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Capítulo 16 de 51

Capítulo Ii — parte 3 de 5

Isis Sem o Véu

Dice el famoso platonista Enrique More al replicar a un escéptico de su época llamado Webster, que negaba los fenómenos psíquicos: “Respecto a la opinión sustentada por la mayor parte de los predicadores reformados, de que el demonio tomó la figura de Samuel al aparecerse a Saúl, no merece tenerla en cuenta. Sin embargo, yo creo que en muchas de estas apariciones nigrománticas intervienen espíritus burlones, pero de ningún modo se aparecen las almas de los difuntos. Respecto de la aparición del alma de Samuel, y lo mismo en otros casos de nigromancia, creo que pueden ser debidos a espíritus como los que Porfirio describe, los cuales asumen las más variadas formas y aspectos, de modo que unos aparecen en figura de demonios y otros en la de ángel o en la de algún difunto. Un espíritu de este linaje pudo muy bien personificar a Samuel, por más que Webster lo niegue con burdos y endebles argumentos”. Cuando tan insigne filósofo como Enrique More da semejante testimonio, bien vale decir que fundamos sólidamente nuestra opinión. Investigadores muy eruditos, pero también muy escépticos en lo referente a los espíritus en general y a los de los difuntos en particular, se han devanado los sesos durante los últimos veinte años para dar nombres nuevos a una idea antiquísima. Según Crookes, Sergeant y Cox, la causa de los fenómenos es la “fuerza psíquica”; Thury la llama psícoda o fuerza ecténica; Balfour Stuart, fuerza electro–biológica; Faraday, tan insigne físico como torpe psicólogo, “acción muscular inconsciente” y “cerebración inconsciente”, con otras denominaciones por el estilo; Hamilton, un pensamiento latente; Carpenter, “idea motora capital”. Tantos científicos, tantos nombres. Hace años, el filósofo alemán Schopenhauer afirmó la coexistencia de la materia y de la fuerza, diciendo que el universo es la voluntad manifestada en fuerzas cuyas modalidades corresponden a los diferentes grados de objetividad. Esta doctrina aceptó Vallace al convertirse al espiritualismo, y fué precisamente la expuesta por Platón al decir que “todas las cosas visibles proceden de la invisible y eterna voluntad que las modela, y que los cielos están plasmados en el eterno modelo del “mundo ideal” contenido en el dodecaedro o arquetipo geométrico de la Divinidad”130. Según Platón, la substancia primaria emanó de la mente demiúrgica (nous) donde desde la eternidad reside la idea del mundo que ha de ser y que es en cuanto la idea emana de la divina mente131. Las leyes de la naturaleza no son ni más ni menos que las relaciones entre la

129 Dícese de los comentadores é intérpretes de las obras de Platón, así como en España llamamos cervantista al versado en las obras de Cervantes. – N. Del T. 130 Timeo. 131 Movers. – Interpretaciones.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I idea demiúrgica y sus diversas formas de manifestación132 cuyo número cambia de continuo dentro del tiempo y del espacio. Sin embargo, distan mucho de ser estas enseñanzas originales de Platón, pues en los Oráculos caldeos se lee: “Las obras de la naturaleza coexisten con la intelectual (noe'rv) y espiritual luz del Padre. Porque el alma (yuch') adorna el inmenso cielo y lo embellece

según voluntad del Padre” . Por su parte dice Filón, a quien erróneamente se le supone discípulo de Platón: “El

mundo incorpóreo estaba ya entonces fundamentado en la mente divina” . La Teogonía de Mochus admite dos principios: el éter y el aire, de los que procede el Dios manifestado (nohtóç) el dios Ulom o universo material y visible135. En los Himnos Orficos, el Eros–Phanes nace del huevo espiritual fecundado por el viento etéreo, símbolo del “espíritu de Dios” que desde toda eternidad cobija la ideación divina136. En el Kathopanishada, el Espíritu divino (Purusha) es preexistente a la substancia primordial con la que se une para engendrar el Mahâ–Atmâ o Brâhmâ, es decir, el

Espíritu de vida , el Anima Mundi, equivalente a la Luz Astral de los teurgos y cabalistas. Pitágoras aprendió sus doctrinas en los santuarios de Oriente, encubriéndolas bajo simbolismos numéricos; pero su discípulo Platón las expuso en forma más inteligible, de modo que las comprendieran los no iniciados, aunque manteniendo todavía las fórmulas esotéricas. Así dice que el Pensamiento divino es el padre, la Materia la madre

y el Cosmos el hijo .

