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Capítulo 37 de 51

Capítulo Vi — parte 5 de 6

Isis Sem o Véu

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I antigua algeist, equivalente a espirituoso. Paracelso llama a la sal “centro de agua donde han de morir los metales”; de lo que algunos, como por ejemplo, Glauber, infieren que el alkahest era espíritu de sal. Se necesita mucha osadía para decir que Paracelso y sus colegas ignoraban la distinción entre los cuerpos simples y sus combinaciones, pues aunque no les diesen los mismos nombres que hoy les dan los químicos, obtenían resultados imposibles de lograr sin conocer la índole de las substancias manipuladas. Nada importa el nombre que Paracelso dio al gas resultante de la reacción del hierro y el ácido sulfúrico, si las autoridades en química reconocen que descubrió el hidrógeno359. Su mérito es el mismo. Y nada tampoco importa que Van Helmont encubriera bajo la denominación de “virtudes seminales” las propiedades inherentes a los elementos químicos que, al combinarse, las modifican temporáneamente sin perderlas en modo alguno, pues no por su enigmático lenguaje dejó de ser el químico más ilustre de su época en parigualdad de mérito con los del día. Afirmaba Van Helmont, que el aurum potábile podía obtenerse por medio del alkahest, salificando el oro de suerte que sin perder sus “virtudes seminales” se disolviera en el agua. Cuando los químicos sepan, no lo que Van Helmont decía que entendía, ni lo que se supone entendía, sino lo que en realidad entendía por aurum potabile, alkahest, sal y virtudes seminales, podrán definir su actitud respecto a los filósofos del fuego y a los antiguos maestros cuyas místicas enseñanzas respetuosamente siguieron. De todos modos, este lenguaje de Van Helmont, aun tomado en sentido exotérico, demuestra que conocía la solubilidad de las combinaciones metálicas en el agua, en lo que basa Hunt su hipótesis acerca de los yacimientos metalíferos. A este propósito dice en una de sus conferencias: “Los alquimistas buscaron en vano el disolvente universal; pero nosotros sabemos hoy que el agua, a favor de la presión y la temperatura, y en presencia de ciertos cuerpos muy abundantes en la naturaleza, tales como el ácido carbónico y los carbonatos y sulfatos alcalinos, disuelve las substancias al parecer más insolubles y obra como el alkahest o

menstruo universal durante tanto tiempo buscado” . Esto tiene todo el aire de una paráfrasis de Van Helmont o Paracelso, pues ambos alquimistas conocían las propiedades disolventes del agua tan bien como los químicos modernos, y ni siquiera velaban esotéricamente este conocimiento, de lo cual se infiere que no era el agua el disolvente universal a que aludían. Entre las muchas obras de comentario y crítica que sobre la alquimia se conservan todavía, hay una de tonos satíricos de la que entresacamos el siguiente pasaje: “Podrá darnos alguna luz sobre esto la observación de que, para Van Helmont y Paracelso, el agua era el instrumento universal de la química y la filosofía natural, y diputaban el fuego por causa eficiente de todas las cosas. Creían, además, que la tierra entrañaba virtudes seminales, y que el

359 Youmans, Química, 169. – Kemshead, Química inorgánica. 360 Orígen de los yacimientos metalíferos.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I agua, al disolver y fermentar las substancias térreas, como sucede con el fuego, produce todas las cosas y origina los reinos mineral, vegetal y animal”361. Los alquimistas conocían por completo la universal potencia disolvente del agua, y en las obras de Paracelso, Van Helmont, Filaleteo, Pantatem, Taquenio y Boyle, se establece explícitamente la propiedad por excelencia del alkahest, esta es, la de “disolver y transmutar todos los cuerpos sublunares excepto el agua.” No cabe suponer, por lo tanto, que hombre de tan irreprensible conducta y de tan vasto saber como Van Helmont, asegurara formalmente poseer el secreto si únicamente hubiese

