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Capítulo 25 de 51

Capítulo Iv — parte 3 de 4

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Se abre la flor, se marchita y muere; pero deja tras sí el aroma que perdura en el ambiente cuando ya sus pétalos están hechos polvo. Nuestros sentidos corporales no lo advierten y sin embargo existe. El eco de la nota emitida por un instrumento perdura eternamente. Jamás se extingue por completo la vibración de las invisibles ondas del mar sin orillas del espacio. Siempre viven las energías transportadas del mundo de la materia al mundo del espíritu. Y el hombre, preguntamos nosotros, el hombre, entidad que vive, piensa y razona, la divinidad residente en la obra maestra de la naturaleza, ¿habría de abandonar su estuche para no vivir jamás? ¿Cómo negar al hombre cuyas cualidades fundamentales son la conciencia, la mente y el amor, el principio de continuidad que reconocemos en la llamada inorgánica materia del flotante átomo? No cabe más descabellada idea. Cuanto mayor es nuestro conocimiento, mayor es también la dificultad de concebir el ateísmo científico. Se comprende que un hombre ignorante de las leyes de la naturaleza, sin noción alguna de las ciencias físico–químicas, pueda caer funestamente en el materialismo, empujado por la ignorancia o por la incapacidad de comprender la filosofía de la ciencia, ni de colegir ninguna analogía entre lo visible y lo invisible. Un metafísico por naturaleza, un soñador ignorante, pueden despertar bruscamente y atribuir a ilusión y ensueño todo cuanto imaginaron sin pruebas tangibles; pero un científico familiarizado con las modalidades de la energía universal no puede sostener que la vida es tan sólo un fenómeno de la materia, so pena de confesar su incapacidad para analizar y debidamente comprender el alfa y el omega de la misma materia. El escepticismo sincero respecto a la inmortalidad del alma es una enfermedad, una deformación cerebral, que ha existido en toda época. Así como algunas criaturas nacen envueltas en el omento, así también hay hombres incapaces de desprenderse durante toda su vida de la membrana que embota sus espirituales sentidos. Pero la vanidad es el verdadero sentimiento que les mueve a rechazar los fenómenos mágicos y espirituales, sin otro argumento que el siguiente: “Nosotros no podemos producir ni explicar estos fenómenos; por lo tanto, no existen ni nunca han existido. Hace unos treinta años, Salverte sorprendió a los “crédulos” con su obra: Filosofía de la magia, en la que pretendía explicar la causa operante de los milagros bíblicos y de los santuarios paganos. En resumen, los atribuye a largos años de observación, aparte de un profundo conocimiento de las ciencias físicas y metafísicas, en cuanto lo permitía la ignorancia de la época, con su secuela de imposturas, prestidigitación, ilusiones ópticas y fantasmagoría, que a fin de cuentas, convierten, según el autor, a los taumaturgos, profetas y magos, en pícaros y bribones, y al resto de los mortales en necios y bobos. De la índole y valía de las pruebas podrá colegir el lector por la que aduce el pasaje siguiente: “Aseguraban los entusiastas discípulos de Jámblico, que al orar se levantaba a diez codos del suelo, y engañados por esta metáfora han tenido los cristianos la

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I candidez de atribuir el mismo milagro a Santa Clara y a San Francisco de Asís”231. Según Salverte, los centenares de viajeros que atestiguan haber visto idéntico fenómeno en los fakires, serían todos unos embusteros o estarían alucinados. Sin embargo, hace poco tiempo, el eminente Crookes atestiguó un fenómeno de esta índole en condiciones que imposibilitaban todo fraude; y de la propia suerte habían aseverado lo mismo mucho tiempo antes infinidad de testigos, a quienes sistemáticamente se les niega crédito. Paz a tus científicas cenizas ¡oh crédulo Salverte! ¿Quién sabe si antes de concluir el presente siglo la sabiduría popular habrá inventado este nuevo proverbio: “Tan increíblemente crédulo como un científico”. ¿Por qué ha de parecer imposible que una vez separado el espíritu del cuerpo pueda animar una forma imperceptible, creada por la fuerza mágica, psíquica, ecténica o etérea, como quiera llamársela, con el auxilio de entidades elementarias que al efecto proporcionen la sublimada materia de un cuerpo? La única dificultad está en no darse cuenta de que el espacio no está vacío, sino repleto de los arquetipos de cuanto fué, es y será, y poblado de seres pertenecientes a diversas estirpes distintas de la nuestra. Muchos científicos han reconocido la autenticidad de fenómenos en apariencia sobrenaturales, porque como el citado caso de levitación, contrarían la ley de la gravedad; pero al investigarlos, se enredaron en inextricables dificultades por su desgraciado intento de darles explicación con hipótesis basadas en las leyes conocidas de la naturaleza. En el resumen de su obra, concreta De Mirville la argumentación de los científicos adversarios del espiritismo en cinco paradojas a que llama confusiones, conviene a saber: Primera confusión. – La de Faraday, quien explica el fenómeno de la mesa diciendo que ésta empuja al experimentador a causa de la resistencia que la hace retroceder. Segunda confusión. – La de Babinet, quien explica los golpes diciendo que de buena fe y con perfecta conciencia los producen ventrílocuos, cuya facultad implica necesariamente mala fe. Tercera confusión. – La de Chevreuil, quien explica la facultad de mover los muebles sin tocarlos, por la previa adquisición de esta facultad. Cuarta contusión. – La del Instituto de Francia, cuyos miembros aceptan los milagros con tal que no contraríen las conocidas leyes de la naturaleza.

