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Capítulo 8 de 22

Editorial Pomaire — parte 7 de 21

El Misterio De La Atlantida

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar Guadalquivir, que era tal vez la Tarshish mencionada en la Biblia por Ezequiel, quien dijo "Tarshish fue vuestro comerciante, en razón de la multitud de toda clase de riquezas; con plata, hierro, estaño y plomo que ofrecían en vuestras ferias..." En todo caso, Tartessos y su cultura desaparecieron en el siglo VI a.C. Si como se ha sugerido fue una colonia de la Atiántida, su destrucción significa la pérdida de otro posible vínculo con la isla sumergida y sus memorias, ya que, según se dice, conservaba documentos escritos de una antigüedad de seis mil años. Los mitos acerca de los territorios e islas desaparecidas que cultivaron los pueblos que poblaban las costas del Atlántico oriental hacen referencia a lugares con nombres que suelen evocar recuerdos de la Atiántida, como es el caso de Avalon, Lyonesse, Antilla y otros muy distintos, como la isla de san Brandan y el Brasil. En otros casos se les describe simplemente como "la isla verde bajo las olas". Hasta tal punto creyeron los irlandeses en la existencia de la isla de san Brandan, que enviaron media docena de expediciones a buscarla durante la Edad Media y se firmaron acuerdos por escrito determinando su división, una vez que hubiere sido hallada. Antilla, que es el mismo nombre —si no la misma isla— que los cartagineses con tanto afán procuraron mantener en secreto, fue considerada por los pueblos hispánicos como el lugar de refugio durante la conquista de España por los árabes. Se cree que los refugiados que escapaban de ellos navegaron hacia Occidente, conducidos por un obispo, y llegaron sanos y salvos hasta Antilla, donde construyeron siete ciudades. En los antiguos mapas se la sitúa generalmente en el centro del Océano Atlántico. Los esfuerzos de fenicios y cartagineses por cerrar el Atlántico a otros pueblos marineros dieron como resultado la perpetuación de la idea de que el Atlántico era un mar condenado. Sin embargo, la Humanidad nunca olvidó las Islas Afortunadas y otros territorios perdidos. En los mapas anteriores a Colón aparecen una y otra vez, ya sea cerca de España o en el borde occidental del mundo: Atlántida, Antilla, las Hespérides y las "otras islas". Como dijo Platón, "y desde las islas se podría pasar hacia el continente opuesto, qué bordea el verdadero océano". Mientras la Humanidad recuerda la Atlántida a través de las leyendas, algunos animales, pájaros y criaturas marinas parecen haber conservado también un recuerdo instintivo de la isla continente. El leming, un roedor noruego, se conduce de una manera muy curiosa. Cada vez que se produce un exceso en la población de estos animales y por consiguiente se produce un problema de escasez de alimentos, se reúnen en manadas y se precipitan a través del país, cruzando los ríos que encuentran en el camino, hasta que llegan al mar. Luego, penetran en el agua y nadan hacia Occidente, hasta que todos se ahogan. Las leyendas confirman lo que los atlantólogos sugerirían: que la manada de turones trata de nadar hacia un territorio que solía encontrarse hacia Occidente y donde podían encontrar comida cuando se les agotaban las provisiones locales. En las bandadas de aves migratorias que procedentes de Europa, cruzan anualmente el océano en dirección a Sudámerica se ha observado un comportamiento aún más notable, motivado tal vez por un instinto conservado en la memoria. Al aproximarse a las Azores, las aves comienzan a volar en grandes círculos concéntricos, como si buscasen un territorio donde descansar. Cuando no lo encuentran, prosiguen su camino. Más tarde, en el viaje de regreso repiten la maniobra. No ha podido establecerse si los pájaros buscan tierra o comida. El aspecto más interesante de este hecho es que el hombre atribuye a las aves su propia convicción, lo que es sin duda una actitud muy imaginativa, digna de la época de la leyenda, cuando hombres y animales intercambiaban sus pensamientos mediante el habla. Hay otra muestra de memoria animal que resulta aún más sorprendente, aunque no constituye una prueba definitiva. Es la relativa al ciclo vital de las anguilas europeas. Aunque resulte extraño, Aristóteles, tan escéptico frente al relato de Platón sobre la Atlántida, aparece envuelto en esta cuestión que a menudo se citaba como demostración de la existencia de la isla sumergida. Aristóteles, interesado como estaba en todos los fenómenos naturales, fue el primer naturalista que se sabe que planteó el problema de la multiplicación de las anguilas. ¿Dónde

