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Capítulo 21 de 51

Capítulo Iii — parte 3 de 4

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Desgraciadamente muchos experimentadores sólo escogen los hechos más a propósito para cohonestar sus prejuicios. La psicología no tiene peores enemigos que los médicos de la escuela alopática. No es preciso recordar que, entre las ciencias de experimentación, es la medicina la menos merecedora de este calificativo, pues prescinde del estudio de la psicología, que debiera ocupar gran parte de su atención para que el ejercicio de la medicina no degenere en tanteador empirismo de dudoso éxito. Todo cuanto discrepa de las doctrinas establecidas, se repudia por herético, y aunque un nuevo sistema terapéutico haya salvado miles de vidas, se aferran a las prescripciones tradicionales para condenar al innovador y la innovación, hasta que les place darle sello oficial. Entretanto, pueden morir miles de enfermos, con tal de que el honor profesional quede a salvo. Teóricamente parece la medicina la ciencia más benéfica, pero ninguna otra ha dado tantas muestras de materialismo y obstinada preocupación. Pocas veces han patrocinado los médicos famosos un descubrimiento útil. La sangría, las ventosas y la lanceta tuvieron su época de popularidad, hasta caer en desuso. A los calenturientos se les deja beber hoy el agua que antes se les negara, los baños fríos han suplantado a los calientes, y durante algún tiempo fué la hidroterapia una verdadera manía. La corteza de quina que Warring, el defensor de la autoridad de la Biblia, identifica con el paradisíaco “árbol de la vida”, fué importada en España el año 1632 y estuvo en olvido durante mucho tiempo. La Iglesia demostró, por una vez al menos, más penetración que la ciencia, pues a instancias del cardenal de Lugo, patrocinó Inocencio X el nuevo medicamento. El autor de una obra antigua titulada: Demonología, cita muchas medicinas que volvieron a emplearse después de largos años de olvido, de suerte que la mayor parte de los descubrimientos terapéuticos vienen a ser sencillamente la rehabilitación de antiguos remedios. En el siglo XVIII, una curandera llamada Nouffleur encomiaba las virtudes que para la expulsión de la tenia posee la raíz del helecho macho, y vendió el secreto a Luis XV por una cuantiosa suma; pero los médicos averiguaron que ya lo había empleado Galeno en el tratamiento de la misma enfermedad. Los famosos polvos del duque de Portland, contra la gota, eran el diacentaureón de Celio Aureliano, y luego se vió que ya lo mencionaron los primitivos médicos en sus obras, tomándolo de los autores griegos. Lo mismo sucede con el agua medicinal de Husson, famoso remedio de la gota, que, no obstante su nuevo disfraz, es el Colchicum autumnale, o villorita, muy semejante a una planta llamada Hermodactylus, cuyas propiedades antigotosas ponderaron Oribario, famoso médico del siglo IV y Etio Amideno, que floreció en el siglo V. Después cayó en desuso tan sólo porque era medicamento demasiado antiguo para tenido en cuenta por los médicos del siglo XVIII. El sabio fisiólogo Magendie no descubrió nada que ya no conocieran los médicos de la antigüedad. Su específico contra la tisis, en que entraba como ingrediente el ácido

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prúsico, está descrito en las obras de Lumeo , donde afirma que la infusión de laurel se empleaba con excelentes resultados en el tratamiento de tan terrible enfermedad. Plinio asegura que el extracto de almendras y huesos de cereza curaba las toses más pertinaces. Concluye diciendo el autor de Demonología, que puede afirmarse con toda seguridad, que las diversas preparaciones secretas a base de opio, tenidas por descubrimientos de la moderna farmacopea, están descritas en las obras de los autores antiguos, tan desdeñados en nuestros días. Nadie niega ya que, desde tiempo inmemorial, estuvo concentrada en el lejano Oriente la sabiduría humana, hasta el punto de que ni en Egipto se cultivaban las ciencias naturales tan asiduamente como en el Asia central. El mismo Sprengel, no obstante su cautelosa prevención contra todo indicio, lo reconoce así en su Historia de la Medicina, y cuando discute los puntos relacionados con la magia, deja a salvo la de la India por menos conocida que la de cualquier otro país de la antigüedad, pues entre los indios era más esotérica, si cabe, que entre los egipcios, y por tan sagrada se la tenía que el vulgo apenas sospechaba su existencia y sólo se ejercía públicamente en las graves crisis nacionales o en circunstancias de temerosa trascendencia. Era la magia una ciencia divina que más intensamente resplandecía en los ascetas gimnósofos, cuya austeridad de vida, pureza de costumbres y desprendimiento de las cosas mundanas aventajaba a la de los más ejemplares hierofantes egipcios y eran tenidos en mayor veneración que los magos caldeos. Vivían solitarios182 en yermo, mientras que los sacerdotes egipcios formaban comunidades y, no obstante las preocupaciones históricas contra magos y adivinos, poseían valiosos secretos médicos y sobresalían insuperablemente en el arte de curar, según se infiere de los numerosos tratados que todavía se conservan en los monasterios de la India. No nos detendremos a dilucidar si los gimnósofos fueron los primeros magos de la India o si recibieron este conocimiento en herencia de los rishis183, porque los científicos experimentales lo tendrían por estéril especulación. Un autor moderno dice al hablar de los gimnósofos: “Les honra sobremanera el celo con que educaban a los jóvenes en la virtud, despertando en sus corazones generosos, sentimientos; y sus máximas y pláticas, transmitidas por los historiadores, demuestran lo muy versado que estaban en filosofía, astronomía, religión y moral. Mantuviéronse dignamente independientes de la soberanía temporal de los príncipes más poderosos, cuyo favor jamás solicitaban ni tampoco iban a lisonjearles con visitas de adulación, y