Según afirma Dunlap , en la religión egipcia había un Horus mayor, hermano de Osiris, y un Horus menor, hijo de Osiris y de Isis. El primero simbolizaba la idea del universo, contenida en la mente demiúrgica, la idea “surgida en la obscuridad antes de la creación del mundo”; y el segundo era la misma idea ya emanada del Logos, revestida

de materia y actualizada en existencia .

132 Para Schopenhauer las formas fundamentales son tres: tiempo, espacio y causalidad. 133 Cory. – Oráculos Caldeos, 243. 134 Filo Judeo. – De la Creación. 135 Movers. – Phoinizer, 282. 136 K. O. Müller, 236. 137 Weber. – Akd. Vorles, 213 y sig 138 Plutarco. – Isis y Osiris, I– VI. 139 Historia del espíritu del hombre, p.88. 140 Movers. – Phoinizer, 268.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Dicen los Oráculos Caldeos: “El Dios del mundo es eterno, ilimitado, joven y viejo y de forma sinuosa”141. La frase “forma sinuosa” es símbolo de la vibración de la luz Astral que los sacerdotes de la antigüedad conocían perfectamente, aunque no tuvieran del éter el mismo concepto que los modernos, pues por éter significaban la Idea eterna, compenetrada en el universo, es decir, la Voluntad que actualizada en energía organiza la materia. Dice Van Helmont: “La voluntad es la potencia capital y superior de todas. La voluntad del Creador puso en movimiento todas las cosas. La voluntad es atributo de todas las entidades espirituales y se desenvuelve con tanta mayor actividad cuanto más libre está de la materia”. Y Paracelso, por sobrenombre “el divino”, añade: “La fe ha de ser la corroboradora de la imaginación, pues por la fe se establece la voluntad… En todas las obras mágicas , es requisito indispensable la firmeza de voluntad… Las artes no tienen reglas fijas y ciertas, porque los hombres no saben imaginar ni creer en el resultado eficaz de lo que imaginan”. La negativa energía de la incredulidad y el escepticismo, aplicada en la misma dirección, pero en sentido contrario y con igual intensidad, es la única potencia capaz de resistir a la positiva energía del espiritualismo y de equilibrarla dinámicamente. No les ha de maravillar, por lo tanto, a los espiritistas que la presencia de escépticos empedernidos o de quienes asistan a las sesiones con preconcebida animosidad, sea impedimento para la manifestación fenoménica, pues si no hay en la tierra ningún poder consciente sin otro opuesto a su acción, ¿qué tiene de extraño que el poder inconsciente de un médium quede paralizado de pronto por otro poder opuesto y también inconscientemente ejercido? Tyndall y Faraday se engrieron de que no ocurriera fenómeno alguno mientras estuvieron presentes en las sesiones. Sin embargo, esto debiera haber demostrado a tan eminentes físicos la existencia de una fuerza merecedora de su atención, pues si las manifestaciones hubiesen sido fraudulentas en grado bastante para engañar a los concurrentes, no se librara del engaño ni el mismo Tyndall, a pesar de su valía científica, no acorde por cierto con su falta de maliciosa observación. Nadie ha superado en obras milagrosas a Jesús, y sin embargo, la corriente de su voluntad tropezó a veces con el escepticismo de las gentes, según corrobora aquel pasaje que dice: “Y no obró allí prodigios a causa de la incredulidad de las gentes”. En la filosofía de Schopenhauer se vislumbran estos mismos conceptos, y no harían mal los modernos investigadores si la estudiaran, pues en ella encontrarían singulares hipótesis basadas en ideas antiguas, aparte de especulaciones acerca de los nuevos fenómenos psíquicos que les ahorraran el trabajo de pergeñar otras. Las fuerzas psíquica, ecténica y electro–biológica, el pensamiento latente, la cerebración