se reproducen? Aparentemente, en algún lugar situado en el mar, ya que abandonan sus estanques, arroyos y ríos cada dos años y nadan a lo largo de los grandes ríos que desembocan en el mar. Esto era todo lo que se sabía acerca del lugar en que se reproducían las anguilas, desde que Aristóteles planteó la cuestión, hace más de dos mil años. No se pudo llegar a determinar el lugar hasta hace veinte años, y resultó ser el Mar de los Sargazos, una masa de agua llena de algas, situada en el Atlántico Norte, que rodea las Bermudas y que tiene una extensión equivalente aproximadamente a la mitad de los Estados Unidos. La travesía de las anguilas, bajo la forma de un enorme cardumen migratorio, ha podido conocerse con exactitud gracias al vuelo de las gaviotas que lo siguen y a los tiburones que nadan junto a él y que se alimentan de anguilas a medida que la migración se hace mayor. El cardumen tarda más de cuatro meses en cruzar el Atlántico. Después de desovar en el Mar de los Sargazos, a una profundidad de más de 500 metros, las anguilas hembras mueren y las jóvenes emprenden el viaje de regreso a Europa, donde permanecen durante dos años, para luego volver a repetir el fenómeno. Se ha sugerido que esta migración de las anguilas podría tener una explicación en el instinto de desove que las mueve a retornar a su hogar ancestral, que tal vez era la desembocadura de un gran río que fluía a través de la Atlántida hasta llegar al mar, como el Mississippi en su travesía por los Estados Unidos. Dicho instinto podría compararse en cuanto a su dificultad con el del salmón de Alaska, que debe remontar los ríos contra la corriente, sorteando represas, ya que la anguila debe seguir el curso de un río que ya no existe y que alguna vez fluyó a través de un continente que se hundió hace miles de años. Muchos han dicho que el Mar de los Sargazos constituía el emplazamiento de la Atlántida o el mar que se hallaba al Occidente de la isla sumergida. Un estudio del fondo de dicho mar podría demostrar válida una de las dos teorías, ya que una parte de los Sargazos cubre las enormes profundidades de las llanuras abisales de Hattaras y Nares, mientras otra se extiende sobre el promontorio de las Bermudas, con sus islas y montañas marinas. Los fenicios y cartagineses contaban que ciertas algas marinas del Atlántico se desarrollaban de tal manera que entorpecían el uso de los remos de las galeras y retenían a los barcos. Si hacían referencia al actual Mar de los Sargazos, no hay duda que eran capaces de navegar durante largas distancias. Sin embargo, las algas de este mar no son lo bastante densas como para retener un barco y parece, pues, que los fenicios hubieran inventado semejante historia como otro recurso para disuadir a sus competidores. Sea que las algas del Mar de los Sargazos constituyan restos de la vegetación sumergida de la Atlántida o no, lo cierto es que dicho mar en sí mismo, y sobre todo su ubicación, son temas fascinantes para la especulación.

Hacia el abismo del Océano

Si queremos determinar con certeza si la Atlántida existió alguna vez, ¿por qué no examinar hasta donde nos sea posible el fondo del océano, cerca del lugar donde se supone que se hundió la isla-continente? Donnelly, que contribuyó no poco a que renaciera el interés popular por la Atlántida, desde 1880 hasta nuestros días, escribió un informe acerca de los sondeos marinos de su época, en el contexto de lo que le sugería su propio estudio sobre el problema de la Atlántida. Supo expresar sus puntos de vista con una fuerza y convicción que no dejaron lugar a dudas:

Supongamos que hallamos frente al Mediterráneo y en medio del Atlántico, en las proximidades de las Azores, los restos de una inmensa isla sumergida, de 1600 kilómetros de anchura y 3200 o 4800 de longitud ¿No significaría eso la confirmación de las afirmaciones de Platón de que más allá del estrecho donde se