231 Filosofía de la Magia. Traducción inglesa, 47.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Quinta contusión. – La de Gasparín, que supone fenómenos sencillos y elementales,

los que todos niegan porque nadie vió otros iguales . Mientras los científicos de fama admiten tan fantásticas hipótesis, algunos neurópatas de menor cuantía explican los fenómenos psíquicos por medio de un

efluvio anormal, dimanante de la epilepsia . Otro hay que quisiera tratar a los médiums (y suponemos que también a los poetas) con asafétida y amoníaco234, y califica de lunáticos o de místicos alucinados a cuantos creen en las manifestaciones psíquicas. A este médico y conferenciante, se le podría aplicar la frase del Nuevo Testamento: “Sánate a ti mismo”; porque, en verdad, ningún hombre de cabal juicio se atrevería a tachar de locos a los cuatrocientos cuarenta y seis millones de personas que en las cinco partes del mundo creen en las relaciones de los espíritus con los hombres. Considerando todo esto, maravilla la osadía de los presumidos pontífices de la ciencia al clasificar fenómenos que en absoluto desconocen. Seguramente, los millones de compatriotas a quienes de tal manera engañan, les merecen tanta consideración como si fueran gorgojos de patata o cigarrones, porque el Congreso norteamericano, a instancia de la Asociación americana para el progreso de las ciencias, promulga estatutos constituyentes de comisiones nacionales para el estudio de los insectos; los químicos se ocupan en cocer ranas y chinches; los geólogos entretienen el ocio en la observación de ganoides cónquidos y en discutir el sistema dentario de las diversas especies de dinictios; y los entomólogos llevan su entusiasmo hasta el extremo de cenarse

saltamontes cocidos, fritos y en salsa . Entretanto, millones de americanos quedan abandonados “á la confusión de locas ilusiones”, según frase de los ilustres enciclopedistas, o sucumben a los “desórdenes nerviosos” dimanantes de la “diatesis mediumnística”. Tiempo hubo en que cabía esperar que los científicos rusos se tomaran el trabajo de estudiar atenta é imparcialmente los fenómenos psíquicos. La Universidad de San Petersburgo nombró una comisión presidida por el insigne físico Mendeleyeff, con objeto de poner a prueba en cuarenta sesiones consecutivas a los médiums que quisieran someterse a experimentación. La mayor parte rehusaron la invitación temerosos de alguna celada, y al cabo de ocho sesiones, cuando los fenómenos iban siendo más interesantes, la comisión prejuzgó el caso con frívolos pretextos y dió informe contrario a los médiums. En vez de proceder digna y científicamente, se valieron de espías que atisbaban por los ojos de las cerraduras. El presidente de la comisión declaró en una conferencia pública que el espiritismo, como cualquiera otra creencia en la inmortalidad del alma, era una mezcolanza de superstición, alucinaciones