141 Cory. – Fragmentos, 240.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I inconsciente y todas las hipótesis forjadas por los modernos investigadores, pueden resumirse en dos palabras: la luz astral de los cabalistas. Los valientes conceptos de Schopenhauer difieren completamente de los de la mayoría de experimentadores. Dice el ilustre filósofo: “En realidad no cabe distinguir entre materia y espíritu. La gravitación de una piedra es tan inexplicable como el pensamiento en el cerebro humano. Si no sabemos por qué cae al suelo un objeto material, tampoco sabremos si este objeto es o no capaz de pensar… Aun en las mismas ciencias físicas, tan pronto como pasamos de lo experimental a lo especulativo, de lo físico a lo metafísico, nos atajan el paso las enigmáticas fuerzas de cohesión, afinidad, gravitación, etc., cuyo misterio es para nuestros sentidos tan profundo como la voluntad y el pensamiento humanos. Entonces nos vemos frente a frente de las inescrutables fuerzas de la naturaleza. ¿Dónde esta, pues, esa materia que presumís de conocer tan bien y con la que os creéis familiarizados hasta el punto de deducir de ella todas vuestras teorías y de atribuirle cuanto os parece? Nuestra razón y nuestros sentidos sólo son capaces de conocer lo superficial, pero jamás penetrarán en la íntima substancia de las cosas. Tal era la opinión de Kant. Si admitís algo espiritual en el hombre, forzosamente habéis de admitirlo también en la piedra. Si vuestra muerta y pasiva materia tiene la propiedad de gravitar, atraer, repeler y fulgurar, no es razón negarle la de pensar como piensa el cerebro. En suma: cada partícula del llamado espíritu puede substituirse equivalentemente por otra de materia, y cada partícula de materia, por otra de espíritu… Así resulta que la cartesiana división de las cosas en materia y espíritu es filosóficamente inexacta, y conviene diferenciarlas en voluntad y manifestación, con la ventaja de espiritualizar todas las cosas, pues lo real y objetivo, los cuerpos y la materia de la división cartesiana, los consideramos como manifestación dimanante de la voluntad”142. Estas opiniones corroboran lo que ya dijimos acerca de las diversas denominaciones dadas a una misma cosa, como si los adversarios disputaran sobre palabras. Llámese fuerza, energía, electricidad, magnetismo, voluntad o potencia espiritual a la causa del fenómeno, siempre será la parcial manifestación del alma, encarnada o desencarnada, de una partícula de la inteligente, omnipotente é individual Voluntad que llena la naturaleza toda y a que, por insuficiencia de lenguaje humano para expresar los conceptos psicológicos, llamamos Dios. Las ideas que sobre este punto exponen algunos filósofos modernos son erróneas en muchos aspectos, desde el punto de vista cabalístico. Hartmann califica sus propias opiniones de prejuicio instintivo y afirma que la experimentación no ha de tener por objeto la materia propiamente dicha, sino las fuerzas que en ella actúan, de lo cual infiere que la llamada materia es tan sólo agregación de fuerzas atómicas, pues de lo contrario sería la materia una palabra sin sentido científico. Mas a pesar de su sincera

142 Parerga, II, 111 y 112

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I confesión, de que nada saben con seguridad acerca de ella143, los experimentadores físicos, fisiólogos y químicos divinizan la materia. Todo fenómeno con cuya explicación no aciertan, sirve de incienso en el altar de la diosa predilecta de la ciencia. Nadie trata tan magistralmente este asunto como Schopenhauer en su Parerga. Estudia detenidamente el magnetismo animal, la terapéutica simpática, la profecía, la magia, las agüeros, las apariciones espectrales y otros fenómenos psíquicos, respecto de lo cual dice: “Todas estas manifestaciones son ramas del mismo árbol y prueban irrefutablemente la existencia de una categoría de seres pertenecientes a un orden de la naturaleza muy distinto del que se basa en las leyes del espacio, del tiempo y de la adaptación. Este otro orden es mucho más profundo porque es el originario y directo, y de nada valen las comunes leyes de la naturaleza que tan sólo atañen a la forma. Por lo tanto, bajo el régimen de este orden superior, ni el tiempo, ni el espacio pueden separar a las entidades individuales, y la separación determinada por las formas corpóreas no son barreras infranqueables para el intercambio de pensamientos y la inmediata acción de la voluntad. De este modo pueden ocurrir cambios por procedimientos completamente diferentes de la causalidad física, es decir, mediante la voluntad manifestada en acción, externamente al individuo. Así resulta que el carácter peculiar de las antedichas manifestaciones es la visión y acción a distancia, tanto respecto del tiempo como del espacio. Esta acción a distancia es precisamente la característica fundamental de la llamada magia, porque es la acción inmediata de nuestra voluntad, una acción independiente de las condiciones causales de la acción física, es decir, del contacto material. “Además, estas manifestaciones contradicen lógica y esencialmente el materialismo, y aún el naturalismo, porque de ellas se infiere que el orden de cosas consideradas por estas dos últimas escuelas como absolutas y exclusivamente legítimas, resultan, por el contrario, superficiales y fenoménicas, en cuyo fondo hay algo aparte y del todo independiente de sus propias leyes. Por lo tanto, estas manifestaciones psíquicas son las más importantes de cuantas se han ofrecido al estudio de observación, por lo menos desde el punto de vista puramente filosófico, y todo científico está obligado, a conocerlas”144. La comparación entre los filosóficos conceptos de Schopenhauer y las superficiales generalidades de algunos académicos franceses, nos servirá tan sólo para acreditar la valía intelectual de ambas escuelas. Ya hemos visto que la alemana trata profundamente las cuestiones filosóficas y ahora podemos cotejarla con lo mejor de cuanto el astrónomo Babinet y el químico Boussingault nos dicen de los fenómenos psíquicos. En el curso de 1854 a 1855, presentaron estos dos distinguidos intelectuales a la Academia de Ciencias de París, una memoria en la que corroboraban y al mismo