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar encuentran las Columnas de Hércules existía una isla mayor que Asia (Menor) y Libia juntas, llamadas Atlántida? Y supongamos que descubrimos que las Azores eran las cumbres de las montañas de esta isla sumergida, destrozadas y partidas por terribles convulsiones volcánicas, que alrededor de ellas y en dirección al mar encontrásemos grandes capas de lava y que toda la superficie de la tierra hundida estuviese cubierta por miles de kilómetros de restos volcánicos, ¿No nos veríamos entonces obligados a confesar que todos esos hechos eran pruebas muy consistentes de la veracidad de la afirmación de Platón de que "durante un día y una noche fatales acaecieron fortísimos terremotos e inundaciones que hicieron desaparecer aquel vigoroso pueblo? La Atlántida desapareció bajo el mar y luego el océano se hizo inaccesible, debido a la cantidad de lodo que quedó en lugar de la isla". Todo esto ha sido demostrado en forma concluyente por las últimas investigaciones. Barcos de distintas nacionalidades han efectuado sondeos a gran profundidad: el Dolphin, de Estados Unidos, la Grazelle, una fragata alemana y los británicos Hydra, Porcupine y Challenger han trazado el mapa del fondo del Atlántico y el resultado ha sido la revelación de un gran promontorio, que se extiende desde un punto en la costa de las islas británicas hacia el Sur, hasta las costas de Sudámerica, hasta Cape Orange, luego hacia el Sudeste, hasta las playas de África y por fin hacia el Sudoeste, hasta Tristán de Acuña... La tierra sumergida... se eleva a unos tres mil metros desde las grandes profundidades atlánticas que la rodean, y en las Azores, en las Rocas de San Pablo, la Ascensión y Tristán de Acuña alcanza hasta la superficie del Océano...

Perfil oceánico según Donnelly en que se describe la altura del fondo del océano, desde las Bermudas hasta las islas Madeira.

He aquí, pues, la columna vertebral del antiguo continente que alguna vez ocupó la totalidad del océano Atlántico y desde cuyas orillas se construyeron Europa y América. Las zonas más profundas de este mar, que alcanzan unas 3500 brazas, son las áreas que se hundieron antes; a saber, las llanuras al Este y al Oeste de la cadena montañosa central; algunas de las más altas cimas de esta cordillera, como las Azores, San Pablo, La Ascensión, y Tristán de Acuña, están aún sobre el nivel del mar, mientras que la gran masa de la Atlántida yace a una profundidad de unos centenares de brazas de agua. En esta cadena de montañas vemos la senda que alguna vez existió entre el Nuevo y el Viejo Mundo, a través del cual se trasladaban de un continente a otro las plantas y los animales y que sirvió también para que los hombres negros se desplazaran desde África hacia América y los rojos (los indios) desde América hasta el África. Tal como he señalado, la misma gran ley que provocó el descenso gradual del continente atlántico y levantó las tierras situadas a Oriente y Occidente de él, está vigente todavía: la costa de Groenlandia, que podría ser el extremo Norte del continente sumergido, está hundiéndose tan rápidamente que los viejos edificios construidos sobre las bajas islas rocosas están ahora sumergidos y los habitantes han aprendido por experiencia propia que no deben volver a construir cerca del borde del agua. Puede advertirse la misma depresión a lo largo de la costa de Carolina del Sur y Georgia, mientras el norte de Europa y la costa atlántica de Sudamérica se están levantando rápidamente. En estas últimas se ha advertido el surgimiento de costas de 1.888 kilómetros de largo y de alturas que van desde los 30 hasta los 390 metros. Cuando estas cordilleras se prolongaban desde América hasta Europa y África, impedían el flujo de las aguas tropicales del océano hacia el Norte y no existía la Corriente del Golfo. La tierra encerraba el océano, que bañaba las playas del Norte de Europa y era intensamente frío. El resultado fue el período de las glaciaciones. Cuando la barrera de la Atlántida se hundió lo suficientemente como para permitir la expansión natural de las aguas calientes de los trópicos hacia el Norte, el hielo y la nieve que cubrían Europa desaparecieron gradualmente; la Corriente del Golfo fluyó alrededor de la isla-continente y aún conserva el movimiento circular que adquirió originalmente debido a la presencia de la Atlántida. Los oficiales del Challenger hallaron la totalidad de la superficie de la cordillera atlántica cubierta de residuos volcánicos, que eran los restos del barro que, según nos cuenta Platón, hicieron imposible atravesar el mar, después de la destrucción de la isla. De esto no se desprende que las cordilleras que la conectaban con América y África se elevaran sobre el nivel del mar en la época en que la Atlántida quedó definitivamente sumergida. Es posible que se deslizaran gradualmente hacia el mar, o que se desplomaran debido a cataclismos semejantes a los que se describen en los libros centroamericanos. La Atlántida de Platón puede haberse reducido a la "Cordillera del Delfín" de nuestra época.