232 De Mirville. – De los Espíritus, 159. 233 Gerry Fairfield. – Diez años con médiums espiritistas. Nueva York, 1875. 234 Marvin. – Conferencia sobre la Mediummanía. 235 Revista Scientific American, 1875.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I é imposturas, y que las manifestaciones de esta índole, tales como la adivinación del pensamiento, el rapto y otros fenómenos psíquicos, se producían con el auxilio de ingeniosos aparatos y mecanismos que los médiums llevaban ocultos entre las ropas. Ante semejante prueba de ignorancia y prejuicio, el doctor Butlerof, catedrático de química de la Universidad de San Petersburgo, y el señor Aksakof, consejero de Estado que habían sido invitados a las sesiones, evidenciaron su disgusto en la protesta publicada bajo su firma en los periódicos, cuya mayoría se puso en contra de Mendeleyeff y de su oficiosa comisión, al paso que más de ciento treinta personas de la aristocracia sanpetersburguense, sin determinada filiación espiritista, avaloraron con su firma la protesta. El resultado fué que la atención pública se convirtiera hacia el espiritismo, constituyéndose en todo el imperio numerosos círculos. La prensa liberal empezó a discutir el asunto, y se nombró otra comisión encargada de proseguir las interrumpidas investigaciones. Pero tampoco es fácil que la nueva comisión cumpla con su deber, pues tiene oportunísimo pretexto en el informe dado por el profesor Lankester, de Londres, acerca del médium Slade, quien, contra las prejuiciosas y circunstanciales aseveraciones de Lankester y de un amigo de éste llamado Donkin, opuso el testimonio de gran número de investigadores entre los que se contaban Wallace y Crookes. A este propósito, el London Spectator publicó un artículo del que extractamos los siguientes párrafos: “Es pura superstición el presumir de tan completo conocimiento de las leyes de la naturaleza, que hayamos de repudiar por falsos unos fenómenos cuidadosamente examinados por detenidas observaciones, sin otro fundamento que su aparente discrepancia con principios ya establecidos. Asegurar, como según parece asegura el profesor Lankester, que porque en algunos casos haya habido fraude y credulidad en estos fenómenos, como también los hay en las enfermedades nerviosas, forzosamente haya de haberlos contra toda escrupulosidad de las investigaciones, equivale a aserrar las ramas del árbol del conocimiento en que arraigan las ciencias inductivas y demoler toda la fábrica del edificio científico”. Pero ¿qué les importa esto a los doctores? El torrente de superstición que, a su decir, arrastra a millones de inteligencias claras, no puede alcanzarles; el nuevo diluvio llamado espiritismo, no es capaz de anegar sus robustas mentes; y las cenagosas oleadas de la corriente han de romper la furia sin ni siquiera mojar la correa de su zapato. Tal vez la tradicional terquedad del Creador les impide confesar el poco éxito que sus milagros tienen en nuestros días contra la ceguera de los profesionales de la ciencia, aunque de seguro sabe que desde hace tiempo resolvieron poner en el frontispicio de sus colegios y universidades, el siguiente aviso:

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De orden de la ciencia se le prohíbe a Dios hacer milagros en este sitio . Espiritistas y católicos parecen haberse coligado contra los iconoclásticos intentos del materialismo, y al incremento del número de escépticos ha correspondido otro incremento proporcional del número de creyentes. Los campeones de los milagros “divinos” de la Biblia emulan a los panegiristas de los fenómenos psíquicos, y la Edad Media revive en el siglo XIX. De nuevo vemos a la Virgen María ponerse en correspondencia epistolar con los fieles hijos de su iglesia, mientras que por conducto de los médiums garrapatean mensajes los espíritus amigos. El santuario de Lourdes se ha convertido en gabinete de materializaciones espiritistas, al paso que los gabinetes de los más famosos médiums norteamericanos parecen santuarios a donde Mahoma, el obispo Polk, Juana de Arco y otros espíritus de nota acuden desde la “negra orilla”, para materializarse a la luz del día. Y si a la Virgen María se la ha visto pasear cotidianamente por las cercanías de Lourdes, ¿por qué no creer también al fundador del islamismo y al difunto prelado de la Luisiana? No cabe otro remedio que admitir o rechazar por igual la posibilidad o la impostura de entrambas manifestaciones milagrosas: las divinas y las espiritistas. Al tiempo ponemos por testigo. Pero mientras la ciencia no quiera alumbrar con su mágica lámpara la obscuridad del misterio, irán las gentes dando tropezones con riesgo de caer en el lodo. A consecuencia de la desfavorable opinión sustentada por la prensa londinense acerca de los recientes “milagros” de Lourdes, monseñor Capel publicó en The Times el criterio de la Iglesia romana sobre el particular, en los siguientes términos: “Por lo que toca a las curaciones milagrosas, pueden consultar los lectores la juiciosa obra: La Gruta de Lourdes, escrita por el doctor Dozous, eminente facultativo de la localidad, inspector de higiene del distrito y médico forense, quien enumera al pormenor varios casos de curaciones milagrosas estudiadas por él con cuidadosa detención, para concluir diciendo: “Declaro que todo hombre de buena fe ha reconocido el carácter sobrenatural de las curaciones logradas en el santuario de Lourdes, sin otra medicina que el agua de la fuente. Debo confesar que mi entendimiento, nada propenso a la credulidad en milagros de ninguna clase, difícilmente se hubiese convencido de la verdad de una aparición tan notable bajo varios aspectos, a no ser por las curaciones que presencié personalmente y me dieron luz bastante para estimar la importancia de las visitas de Bernardita a la Gruta y la realidad de las apariciones con que se vió favorecida”. “Digno de respetuosa consideración, por lo menos, es el testimonio del distinguido médico que desde un principio observó cuidadosamente a Bernardita y tuvo ocasión de presenciar las curaciones. A esto he de añadir que acuden a la gruta infinidad de gentes para

