia es tan vieja como el hombre y nadie acertaría en señalar su origen, de la propia suerte que no cabe computar el nacimiento del primer hombre. Siempre que los eruditos intentaron determinar históricamente los orígenes de la magia en algún país, desvanecieron sus cálculos investigaciones posteriores. Suponen algunos que el sacerdote y rey escandinavo Odín fué el fundador de la magia unos 70 años antes de J.C.; pero hay pruebas evidentes de que los misteriosos ritos de las

sacerdotisas valas son muy anteriores a dicha época . Otros eruditos modernos atribuyen a Zoroastro las primicias de la magia apoyados en que fué el fundador de la religión de los magos; pero Amiano Marcelino, Arnobio, Plinio y otros historiadores antiguos, prueban concluyentemente que tan sólo se le debe considerar como reformador de la magia, ya de muy antiguo profesada por los

caldeos y egipcios . Los más eminentes maestros de las cosas divinas convienen en que casi todos los libros antiguos están escritos en lenguaje sólo entendido de los iniciados, y ejemplo de ello nos da el bosquejo biográfico de Apolonio de Tyana, que, según saben los cabalistas, es un verdadero compendio de filosofía hermética con trasuntos de las tradiciones relativas al rey Salomón. Lo mismo que éstas, parece el bosquejo biográfico de Apolonio fantástica quimera, porque los acontecimientos históricos están cubiertos bajo el velo de la ficción. El viaje a la India, allí descrito, simboliza las pruebas del neófito, y sus detenidas conversaciones con los brahmanes, sus prudentes consejos y sus diálogos con el corintio Menipo, equivalen en conjunto, debidamente interpretados, a un catecismo esotérico. En su visita al país de los sabios, en la plática que sostuvo con el rey Hiarkas y en el oráculo de Anfiarao, se simbolizan muchos dogmas secretos de Hermes, cuya explicación revelaría no pocos misterios de la naturaleza. Eliphas Levi indica la sorprendente analogía entre el rey Hiarkas y el

81 Julio César. – De Bello gallico, III, 14. 82 Plinio. – Historia Natural, XXX. 83 Munter. – Sobre la antigua religión del Norte de Europa antes de Odín. – Memorias de la Sociedad de Anticuarios de Francia, II, 230. 84 Amiano Marcelino, XXVI, 6.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I fabuloso Hiram, de quien recibió Salomón el cedro del Líbano y el oro de Ofir. Curioso fuera averiguar si los modernos masones, por mucha que sea su elocuencia y habilidad, saben quién es el Hiram cuya muerte juran vengar. Si prescindiendo de las enseñanzas puramente metafísicas de la cábala, atendiéramos tan sólo al ocultismo fisiológico, podríamos obtener resultados beneficiosos para algunas ramas de la moderna ciencia experimental, tales como la química y la medicina. A este propósito, dice Draper: “A menudo descubrimos ideas que orgullosamente diputábamos por privativas de nuestra época.” Esta observación a que dió pie el examen de los tratados científicos de los árabes, puede aplicarse con mucho mayor motivo a las obras esotéricas de los antiguos. La medicina moderna sabe de seguro más anatomía, fisiología y terapéutica, pero ha perdido el verdadero conocimiento por su encogido criterio, inflexible materialismo y dogmatismo sectario. Cada escuela médica desdeña saber lo que otras opinan y todas ellas desconocen el grandioso concepto que de la naturaleza y el hombre sugieren los fenómenos hipnóticos y los experimentos de los norteamericanos sobre el cerebro, cuyos resultados son la más acabada derrota del estúpido materialismo. Sería conveniente convocar a los médicos de las distintas escuelas para demostrarles que muchas veces se estrella su ciencia contra la rebeldía de enfermedades, vencidas después por saludadores hipnóticos o mediumnímios. Quienes estudien la antigua literatura médica, desde Hipócrates a Paracelso y Van Helmont, hallarán multitud de casos fisiológicos y psicológicos, perfectamente comprobados, con medicinas y tratamientos terapéuticos cuyo empleo desdeñan los médicos contemporáneos85. De la propia manera, los cirujanos del día confiesan su inferioridad respecto de la admirable destreza de los antiguos en el arte de vendar. Los más notables cirujanos parisienses han examinado el vendaje de las momias egipcias, sin verse capaces de imitar el modelo que ante sí tenían. En el museo Abbott, de Nueva York, hay numerosas pruebas de la habilidad de los antiguos en varias artes, entre ellas, la de blondas y encajes y postizos femeninos. El periódico de Nueva York, La Tribuna, en su crítica del Papiro de Ebers, dice: “… verdaderamente no hay nada nuevo bajo el sol… Los capítulos 65, 66, 79 y 89 demuestran que los regeneradores del cabello, los tintes y polvoreras eran ya necesarios hace 3.400 años”.

