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Capítulo 12 de 51

El Velo De Isis — parte 5 de 6

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Dice Plutarco en el Teseo, que los geógrafos antiguos llenaban las márgenes de sus mapas con el trazado de comarcas desconocidas cuyos epígrafes advertían que más allá sólo había arenales poblados de fieras y quebrados por ciénagas infranqueables. Poco menos hacen los modernos científicos y teólogos, pues mientras éstos pueblan el mundo invisible de ángeles y demonios, aquéllos afirman sentenciosamente que nada hay más allá de la materia. Sin embargo, muchos de nuestros empedernidos escépticos pertenecen a las logias masónicas. Todavía existen, aunque sólo de nombre, los rosacruces que tanto sobresalieron en las artes curativas durante la Edad Media. Podrán derramar lágrimas sobre la tumba de su respetable maestro Hiram Abiff, pero en vano buscarán el sitio donde estuvo la rama de acacia. Sólo queda la letra muerta; el espíritu se desvaneció. Parecen coristas ingleses o alemanes que en el cuarto acto de Hernani bajan a la cripta de Carlomagno para entonar el coro de la conspiración en lengua extraña. Así los modernos caballeros del sagrado Arco, aunque bajen todas las noches “por los nueve arcos a las entrañas de la tierra”, jamás descubrirán el sagrado Delta de Enoch. Los caballeros del Valle del Norte y del Valle del Sur, tal vez se figuren que la iluminación despunta en su mente y que según adelanten en la masonería irá rasgándose el velo de la superstición, la tiranía y el despotismo; pero todo esto serán vanas palabras mientras renieguen de su madre la magia y desconozcan a su hermano gemelo el espiritismo. En verdad que podéis dejar vuestros sitiales, ¡oh Caballeros de Oriente!, y sentaros en el suelo con la cabeza entre las manos en apostura triste, porque valor os sobra para deplorar vuestra suerte. Desde que Felipe el Hermoso de Francia abolió la orden de los Templarios, nadie ha venido a resolver vuestras dudas, no obstante tantas pretensiones en contrario. Verdaderamente, venís errantes de Jerusalén en busca del perdido tesoro del lugar santo. ¿Lo hallasteis? ¡Ay!, no; porque el lugar santo está profanado y abatidas cayeron las columnas de sabiduría, fuerza y belleza. En adelante vagaréis en tinieblas y caminaréis humildemente por selvas y montes en busca de la palabra perdida. ¡Andad! No la encontraréis mientras reduzcáis vuestras jornadas a siete ni aún a siete veces siete, porque camináis en tinieblas que sólo puede disipar la fulgurante antorcha de la verdad, sostenida por los legítimos descendientes de Ormazd. Tan sólo ellos pueden enseñaros a pronunciar correctamente el nombre revelado a Enoch, Jacob y Moisés. ¡Pasad! Hasta que vuestro R.S.W. sepa multiplicar 333 de modo que resulten 666, el número de la bestia apocalíptica, debéis ser prudentes y manteneros sub–rosa. Para demostrar que no estaban desprovistas de fundamento científico las nociones de los antiguos respecto de los ciclos humanos, concluiremos este capítulo con una de las más remotas tradiciones referentes a la evolución de nuestro planeta.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Al término de cada “año máximo”, como llamaron Censorino y Aristóteles al período

de siete saros , sufre nuestro planeta una total revolución física. Las zonas glaciales y tórrida cambian gradualmente de sitio; las primeras se mueven poco a poco hacia el Ecuador y la segunda con su exuberante vegetación y su copiosa vida animal, reemplaza los helados desiertos polares. Esta alteración de climas va necesariamente acompañada de cataclismos, terremotos y otras perturbaciones cósmicas100. Como quiera que cada diez milenios y cerca de un nero, se altera el lecho del océano, sobreviene un diluvio análogo al del tiempo de Noé. Los griegos daban a este año el sobrenombre de heliaco, pero únicamente los iniciados conocían su duración y demás condiciones astronómicas. Al invierno del año heliaco le llamaban cataclismo o diluvio, y al verano le denominaban ecpirosis. Según tradición popular, la tierra sufría alternativamente catástrofes plutónicas (por el agua) y volcánicas (por el fuego) en estas dos estaciones del año heliaco. Así consta en los fragmentos Astronómicos de Censorino y Séneca; pero tanta incertidumbre hay entre los comentadores acerca de la duración del año heliaco, que ninguno se aproxima a la verdad excepto Herodoto y Lino, quienes respectivamente lo computan en 10.800 y 13.984 años101. En opinión de

los sacerdotes babilonios, corroborada por Eupolemo , la ciudad de Babilonia fué fundada por los que se salvaron del diluvio, quienes eran hombres de gigantesca talla y edificaron la torre llamada de Babel103. Estos gigantes, que eran expertos astrónomos y además habían recibido enseñanzas secretas de sus padres “los hijos del Dios”, instruyeron a su vez a los sacerdotes y dejaron en los templos recuerdos del cataclismo que habían presenciado. De este modo computaron los sacerdotes la duración de los años máximos. Por otra parte, según dice Platón en el Timeo, los sacerdotes helenos reconvinieron a Solón por ignorar que aparte del gran diluvio de Ogyges, habían