El barco norteamericano Gettysburg también ha realizado algunos descubrimientos notables en un área vecina... "El descubrimiento de un banco de sondeos localizado en los puntos N. 85° O., y a una distancia de 209 kilómetros del cabo San Vicente, anunciado recientemente por el comandante Gorringe, del Gettysburg, de los Estados Unidos, y que fue realizado en su última travesía del Atlántico, puede relacionarse con los sondeos previamente obtenidos en la misma región del Atlántico Norte. "Dichas pruebas sugieren la probable existencia de una plataforma o cordillera submarina que conecta la isla de Madeira con la costa de Portugal y la probable conexión de la isla, en tiempos prehistóricos, con el extremo sur-occidental de Europa..." Sir C. Wyville Thomson descubrió que los ejemplares de la fauna de la costa brasileña eran similares a los de la costa occidental de la Europa meridional. Esto se explica por la existencia de cordilleras que unen Europa con Sudamérica. Un miembro de la tripulación del Challenger opinó, poco después del término de la expedición, que la gran meseta submarina no es otra cosa que los restos de "la Atlántida perdida".

Cuando escribió estas líneas, Donnelly no conocía los últimos descubrimientos realizados en este campo. De haberlos conocido, su convicción habría sido aún mayor, si cabe. Desde la época de Donnelly, el fondo del mar ha sido estudiado con mucha mayor precisión, gracias al sonar y a la investigación submarina. Durante este período se ha descubierto también alguna información muy curiosa acerca de la plataforma continental de ambos lados del Atlántico. Dicha plataforma es el territorio próximo a la costa que aún forma parte, geológicamente, del continente, antes de deslizarse hacia las profundidades del mar para luego reaparecer en lo que se llama la llanura abisal. Un examen de las profundidades de los zócalos continentales reveló que los lechos de los ríos que fluyen hacia el Atlántico prolongan su curso a lo largo de la plataforma y que algunas veces atraviesan por cañones, de la misma forma en que los ríos erosionan la roca y la tierra. Esto ocurre con los ríos de Francia, España, el Norte de África y Estados Unidos, que desembocan en el Atlántico Norte y prosiguen por el fondo del mar, a lo largo de valles sumergidos, hasta alcanzar una profundidad de 2500 metros. El fenómeno es particularmente notable en el caso del cañón del Hudson, que extiende el lecho de dicho río a través de barrancos submarinos y a lo largo de unos 300 kilómetros, hasta el borde del zócalo continental. Ello parecería indicar que estos cursos fluviales que ahora se hallan a miles de metros bajo el mar fueron excavados cuando aquella parte de la plataforma continental era tierra firme y que, o bien la tierra se ha hundido, o bien ha aumentado el nivel del agua, provocando esta inundación de los lechos de los ríos. Al referirse a estos cañones fluviales submarinos, un boletín de la Sociedad Geológica de los Estados Unidos (1936) sugería que dichas "subidas y descensos mundiales del nivel del mar ...que equivalen a más de 2500 metros, deben haberse producido desde fines de la era terciaria..." En otras palabras, el período llamado plioceno, o sea, la era de la aparición del hombre. La ruptura de un cable submarino ocurrida en 1898, cuando se estaba instalando el cable trasatlántico, a unos 800 kilómetros al norte de las Azores, acarreó otro hallazgo extraordinario. Mientras se realizaba la búsqueda del cable se descubrió que el fondo marino de la zona estaba compuesto de ásperas salientes, cúpulas y profundos valles que recordaban más a la tierra que el fondo del mar. Utilizando hierros con garfios se logró recoger muestras de rocas a una profundidad de 1700 brazas, que al ser examinadas resultaron ser taquilita, una lava basáltica vítrea que se enfría fuera del agua cuando está sometida a la presión atmosférica. Según el geólogo francés Fierre Termier, que estudió del caso, si la lava se hubiese solidificado bajo el agua habría sido cristalina en lugar de vitrificada. Aún más, Termier supuso que la lava se había sumergido poco después de su enfriamiento, como lo demostraba la relativa aspereza del material recogido. Más aún, puesto que la lava tarda en descomponerse unos quince mil años, el hecho de que las muestras submarinas no se hayan descompuesto aún, así como el aparente enfriamiento ocurrido sobre el agua, encajan perfectamente con la teoría de la Atlántida, e incluso con la época en que según Platón, habría ocurrido la catástrofe. Termier dice además que "...toda la zona al norte de las Azores, y tal vez la propia zona donde se emplazan las islas —de las que podrían quedar sólo ruinas visibles— quedó

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