sido mera presunción de poseerlo . Acerca de la validez del testimonio humano, que podremos aplicar a este caso dijo HuxIey en una conferencia dada no ha mucho en Nashville: “Forzosamente ha de estar nuestra conducta más o menos influída por las opiniones que nos sugiere el estudio de la historia. Una de estas influencias es el testimonio humano en sus varias modalidades de ocular, tradicional y escrito… Al leer, por ejemplo, los Comentarios de Julio César, daremos crédito a los relatos de sus batallas contra los galos y aceptaremos su testimonio en este punto, pues comprendemos que César no hubiera hecho tales afirmaciones de no ser ciertas”. En consecuencia, es lógico aplicar esta regla de investigación a los casos en que César habla de los augures, adivinos y otros fenómenos psíquicos. Lo mismo debemos decir de Herodoto y demás historiadores antiguos, pues si no fueron espontáneamente verídicos, tampoco se les ha de creer en asuntos meramente profanos, porque falsus in uno, falsus in omnibus. Y por igual razón, si se les da crédito en los asuntos mundanos, también se lo hemos de dar en los espirituales, pues, según dice Huxley, la naturaleza humana fué en la antigüedad lo mismo que es ahora. Los hombres de honrado talento no mienten por el placer de engañar o pervertir a la posteridad. Una vez determinadas por Huxley las probabilidades de error en el testimonio humano, ya no hay necesidad de discutir la cuestión con respecto a Van Helmont y a su ilustre y calumniado maestro Paracelso. Su comentador Deleuze dice que las obras de Van Helmont tienen mucho de mítico é ilusorio (acaso por que no las entendió debidamente), pero en cambio reconoce que fué hombre de vasta cultura, penetrante juicio y descubridor de grandes verdades, pues dió por vez primera el nombre de gases a los flúidos aeriformes y dejó abierto el camino para las futuras aplicaciones del acero363. No es posible, por lo tanto, suponer que los experimentadores alquimistas desconociesen los cuerpos simples desde el momento en que combinaban, recombinaban, disolvían y descomponían los ingredientes químicos tal como hoy día se sigue efectuando en los laboratorios. Si tan sólo hubiesen tenido fama de teóricos,

361 Bumpus. – La alquimia y el alkahest. Ed. 1820. 362 Véanse las obras de Boyle. 363 Deleuze. – Opiniones de Van Helmont, sobre la causa, naturaleza y efectos del magnetismo.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I nada valdrían nuestros argumentos; pero como ni sus mismos enemigos se atreven a negar los descubrimientos que hicieron, todavía cupiera emplear más enérgico lenguaje si no lo impidiera la imparcialidad. Y como quiera que las facultades morales é intelectuales del hombre han de aquilatarse psicológicamente, puesto que creemos en la elevada naturaleza espiritual, no vacilamos en afirmar que si Van Helmont aseguró formalmente que poseía el secreto del alkahest, nadie tiene derecho a tacharle de farsante ni de visionario sin saber cual era su verdadero concepto del menstruo universal. Habla Wallace364 de la “obstinación de los hechos” y, por lo tanto, en los hechos hemos de apoyarnos para exponer los “milagros” de ayer y los de hoy. Los autores de El Universo invisible han demostrado científicamente la posibilidad de ciertos fenómenos psíquicos mediante la acción del éter universal; y Wallace por su parte ha refutado con estricta lógica las objeciones que Hume, entre otros, levantó contra la posibilidad de dichos fenómenos365. Crookes ofreció a los escépticos sus experiencias continuadas durante tres años, hasta que se convenció de la verdad por sí mismo. Flammarión, el popular astrónomo francés, añade su testimonio al de Wallace, Crookes y Hare, y corrobora nuestros asertos en el siguiente pasaje: “Tengo la firme convicción, basada en personales experiencias, de que no saben de qué hablan cuantos niegan la posibilidad de los fenómenos magnéticos, sonambúlicos, mediumnímicos y otros no explicados todavía por la ciencia, pues todo científico habituado a la observación puede cerciorarse absolutamente de la realidad de dichos fenómenos, con tal de que su mente no esté velada por el prejuicio ni sumida en el engaño demasiado frecuenté de que conocemos todas las leyes de la naturaleza y es imposible transponer los límites actualmente establecidos”. Crookes nos refiere la explicación366 que en los siguientes términos da Sergeant Cox de la fuerza psíquica: “Puesto que el organismo corporal está animado interiormente por una fuerza supeditada o no al espíritu, alma, mente o lo que quiera que constituya el ser individual llamado hombre, es lógico inferir que todo movimiento externo al cuerpo tiene por causa la misma fuerza que produce el movimiento en el interior del cuerpo. Y así como esta fuerza externa suele estar dirigida por la inteligencia, también esta inteligencia dirige la fuerza interna”. Para mejor comprender el pensamiento de Sergeant Cox en esta hipótesis, la dividiremos en cuatro proposiciones: 1º La fuerza productora de los fenómenos psíquicos procede del médium y por consiguiente dimana de él.