99 Supone erróneamente Webster que los caldeos llamaban saro al ciclo de los eclipses cuya duración era de unos 6.586 años solares equivalentes a la revolución de un nodo lunar. Sin embargo, el astrónomo Berosio, sacerdote del templo de Belo en Babilonia, dice que el saro tiene 3.600 años. El nero 600 y el soso 60. – Berosio de Abideno. – De los reyes caldeos y el diluvio. – Véase también Eusebio y el Manuscrito de Cary. Ex. Cod. reg. gall. gr. Nº 2.360, fol. 154. 100 Antes de que los geólogos rechacen esta teoría fundada en la traición, han de explicar satisfactoriamente por qué al fin del período terciario descendió en el hemisferio septentrional la temperatura hasta el grado de convertir la zona tórrida en un clima siberiano. Conviene recordar que los antiguos indos conocían ya el sistema heliocéntrico y de ellos lo aprendió Pitágoras junto con los fundamentos de la astronomía. Mientras no se demuestre matemáticamente lo contrario, tan lícito es admitir esta hipótesis como otra cualquiera. 101 Censorino. – De Natal Die. Séneca. – Nat. Quaest. III, 29. 102 Eusebio. – Prep. Evan. – De la torre de Babel y de Abraham. 103 Esto contradice evidentemente el relato bíblico, según el cual, sólo, Noé y su familia escaparon del diluvio enviado precisamente para castigo de los gigantes. Los sacerdotes babilónicos no tenían interés alguno en falsear la verdad.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I ocurrido otros igualmente copiosos, lo cual demuestra que en todos los países tenían los sacerdotes iniciados conocimiento del año heliaco. Los períodos llamados yugas, kalpas, nerosos y vrihaspatis son arduos problemas de cronología que ponen cejijuntos a eminentes matemáticos. El Sâtya–yuga y los ciclos budistas nos asustan con sus cifras. El mahakalpa o edad máxima se remonta mucho más allá de la época antediluviana y su duración es de 4.320.000.000 de años solares, que se distribuyen como vamos a ver: En primer lugar tenemos los cuatro yugas siguientes: 1.º Sâtya– yuga ............................................................ 1.728.000 años 2.º Trêtya– yuga ............................................................ 1.296.000 años 3.º Dvâpa– yuga ............................................................ 864.000 años 4º Kali– yuga ............................................................ 432.000 años 4.320.000 años Estos cuatro yugas constituyen un mahâ–yuga o yuga máximo y setenta y un mahâ–yugas comprenden, por lo tanto, 4.320.000 x 71 = 306.720.000 años. A este cómputo hay que añadir un sandhyâ o duración de los crepúsculos matutino y vespertino, en todo este tiempo, equivalente a un sâtya–yuga o I.728.000 años, con lo que tendremos: 306.720.000 + 1.728.000 = 308.448.000 años o sea el período llamado manvántara104. Catorce manvántaras componen 308.448.000 x 14 = 4.318.272.000 años y añadiendo un sandhya tendremos 4.318.272.000 + 1.728.000 = 4.320.000.000 años o sea el Mahâkalpa o edad máxima, según vimos al principio de este cómputo. Como quiera que nos hallamos en el kali–yuga de la época vigésimo–octava del séptimo manvántara, aún nos falta algún trecho que recorrer antes de llegar siquiera a la mitad de la vida del planeta. Estos guarismos no son fantásticos, sino que, por el contrario, derivan de cálculos astronómicos según ha demostrado

Davis . Muchos eruditos, entre ellos Higgins, no pudieron averiguar, no obstante sus indagaciones, cuál era el ciclo secreto. Bunsen ha demostrado que los sacerdotes egipcios mantenían en el más profundo misterio las rotaciones cíclicas106. Tal vez provenga la dificultad de que los antiguos lo mismo aplicaban el cálculo al progreso