236 Paráfrasis de un pasquín puesto en las tapias de un cementerio de Francia en tiempo de los milagros jansenistas prohibidos por la policía, el cual era de este tenor: De par le roi defense a Dieu De faire miracle en ce lieu.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I arrepentirse de sus culpas, acrecentar su piedad, rogar por la regeneración de su patria y dar público testimonio de su fe en el Hijo de Dios y en su inmaculada Madre. Muchos van a curarse de sus dolencias corporales, y algunos vuelven curados según aseveran testigos oculares. El achacar falta de fe, como hace vuestro artículo, a los que después se van a tomar las aguas de los Pirineos, es tan poco razonable como si tacháramos de incrédulos a los magistrados que penan la negligencia en la prestación de auxilios médicos. Quebrantos de salud me forzaron a pasar en Pau el invierno durante los años de 1860 a 1867, y con ello tuve coyunturas de investigar minuciosamente cuanto se relacionaba con las apariciones de Lourdes. Después de haber observado con todo detenimiento a Bernardita y de estudiar algunos de los milagros ocurridos, me he convencido de que si el testimonio humano es válido para comprobar la realidad de un hecho, forzosamente se ha de admitir la autenticidad de las apariciones de Lourdes. Al fin y al cabo no es dogma de fe este punto, que cualquier católico puede aceptar o negar sin esperanza de elogio ni temor de censura”. Si el lector se fija en las frases subrayadas, advertirá como al clero católico, a pesar de la infabilidad pontificia y de su franquicia postal con el cielo, le satisface el testimonio humano para avalar los milagros divinos. Ahora bien, si atendemos a las conferencias dadas recientemente por Huxley, en Nueva York, acerca de la evolución, oiremos que dice: “La mayor parte de nuestro conocimiento de los hechos pasados se basa en las pruebas históricas del testimonio humano”. Y en otra conferencia sobre biología añade: “Todo hombre que de corazón anhele la verdad, no ha de temer, sino desear la crítica serena y justa; pero es esencial que el crítico sepa de qué habla”. Esto mismo debiera tener en cuenta su autor al tratar de asuntos psicológicos, pues si lo añadiese a sus antedichos conceptos ¿qué mejor pedestal sobre que alzarlo? Vemos como el materialista Huxley y el prelado católico coinciden en considerar suficiente el testimonio humano para la comprobación de hechos que cada cual puede o no creer según sean sus preocupaciones. Por lo tanto, ¿no es razón que así el ocultista como el espiritista se encastillen en el argumento tan perseverantemente sostenido de que no cabe negar la autenticidad de los fenómenos psíquicos de los antiguos taumaturgos probados de sobra por el testimonio humano? Si la Iglesia y las Academias han aducido pruebas humanas, no pueden negar a los demás el mismo derecho. Uno de los frutos de la reciente agitación notada en Londres, con motivo de los fenómenos mediumnímicos, es que la prensa seglar ha expuesto ideas liberales. El Daily News, de Londres, decía en 1876: “En todo caso, nos parece que debemos considerar el espiritismo como una de tantas creencias tolerables, y dejarle, por lo tanto, en paz, pues tiene muchos prosélitos tan inteligentes como quien más, que hace tiempo hubiesen echado de ver cualquier superchería palpable y notoria. Algunos hombres eminentes por su sabiduría han creído en las apariciones y continuarían creyendo, aunque unos cuantos se entretuvieran en amedrentar a las gentes con fingidos fantasmas”.

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