364 Los milagros y el espiritismo moderno. Prefacio. 365 Wallace. – Refutación de los argumentos de Hume, Lecky y otros, contra los milagros. 366 Notas de investigación de los fenómenos llamados espiritistas, 101.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I 2º La inteligencia que dirige la fuerza productora del fenómeno podría ser distinta de la inteligencia del médium; pero como no hay prueba suficiente de ello, es muy

probable que la inteligencia directora sea la del médium . 3º La fuerza que mueve la mesa es idéntica a la que mueve el cuerpo del médium. 4º Los espíritus de los difuntos para nada intervienen en la producción de los fenómenos psíquicos. Antes de examinar estas opiniones de Cox conviene advertir que nos vemos situados entre dos opuestas parcialidades: los que creen y los que no creen en la intervención de los espíritus de los difuntos, pues mientras la masa vulgar de espiritistas atribuye con enormes tragaderas a los espíritus desencamados el más leve ruido y el más ligero movimiento que notan en las sesiones del centro, los escépticos niegan toda manifestación de los espíritus, por la sencilla razón de que no creen en ellos. Así, pues, ni unos ni otros están dispuestos a estudiar el asunto con la serenidad que su importancia requiere. Ciertamente, la fuerza productora de los movimientos internos es la misma que la productora de los movimientos externos; pero la identidad no pasa de aquí, como se advierte considerando, por ejemplo, que el principio vital que anima el cuerpo de Cox es el mismo que anima el del médium, y sin embargo, ni éste es aquél ni aquél es éste. Esta fuerza que lo mismo da llamar psíquica como quieren Cox y Crookes, o darle cualquier otro nombre, no procede del médium, sino que se actualiza por mediación de él. Es imposible que dimane del médium en los casos de levitación sin contacto y demás fenómenos que denotan actuación inteligente. Saben los espiritistas que cuanto más pasivo es el médium más activas son las manifestaciones, y por lo tanto no cabe negar la intervención de una deliberada y consciente voluntad en los casos en que la fuerza psíquica levanta del suelo masas inertes, las mueve en determinadas direcciones por el aire y las vuelve a dejar en el suelo, evitando todo obstáculo. Esta fuerza no puede dimanar del médium, que permanece en pasividad durante el experimento, pues si dimanase de él, sería éste un mago consciente y no pasivo instrumento de invisibles entidades inteligentes. Tan absurdo es suponer que la fuerza psíquica dimana del médium, como que el vapor encerrado en una marmita fuese capaz de levantarla, a menos de estallar, o que la electricidad acumulada en una botella de Leyden, la moviese de sitio. Todo indica que la fuerza operante sobre los objetos externos en presencia del médium tiene su fuente más allá de él. Podemos compararla con el hidrógeno que vence la inercia del aerostato. El gas acumulado en el interior del globo, por la inteligente dirección del aeronauta, llega a prevalecer sobre la gravedad de su masa. Análogamente produce la fuerza psíquica los fenómenos de levitación, y aunque de naturaleza idéntica a la materia astral del médium, no es su misma materia astral,

367 A esto le llama Sergeant Cox “conclusión lógica”.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I porque durante el experimento permanece aquél en sopor cataléptico, si tiene verdaderas facultades mediumnímicas. Por lo tanto, el primer extremo de la hipótesis de Cox es erróneo, porque se funda en un falso principio de mecánica, al paso que nuestros argumentos se apoyan en la observación de los fenómenos levitantes. Para admitir la hipótesis de la fuerza psíquica, es preciso que explique satisfactoriamente los movimientos y levitaciones de los cuerpos sólidos. Acerca del segundo extremo, negamos que no haya prueba suficiente de que la fuerza productora de los fenómenos esté dirigida algunas veces por inteligencia distinta de la del médium. Al contrario, hay multitud de testimonios comprobatorios de que en la mayoría de los casos ninguna influencia tiene la mente del médium en los fenómenos, por lo que no puede pasar sin reparo la temeraria afirmación de Cox en este punto. También nos parece ilógico el tercer extremo; porque si el cuerpo del médium no genera, sino que tan sólo transmite la fuerza productora de los fenómenos dirigida por su espíritu, alma o mente (cuestión que no han dilucidado ni mucho menos las investigaciones de Cox), no hay razón para inferir que este mismo espíritu, alma o mente deba también levantar muebles y golpear el alfabeto. Del cuarto extremo, o sea que si los espíritus de los difuntos intervienen o no en las manifestaciones psíquicas, trataremos más extensamente en otro capítulo. Los filósofos iniciados en los Misterios decían que el alma astral es el incoercible duplicado del cuerpo denso, el periespíritu de los espiritistas kardecianos, o la forma–espíritu de los no reencarnacionistas. Sobre este duplicado o molde interno, se cierne el espíritu divino que lo ilumina como el sol a la tierra y fecunda el germen de las cualidades latentes. El cuerpo astral está contenido en el físico, como el éter en una botella o el magnetismo en el imán. Es un mecanismo alimentado por el depósito universal de fuerza y sujeto a las mismas leyes que rigen todos los fenómenos de la naturaleza. Su inherente actividad produce las incesantes operaciones biológicas del organismo carnal, y cuando éste se desgasta por el uso, sale de él, porque es prisionero y no voluntario morador del cuerpo físico. La universal fuerza externa le atrae tan poderosamente que al gastarse la cáscara escapa de ella. Cuanto más robusto, denso y grosero es el cuerpo físico, más largo es el encarcelamiento del astral; pero algunos nacen con organización a propósito para abrir la puerta que comunica con la luz astral, de modo que su alma se asome al mundo astral y se restituya después a su encierro. Los consciente y voluntariamente capaces de ello, se llaman magos, hierofantes, videntes, profetas y adeptos, y los que sin voluntad ni conciencia propia tienen predisposición a actuar en el mundo astral por la influencia de un hipnotizador o de una entidad espírita se llaman medianeros o médiums. Cuando el cuerpo astral se libra de obstáculos, queda tan poderosamente atraído por la imánica fuerza universal, que a veces levanta consigo el estuche de carne y lo mantiene suspendido en el aire hasta que recobra su acción la gravedad de la materia.