85 Los sabios modernos pueden compararse en muchos aspectos con aquel sagaz, erudito y cumplido caballero de quien dice Hipócrates: “Me encontré con él un día y me participó que había descubierto cierta planta hasta entonces desconocida, cuyas maravillosas propiedades curativas vencían toda enfermedad aguda o crónica por maligna que fuese. Deseoso yo de corresponder a su confianza, le rogué me acompañara al herbario donde conservaba tan prodigiosa planta y allí pude ver que era el ajo, vulgarísima en toda Grecia y una de las menos empleadas en terapéutica”. – Hipócrates. – De óptima prædicandi ratione item judicii operum magni. I.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I En su obra Conflictos entre la religión y la ciencia, reconoce el eminente filósofo Draper, que a los sabios antiguos corresponde legítimamente la paternidad de la mayoría de descubrimientos que los modernos se atribuyen, y al efecto cita unos cuantos hechos que admiraron a toda Grecia. Calístenes envió a Aristóteles una serie de observaciones astronómicas computadas por los babilonios, que se remontaban a mil novecientos tres años. Ptolomeo, rey de Egipto y notable astrónomo, tenía una tabla de eclipses, también computada en Babilonia, en la que se predecían los de más de siete siglos antes de la era cristiana. A este propósito, dice muy oportunamente Draper: “Pacientes y precisas observaciones se necesitaron para obtener estos resultados astronómicos, cuya valía han corroborado nuestros tiempos. Los babilonios computaron el año tropical con veintisiete segundos de error, y el sideral con dos minutos de exceso. Conocieron la precesión de los equinoccios y predijeron y calcularon los eclipses con auxilio de su cielo llamado saros, que constaba de 6.585 días, con un error de diez y nueve minutos y treinta segundos. Todos estos cálculos son prueba incontrovertible de la paciente habilidad de los astrónomos caldeos, pues con imperfectos instrumentos lograron tan precisos resultados. Habían catalogado las estrellas y dividido el zodíaco en doce signos, el día en doce horas y la noche en otras tantas. Durante mucho tiempo estudiaron las ocultaciones de las estrellas detrás de la luna, según frase de Aristóteles, conocieron la situación de los planetas respecto del sol, construyeron cuadrantes, clepsidras, astrolabios y horarios y rectificaron los erróneos conceptos que sobre la estructura del sistema solar predominaban por entonces. El mundo permanente de las verdades eternas que interpenetra el transitorio mundo de ilusiones y quimeras no ha de ser descubierto por las tradiciones de los hombres que vivieron en los albores de la civilización ni por los ensueños de los místicos que presumían de inspiración, sino que han de descubrirlo las investigaciones de la geometría y la práctica interrogación de la naturaleza.” Estamos del todo conformes con esta conclusión que no podía inferirse más acertadamente. Parte de la verdad nos dice Draper en el pasaje trascrito, pero no toda, porque desconoce la índole y extensión de los conocimientos que en los Misterios se enseñaban. Ningún pueblo tan profundamente versado en geometría como los constructores de las Pirámides y otros titánicos monumentos antediluvianos y postdiluvianos, y ninguno tampoco que tan prácticamente haya interrogado a la naturaleza. Prueba de ello nos da el significado de sus innumerables símbolos, cada uno de los cuales es plasmada idea que combina lo divino é invisible con lo terreno y visible, de suerte que de lo visible se infiere lo invisible por estricta analogía, según el aforismo hermético: “como lo de abajo es lo de arriba”. Los símbolos egipcios denotan profundos conocimientos en ciencias naturales y muy prácticos estudios de las fuerzas cósmicas. Respecto a la eficacia de las investigaciones geométricas, ya no han de contraerse los estudiantes de ocultismo a nuevas conjeturas, sino que pueden seguir la orientación

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