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Capítulo 26 de 51

Capítulo Iv — parte 4 de 4

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I No es la primera vez en la historia que el mundo invisible ha tenido que luchar contra el materialista escepticismo de la ceguera espiritual de los saduceos. Platón deplora en sus obras y alude más de una vez a la incredulidad de ciertas gentes. Desde Kapila, el filósofo indo que muchos siglos antes de J.C. dudaba ya de que los yoguis en éxtasis pudiesen ver a Dios cara a cara y conversar con las más elevadas entidades, hasta los volterianos del siglo XVIII que se burlaban de lo más sagrado, en toda época hubo Tomases incrédulos. Pero ¿han conseguido atajar los pasos de la verdad? Tanto como los ignorantes é hipócritas jueces de Galileo lograron detener el movimiento de la tierra. No hay teoría capaz de influir decisivamente en la estabilidad é instabilidad de una creencia heredada de las razas primitivas que, si tenemos en cuenta el paralelismo entre las evoluciones espiritual y física del hombre, recibieron la verdad de labios de sus antepasados, los dioses de sus padres que “estaban al otro lado de las aguas”. Algún día se demostrará la identidad de los relatos bíblicos con las leyendas indas y la cosmogonía de distintos países, para ver cómo las fábulas de las edades míticas son alegorías de los fundamentales principios geológicos y antropológicos. A esas fábulas de tan ridícula expresión habrá de recurrir la ciencia para encontrar los “eslabones perdidos”. Por otra parte, ¿qué denotan las raras coincidencias observadas en la historia respectiva de pueblos tan distantes? ¿De dónde proviene la identidad de los conceptos primitivos que se advierten en las llamadas fábulas y leyendas, donde se encierra el meollo de los sucesos históricos, de una verdad profundamente encubierta bajo la capa de poéticas ficciones populares, pero que no deja de ser verdad? Comparemos, por ejemplo, el Génesis con los Vedas en los pasajes siguientes: Y habiendo comenzado los hombres a multiplicarse sobre la tierra y engendrado hijas, viendo los hijos de Dios las hijas de los hombres que eran hermosas, tomáronse mujeres, las que escogieron entre todas… Y había gigantes sobre la tierra en aquellos días 237… “El primer brahmán se queja de estar solo y sin mujer entre sus hermanos. A pesar de que el Eterno le aconseja que dedique sus días al estudio de la ciencia sagrada, el primer nacido insiste en la queja. Enojado por tamaña ingratitud, el Eterno da al brahmán una mujer de la estirpe de los daityas o gigantes, de quien todos los brahmanes descienden por generación materna”. Así es que la casta sacerdotal desciende por una línea de las entidades superiores, los hijos de Dios, y por otra, de Daintany, la hija de los gigantes de la tierra, los hombres

primitivos . “Y ellas les dieron hijos a ellos y llegaron a ser hombres poderosos del

tiempo viejo; varones de nombradía” .

237 Génesis , VI, 1–2–4. 238 Polier . – Mitología inda. 239 Génesis, VI, 4.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I La misma alegoría encierra el pasaje análogo de la cosmogonía del Edda escandinavo. Har, compañero de Jafuhar y Tredi, describe a Gangler la formación del primer hombre llamado Bur, padre de Bör, quien tomó por mujer a Besla, hija del gigante Bölthara, de

la estirpe de los primitivos gigantes . El mismo fundamento tienen las fábulas griegas de los titanes y la leyenda mexicana de las cuatro estirpes sucesivas del Popol–Vuh. Esta alegoría de los gigantes es uno de los cabos de la enredada y al parecer inextricable madeja de la psicología del género humano, pues de otro modo no cupiera explicar la creencia en lo sobrenatural, ya que decir que ha brotado, crecido y desarrollado a través de las edades sin base de sustentación, cual frívola fantasía, fuera equiparable al absurdo teológico de que Dios creó el mundo de la nada. Es demasiado tarde para negar la evidencia que se manifiesta con luz meridiana. Los periódicos, así religiosos como seglares, protestan ya unánimemente contra el dogmatismo y los estrechos prejuicios de la erudición apócrifa. El Christian World une su voz a la de sus escépticos colegas y dice: “Aun cuando pudiera demostrarse que todos los médiums son impostores, todavía censuraríamos la propensión de algunas autoridades científicas a mofarse y estorbar las investigaciones de índole semejante a las expuestas por Barrett ante la Asociación Británica. Si los espiritistas han caído en muchos absurdos, no por ello deben diputarse por indignos de examen sus fenómenos. Sean hipnóticos, clarividentes o como quiera, que digan los científicos qué son en vez de tratarnos como a muchachos preguntones a quienes se les da la

cómoda pero poco satisfactoria respuesta: “los niños no preguntan nada” . Parece que en nuestra época no le cuadra a ningún científico aquel verso de Milton: “¡Oh, tú que por atestiguar la verdad sufriste universal vituperio!” La decadencia presente trae a la memoria las palabras de aquél físico que después de escuchar la historia del tambor de Tedworth y de Ana Walker, exclamó: “Si eso es cierto, estuve

hasta ahora engañado y he de abrirme cuenta nueva” . Pero en nuestro siglo, a pesar de la valía reconocida por Huxley al testimonio humano, hasta el mismo Enrique More se ha convertido en entusiasta visionario,

cualidades que fuera desvarío ver reunidas en una persona .

240 El pasaje íntegro se encuentra en la obra de Mallet: Antigüedades del Norte, edición de Bohn, 401–405. 241 En la Revista Trimestral de 1859 publica Graham un singular informe acerca de algunas ciudades de Oriente, hoy despobladas, cuyas puertas tienen piedras enormes en frecuente desproporción con la fábrica arquitectónica, como si llevaran la huella de una antiquísima raza de gigantes. 242 Dr. More. – Carta a Glanvil, el autor de Saducismus Triumphatus. 243 J. S. Y. – Demonologia o Ciencia natural ravelada, 219. – 1827.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I No han faltado hechos, pues los hay en abundancia, para que la psicología pudiera dar a comprender sus misteriosas leyes y aplicarlas a los casos ordinarios y extraordinarios de la vida. Hubiera sido necesario que idóneos observadores científicos los ordenaran analíticamente. Desgracia fué para las gentes, y baldón para la ciencia que el error prevaleciese y la superstición anduviera desenfrenada entre los pueblos cristianos durante tantos siglos. Las generaciones se suceden unas a otras con su tributo de mártires de la conciencia y del denuedo moral, de modo que ya se comprende la psicología algo mejor que cuando el férreo guante del Vaticano sentenciaba inicuamente a los desgraciados héroes cuya memoria infamaba con el estigma de nigrománticos y herejes.

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