H. P. BLAVATSKY Isis Sin Velo Tomo I Todo movimiento, sea de un cuerpo vivo o de un cuerpo inorgánico, requiere tres condiciones: voluntad, fuerza y materia, que pueden transmutarse de conformidad con el principio de la conservación de la energía dirigida, o mejor dicho, cobijada por la Mente divina de que tan insidiosamente se empeñan los escépticos en prescindir, pero sin cuya presidencia no se moverían los gusanillos en la tierra ni al beso de la brisa las hojas del árbol. Los científicos llaman leyes cósmicas a las modalidades de energía y de materia y las consideran inmutables é invariables en su acción; pero más allá de estas leyes hemos de inquirir la causa inteligente que al establecer el régimen infundió en ellas su conciencia. No es posible concebir una causa primera, una voluntad universal, Dios en suma, si no le atribuimos inteligencia. Ahora bien: ¿cómo se manifestaría la voluntad a un tiempo consciente o inconscientemente, es decir, con inteligencia y sin ella? La mente no puede estar separada de la conciencia, entendiendo por tal, no la conciencia física, sino una cualidad del principio senciente del alma, que puede actuar aun cuando el cuerpo físico esté dormido o paralizado. Si, por ejemplo, levantamos maquinalmente el brazo, creemos que el movimiento es inconsciente porque los sentidos corporales no aprecian el intervalo entre el propósito y la ejecución. Sin embargo, la vigilante voluntad generó fuerza y puso el brazo en movimiento. Nada hay, ni siquiera en los más vulgares fenómenos mediumnímicos, que confirme la hipótesis de Cox; pues si la inteligencia denotada por la fuerza no prueba que lo sea de un espíritu desencarnado, menos todavía podrá serlo del inconsciente médium. Crookes refiere algunos casos en que la inteligencia manifestada en el fenómeno, no podía atribuirse a ninguno de los circunstantes. Por ejemplo, cuando después de tapar con el dedo una palabra impresa que ni él mismo sabía cuál era, apareció correctamente escrita en la tablilla368. Si negamos la intervención de una entidad espírita, no cabe explicar este caso de otro modo que por clarividencia; pero como los científicos niegan esta facultad, han de verse cogidos en el otro término del dilema, so pena de admitir la clarividencia, según la entienden los cabalistas, a no ser que prefieran entercarse en el hasta hoy vano empeño de forjar una hipótesis que explique satisfactoriamente el fenómeno. Pero aun admitiendo que la palabra en cuestión hubiese sido leída por clarividencia, ¿cómo explicar las comunicaciones mediumnímicas de tan adivinatorio carácter? ¿Qué hipótesis esclarece el misterio de las facultades proféticas del médium que vaticina sucesos ignorados de él y de cuantos le escuchan? Verdaderamente habrá de recomenzar Cox sus investigaciones. Según ya dijimos, la fuerza psíquica de los modernos, de naturaleza idéntica al flúido terrestre o sidéreo de los antiguos oráculos, es en sí una fuerza ciega. Cuando, por ejemplo, dos interlocutores sostienen un diálogo, su voz se transmite por las vibraciones de la misma masa de aire y en esto se conoce que están hablando. De la

368 Crookes. – Investigaciones, pág.96.

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