181 Amenitates Academica, IV. 182 Amiano Marcelino, XXIII, 6. 183 Los rishis eran siete y florecieron en el período prevédico. Tenían fama de sabios y se les reverenciaba como a semidioses. Demuestra Hang que los rishis ocupan en la religión induista el mismo lugar de los doce hijos de Jacob en la religión judaica. Los brahmanes se consideran descendientes directos de los rishis.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I cuando el príncipe necesitaba de sus oraciones o de consejos, no tenía más remedio que ir en persona a consultarles o enviar mensajeros en su busca. Conocían las propiedades útiles de minerales y plantas, pues estaban familiarizados con los secretos de la naturaleza, y tanto la fisiología como la psicología eran para ellos libros abiertos en que libaban la ciencia mágica llamada entonces machagiotia. Es muy extraño que los cristianos estén obligados a creer como artículo de fe los milagros bíblicos, y no sólo no crean, sino que se mofen de los prodigios relatados en el Atharva Veda y los atribuyan al demonio. Sin embargo, contra la malévola opinión de algunos sanscritistas, podemos demostrar, bajo varios aspectos, la identidad esencial entre ambas taumaturgias, con la particularidad de que no pueden haber plagiado los Vedas a la Biblia, puesto que las escrituras hebreas son muy posteriores a las indas. Primeramente, la cosmogonía induista desvanece el error, durante tanto tiempo sustentado por los occidentales, de que Brahmâ era la divinidad suprema de los indos, cuando tan sólo es un aspecto inferior, análogo al Jehovah hebreo, “el espíritu semoviente sobre las aguas”, el dios creador, el demiurgos, el arquitecto del mundo, cuya imagen simbólica tiene cuatro rostros correspondientes a los cuatro puntos cardinales. A este propósito dice Polier: “En el principio, el embrionario universo reposaba sumergido en las aguas, en el seno del Eterno. De las caóticas tinieblas surgió Brahmâ, el arquitecto del universo, y sobre

una hoja de loto flotaba entre las aguas y las tinieblas” . Idéntico es el relato de la cosmogonía egipcia, en que Athtor, la Madre Noche, símbolo de las tinieblas, cubría en un principio la inmensidad del abismo de las aguas sobre que flotaba el espíritu del Eterno. También las Escrituras hebreas hablan del

espíritu de Dios, y de su emanación creadora simbolizada en otra divinidad . Pero continuemos el relato de la cosmogonía inda: “Al ver el caótico estado de las cosas, se pregunta Brahmâ a sí mismo lleno de consternación: ¿Quién soy? ¿De dónde

vengo? Entonces oye una voz que le dice: “Eleva tus plegarias a Bhagavad” . Brahmâ se sentó en la hoja de loto en actitud contemplativa, con la mente enfocada en el Eterno, quien, complacido de aquella muestra de piedad, disipa las tinieblas y descorre el velo de su mente. Al punto surge el radiante Brahmâ del huevo del universo, y henchido del divino espíritu que le ha despertado la mente, empieza a actuar y se mueve sobre las aguas. Es Narayana.”

184 Mitología inda. 185 No aludimos a la vulgar interpretación de la Biblia sinó a la verdadera Biblia judía de los kabalistas.