143 Huxley. – Fundamentos físicos de la vida. 144 Schopenhauer. – Parerga. – La Voluntad en la Naturaleza.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I tiempo aclaraban la demasiado compleja hipótesis con que el doctor Chevreuil explicaba el fenómeno de las mesas rotatorias, investigado por la comisión científica de que formaba parte. Dice así: “Respecto a los supuestos movimientos y oscilaciones de ciertas mesas no puede atribuírseles otra causa que las invisibles é involuntarias vibraciones del sistema muscular del experimentador, de modo que la continuada contracción de los músculos acaba por establecer una serie de vibraciones que determinan un temblor visible cuyo efecto es la rotación de la mesa, con energía bastante para acelerar el movimiento y para transmutarlo en resistencia cuando se le quiere detener. De aquí que no ofrezca dificultad alguna la clara explicación física del fenómeno”145. Ciertamente que esta hipótesis resulta tan clara como una nebulosa de las observadas por el astrónomo Babinet en noche de niebla. Pero, no obstante su claridad, le falta la importantísima condición del sentido común. No sabemos si Babinet acepta o no como último recurso la afirmación de Hartmann respecto a que “los visibles electos de la materia son efectos de la fuerza”, y que para tener claro concepto de la materia debemos tenerlo previamente de la fuerza. La escuela a que pertenece Harmann, cuyos principios aceptan en parte los sabios alemanes, enseña que el problema de la materia sólo puede resolverlo aquella fuerza a cuyo conocimiento llama Schopenhauer “ciencia mágica” o “acción de la voluntad”. Por lo tanto, es preciso saber ante todo si las “vibraciones involuntarias del sistema muscular del experimentador” que al fin y al cabo son “efectos de la materia” están determinadas por una voluntad externa al experimentador o propia de él. Si lo primero, sería un epiléptico inconsciente, según Babinet; si lo segundo, atribuye las respuestas inteligentes dé la mesa parlante a un “ventriloquismo inconsciente”. Sabemos que, según la escuela alemana, toda acción de la voluntad se manifiesta en fuerza, y las manifestaciones de las fuerzas atómicas son acciones individuales de la voluntad, que dan por resultado la espontánea precipitación de los átomos en imágenes concretas, ya forjadas subjetivamente por la voluntad. De acuerdo con su maestro Leucipo, enseñaba Demócrito que los átomos en el vacío fueron el principio de todas las cosas existentes en el universo, entendiendo por vacío, en sentido cabalístico, la Divinidad latente cuya primera manifestación es la voluntad que comunica el primer impulso a los átomos que, al cohesionarse, constituyen la materia. Sin embargo, el nombre de vacío es menos apropiado que su sinónimo caos, porque, según los peripatéticos, “la naturaleza tiene horror al vacío”. Las alegorías, aparte de otros elementos de juicio, demuestran que, mucho antes de Demócrito, estaban ya familiarizados los antiguos con la idea de la indestructibilidad de la materia. Movers define el concepto fenicio de la ideal luz solar, diciendo que era la espiritual influencia emanada del supremo Dios, Iao, la luz tan sólo concebible por la mente, el principio así físico como espiritual de todas las cosas del cual emana el alma.

145 Revista de Ambos Mundos, 15 de Enero de 1885, p.108.

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