104 Por error de imprenta aparece el manvántara en los cómputos de Coleman con sesenta millones de años más, o sea por haber puesto un seis en vez del primer cero. 105 Davis, Ensayo de investigaciones asiáticas. – Higgins, Anacalipsis. – Coleman, Mitología de los indos. Prefacio, XIII. 106 Bunsen. – Egipto, I.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I espiritual que al material de la humanidad, y así no será difícil descubrir la íntima relación establecida por los antiguos entre los ciclos cronológicos y los de la humanidad, si recordamos la suma importancia que daban a la constante y omnipotente influencia de los planetas en el destino de los hombres. Higgins acertó al suponer que el cielo indo de 432.000 años es la verdadera clave del cielo secreto, pero bien se echa de ver que no fué capaz de descifrarlo, pues este cielo es el más impenetrable de todos, porque atañe al misterio de la creación. Está representado con guarismos simbólicos en el Libro de los números de los caldeos, cuyo texto original no se halla en biblioteca alguna, si acaso se conserva, ya que era uno de los tantos libros

de Hermes . Algunos cabalistas matemáticos y arqueólogos, desconocedores de los cómputos secretos, amplían de 21.000 a 24.000 años la duración del año máximo, pues estaban creídos de que el último período de 6.000 años sólo debía aplicarse a la renovación de nuestro globo. Explica Higgins este error de cómputo, diciendo que la precesión de los equinoccios se efectuaba en 2.000 años y no en 2.160 para cada signo, de lo que suponían en 24.000 años la duración del año máximo dividido en cuatro períodos de 6.000. De aquí debieron proceder, en opinión de Higgins, los prolongadísimos ciclos de los antiguos astrónomos, porque el año máximo, como el año común, estaba trazado por la circunferencia de un inmenso círculo. Esto supuesto, computa Higgins los 24.000 años de la manera siguiente: “Si el ángulo que el plano de la eclíptica forma con el plano del ecuador fué decreciendo gradualmente, como se supone que ocurrió hasta hace poco, ambos planos hubieron de haber coincidido al cabo de 6.000 años. Transcurridos otros 6.000 años, el sol hubiera estado situado respecto del hemisferio sur como ahora lo está respecto del septentrional; después de 6.000 años más, volverían a coin-

107 Los cuarenta y dos libros sagrados egipcios que según Clemente de Alejandría había en su tiempo, eran tan sólo una parte de la colección hermética. Jámblico, apoyado en la autoridad del sacerdote egipcio Abammon atribuye a Hermes 1.200 de estos libros y Manethon afirma que fueron 36.000. Sin embargo, la crítica moderna desdeña el testimonio de Jámblico por neoplatónico, y respecto del de Manethon, vale advertir que Bunsen lo diputa por el más insigne historiador de su país, pero le cae del concepto en cuanto sus ideas se oponen a los prejuicios de la ciencia moderna contra la sabiduría de los antiguos. A pesar de todo, ningún arqueólogo duda ya de la increíble antigüedad de los libros herméticos. Champolllión está seguro de su autenticidad, corroborada por los más antiguos monumentos, y Bunsen aduce pruebas irrefutables de su antigüedad. Las investigaciones de este sabio demuestran que antes de Moisés hubo en Egipto sesenta y un reyes que mantuvieron la civilización del país durante miles de años, y por lo tanto resulta evidente que las obras de Hermes Trismegisto son muy anteriores al nacimiento del legislador judío. En los monumentos de la cuarta dinastía se han encontrado los estilos y tinteros más antiguos del mundo, según atestigua Bunsen, quien no obstante rechazar el período de 48.863 años antes de Alejandro, a que Diógenes Laercio remonta la existencia del antiguo Egipto, no tiene más remedio que confesar que de los resultados de las observaciones astronómicas se infiere que éstas abarcan un período de 10.000 años. Reconoce, además, que uno de los mas antiguos tratados de cronología demuestra que las tradiciones referentes al período mitológico comprenden miríadas de años. (Egipto, I, p. 15 ).