El señor Eterno o Parâbrahm.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I El loto, la flor sagrada de indos y egipcios, simboliza a Brahmâ entre los primeros y a Horus entre los segundos. Todos los templos del Tíbet y del Nepal ostentan la flor de loto, cuyo sugestivo significado es idéntico al del lirio que el arcángel Gabriel ofrece a María en las representaciones pictóricas de la Anunciación187. Para los indos es el loto emblema de la potencia creadora de la naturaleza, por la compenetración del fuego (espíritu) con el agua (materia). Un versículo del Bhagavad Gîtâ, dice: “¡Oh Eterno! Entronizado en ti veo al creador Brahmâ sobre el loto”. Según Jones, la simiente del loto contiene ya antes de germinar el embrión de las futuras hojas; y como dice Gross188, la naturaleza nos da en el loto un ejemplo de la anteformación de sus productos, pues la simiente de todas las plantas fanerógamas contiene la futura planta con su propia configuración. Lo mismo significa el loto para los budistas. El Bodhisat (Espíritu del Buddha) se aparece con el loto en la mano junto al lecho de Mahâmayâ o Mahâdeva, la madre de Gautama Buddha, y le anuncia el nacimiento de su hijo. De la propia suerte, la flor de loto estaba invariablemente unida en Egipto a todas las representaciones de Osiris y Horus. Todo esto demuestra el común parentesco del símbolo en las religiones induista, egipcia y judía, pues en todas ellas la flor de loto o lirio de agua simboliza el tránsito de lo subjetivo a lo objetivo, del pensamiento abstracto de la Divinidad desconocida a las formas concretas y visibles de la creación. Disipadas las tinieblas, surgió la luz y Brahmâ vió en el mundo ideal, hasta entonces sumido en la mente divina, los arquetipos de las cosas que habían de tomar forma visible en la manifestación del universo. Porque, como arquitecto del universo, ha de dar existencia objetiva a los tipos ideales ocultos en el seno del Eterno, del mismo modo que en la simiente del loto se ocultan las futuras hojas de la planta. A esto se refiere el versículo del Génesis que dice: “Produzca la tierra árbol de fruto que dé fruto, según su especie, y cuya semilla esté en él”. En todas las religiones antiguas el “Hijo del Padre” es el Dios creador, es decir, su manifiesto y visible pensamiento. Antes de la era cristiana, desde la Trimurti inda hasta la triada de las Escrituras hebreas, según la interpretación cabalística, todas las naciones velaron simbólicamente la trina naturaleza de su Divinidad suprema. En la religión cristiana, el misterio de la Trinidad no es ni más ni menos que el artificioso injerto de una rama nueva en tronco viejo, y el mismo significado simbólico que el loto tiene el lirio de la Anunciación en las iglesias latina y griega. Por otra parte, como el loto se cría en el agua al calor del sol, los antiguos lo consideraron hijo del fuego y del agua; de aquí que simbolice también la dualidad de espíritu y materia. Brahmâ, Jehovah, Adam–Kadmon y Osiris o más bien Pymander, representan la segunda persona de la Trinidad. Por esta razón es Pymander, en la

187 Jones. – Disertaciones sobre Asia. 188 La Religión pagana, 195.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I teogonía egipcia, el progenitor de todos los dioses solares. El Eterno es el espíritu ígneo que educe, plasma y desenvuelve todo cuanto al calor de Brahmâ nace en las aguas, de suerte que Brahmâ es el universo y el universo es Brahmâ. Tal es la filosofía de Spinoza aprendida de Pitágoras y también la de Giordano Bruno que, por sostenerla, murió en la hoguera. Para demostrar los extravíos de la teología cristiana, baste advertir que Giordano Bruno murió a manos del fanatismo intolerante por la explicación del mismo símbolo que expusieron los apóstoles y aceptaron los primitivos cristianos. El lirio del Bodhisat y de Gabriel, que simboliza el agua y el fuego o el concepto de la creación, se pone de manifiesto en el primitivo sacramento del bautismo. Las doctrinas de Bruno y Spinoza son virtualmente idénticas, aunque éste las exponga de un modo más cauto y velado que el autor de Causa Principio et Uno o sea Infinito Universo e Mondi. Pero tanto Bruno, que declara haberse inspirado en Pitágoras, como Spinoza, que sin declararlo lo deja traslucir, tienen el mismo concepto de la Causa primera. Según elles, Dios es entidad per se, el infinito Espíritu, el único Ser independiente de toda otra causa y efecto, que por su voluntad produjo todas las cosas y estableció las leyes del universo cuya ordenada existencia mantiene perpetuamente. De acuerdo con los swâbhâvikas indos, erróneamente tildados de ateos, quienes dicen que todas las cosas y todos los seres, hombres dioses y espíritus