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I cidir los dos planos, y al término de otros 6.000 años se situaría el eje de la tierra en la posición actual. Todo este proceso representa un transcurso de 24.000 años. Cuando el sol llegó al ecuador finalizaría el período de 6.000 años y el mundo quedaría destruido por el fuego, mientras que al llegar al punto meridional, lo habría sido por el agua. De esta suerte tendríamos un cataclismo total cada 6.000 años, o sean diez nerosos”108. Este sistema de computación, prescindiendo del secreto en que los sacerdotes tenían sus conocimientos, está expuesto a gravísimos errores y tal fué la causa de que los judíos y algunos cristianos neoplatónicos vaticinaran el fin del mundo a los 6.000 años. También se origina de ello que la ciencia moderna menosprecie las hipótesis de los antiguos, y que se formen algunas sectas, que, como la de los adventistas, viven en continua espera del fin del mundo. Así como el movimiento de rotación de la tierra determina cierto número de ciclos comprendidos en el ciclo mayor del movimiento de traslación, análogamente cabe considerar los ciclos menores comprendidos en el saros máximo. La rotación cíclica del planeta es simultánea con las rotaciones intelectual y espiritual, igualmente cíclicas. Así vemos en la historia de la humanidad un movimiento de flujo y reflujo semejante a la marea del progreso. Los imperios políticos y sociales ascienden al pináculo de su grandeza y poderío para descender de acuerdo con la misma ley de su ascensión, hasta que llegada la sociedad humana al punto ínfimo de su decadencia, se afirma de nuevo para escalar las próximas alturas que por ley progresiva de los ciclos son ya más elevadas que las que alcanzó en el cielo anterior. Las edades de oro, plata, cobre y hierro no son ficción poética. La misma ley rige en la literatura de los diversos países. A una época de viva inspiración y espontánea labor literaria, sigue otra de crítica y raciocinio. La primera proporciona materiales al espíritu analítico de la segunda. Así, todos aquellos caracteres que gigantescamente despuntan en la historia de la humanidad, como Buda y Jesús en el orden espiritual y Alejandro y Napoleón en el material, son reflejadas imágenes de tipos humanos que existieron miles de años antes, reproducidos por el misterioso poder regulador de los destinos del mundo, y por ello no hay personaje histórico eminente sin su respectivo antecesor en las tradiciones mitológicas y religiosas, entreveradas de ficción y verdad, correspondientes a pasados tiempos. Las imágenes de los genios que florecieron en épocas antediluvianas se reflejan en los períodos históricos, como en las serenas aguas del lago la luz de la estrella que centellea en la insondable profundidad del firmamento. Como lo de arriba es lo de abajo. Como en el cielo, así en la tierra. Lo que fué, será.

108 Higgins. – Anacalypsis.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Siempre ha sido el mundo ingrato con sus hombres insignes. Florencia ha levantado una estatua a Galileo, y apenas si se acuerda de Pitágoras. Al primero le sirvieron de segura guía las obras de Copérnico, que hubo de luchar contra la general preocupación del sistema de Ptolomeo; pero ni Galileo ni los astrónomos modernos han descubierto la verdadera posición de los planetas, porque miles de años antes la conocían los sabios del Asia central, de donde trajo Pitágoras el definido conocimiento de esta verdad demostrada. Dice Porfirio que los números de Pitágoras son símbolos jeroglíficos de que se valía el ilustre filósofo para explicar las ideas relativas a la naturaleza de las

cosas . De esto se infiere que para investigar su origen, hemos de recurrir a la antigüedad. Así lo corrobora acertadamente Hargrave Jennings en el siguiente pasaje: “¿Sería razonable deducir que los apenas creíbles fenómenos físicos llevados a cabo por los egipcios fueron efecto del error en una época de tan floreciente sabiduría y de facultades prodigiosas en comparación de las nuestras? ¿Acaso cabe suponer que los numerosísimos pobladores de las márgenes del Nilo laboraron estúpidamente en tinieblas, que la magia de sus hombres eminentes era impostura y que sólo nosotros, los que menospreciamos su poderío, somos los sabios? ¡No por cierto! Hay en aquellas antiguas religiones mucho más de lo que pudiera suponerse, a pesar de las audaces negaciones del escepticismo de estos descreídos tiempos… Así vemos que es posible conciliar las enseñanzas paganas con las clásicas, las de los gentiles con las de los hebreos y las cristianas con las mitológicas en la común creencia basada en la Magia,

cuya posibilidad informa la moral de esta obra” . Verdaderamente es posible la conciliación. Hace treinta años que los primeros fenómenos psíquicos de Rochester llamaron la dormida atención de las gentes hacia la realidad del mundo invisible, y cuando la menuda lluvia de golpes se convirtió en torrente cuya impetuosidad estremeció al mundo, los espiritistas hubieron de contender con dos adversarios: la teología y la ciencia. Pero los teósofos han de combatir con todas las preocupaciones del mundo, y más acerbamente todavía con la de les espiritistas. Por una parte, los teólogos cristianos anatematizan a quien no cree en la existencia del Dios Personal y del diablo también personal, mientras que para los materialistas no hay más Dios que la substancia gris del cerebro, y tienen por tres veces idiotas a cuantos creen en el diablo. Entretanto, los ocultistas y filósofos merecedores de este nombre perseveran en su labor sin hacer caso de unos ni de otros. Ninguno de ellos tiene de Dios el absurdo, pasional y veleidoso concepto que la superstición forjara, pero todos distinguen entre el bien y el mal. La razón humana, emanada de nuestra finita mente, no alcanza a comprender la infinita inteligencia de la ilimitada entidad divina, y como lógicamente no puede existir para nosotros lo que cae más allá de

109 Vida de Pitágoras. 110 Hargrave Jennings. – Los Rosacruces.

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