proceden del Swabhâva o su propia naturaleza , Spinoza y Bruno afirman que es preciso buscar a Dios en la naturaleza y no fuera de ella. Porque siendo la creación proporcional al poder del creador, el universo ha de ser tan infinito y eterno como el creador, y cada forma engendra de su propia esencia otra forma. Los críticos modernos afirman que Giordano Bruno prefirió dar la vida a ceder en sus convicciones, porque no le sostenía la esperanza en otro mundo mejor, de lo que parece inferirse que Giordano Bruno no creía en la inmortalidad del alma, y así lo asegura Draper al decir con referencia a la multitud de víctimas de la intolerancia clerical: “El tránsito de esta vida a la otra, aun en circunstancias aflictivas, era entonces el paso de temporánea pena a eterna felicidad… El mártir cree que una mano invisible le conduce a través del tenebroso valle… Bruno no cree en semejante auxilio. Las opiniones filosóficas porque sacrificó su vida no podían prestarle consuelo alguno”190. Sin embargo, Draper demuestra conocer muy superficialmente la doctrina de Bruno, dejando de lado a Spinoza cuya cautelosa exposición de ideas las encubre a quien no sepa descifrar la metafísica pitagórica. Pero desde el momento en que Bruno declaraba explícitamente su conformidad con las doctrinas pitagóricas, por fuerza había de creer en la inmortalidad del alma y no verse privado de la consoladora esperanza de mejor vida.

189 Brahmâ no creó la tierra, como tampoco el resto del universo, sino que surge del alma del mundo luego de emanar de la Causa primera y emana de sí a su vez la naturaleza toda. No queda independiente, sino entremezclado con ella, de modo que Brahmâ y el universo forman un solo ser y cada partícula del universo es en esencia el propio Brahmâ, quien procede de sí mismo. Burnouf. – Introducción, II8. 190 Conflictos entre la Religión y la Ciencia, I80.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Su proceso, referido por Berti en la Vida de Bruno, en vista de documentos originales recientemente publicados, no deja duda respecto de las verdaderas doctrinas del ilustre filósofo. De conformidad con los neoplatónicos y los cabalistas, sostenía que Jesús era mago, en el sentido que Porfirio, Cicerón y Filo Judeo dan a la palabra magia, o sea de sabiduría divina, capaz de investigar los secretos de la naturaleza. Según Filo Judeo, los magos son hombres de santidad que, apartados de las cosas de este mundo, contemplan las virtudes divinas, comprenden claramente la naturaleza de los dioses y los espíritus é inician a otros hombres en los misterios cuyo conocimiento les permite relacionarse continuamente en vida con los seres invisibles. Pero mejor se inferirán las ideas de Giordano Bruno de la acusación entablada contra él por Mocenigo, que dice así: “Yo, Zuanio Mocenigo, hijo del muy ilustre señor Marco Antonio, pongo en vuestro conocimiento, reverendísimos padres, por impulso de mi conciencia y mandato de mi confesor, que oí decir muchas veces a Giordano, conversando con él en mi casa, que era blasfemia afirmar la transubstanciación del pan en carne; que no le satisfacía ninguna religión; que era contrario a la misa; que Cristo era un pobre hombre cuyas perversas obras para seducir a las gentes justificaban su crucifixión; que en Dios no puede haber distinción de personas, so pena de tenerle por imperfecto; que el mundo es eterno y que hay infinitos mundos que Dios crea continuamente, porque puede hacer cuanto quiere; que Cristo hizo milagros tan sólo aparentes, pues era mago como lo fueron los apóstoles, y que él, es decir, Bruno, tiene poder sobrado para hacer más de cuanto ellos hicieron; que Cristo repugnaba la muerte é hizo cuanto pudo para evitarla; que no hay castigo para los pecados, y que las almas creadas por obra de la naturaleza pasan de un animal a otro; y que así como los brutos animales han nacido de la corrupción, así también los hombres han de nacer otra vez después

de morir . “Ha expresado Bruno su deseo de propagar una secta con el título de Nueva Filosofía. Dice que la Virgen no pudo haber parido sin dejar de serlo y que la fe católica está llena de blasfemias contra la majestad de Dios; que los frailes han de ser despojados de sus bienes y del derecho de controversia, porque corrompen el mundo y son unos borricos en todas sus opiniones; que los católicos no tenemos prueba alguna de que nuestra fe sea meritoria a los ojos de Dios; que el no querer para los demás lo que no queremos para nosotros es suficiente a la buena conducta, y que se ríe de los demás pecados y se admira de que Dios consienta tantas herejías en los católicos. Dice que quiere dedicarse al arte de la adivinación y lograr que todo el mundo le siga; que Santo Tomás y todos los doctores de la Iglesia, nada saben comparados con él, pues podría preguntar a los más insignes teólogos del mundo cosas a que ninguno fuera capaz de responder”.

191 No obstante la insidia de esta acusación, se revela en este párrafo la creencia de Giordano Bruno en la metempsícosis pitagórica que, bajo la grosera forma de expresión, encubre la idea de la supervivencia del alma.

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