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Capítulo 19 de 22
Editorial Pomaire — parte 18 de 21
El Misterio De La Atlantida
evidente entre dos lenguas escritas del Viejo y el Nuevo Mundo, a través del Pacífico, aunque se trate de idiomas que no pueden ser leídos ni identificados. En el caso de los tuareg, el llamado "pueblo azul" del desierto del Sahara, en razón de que la tintura que usan en sus velos protectores colorea sus rostros de azul, la lengua escrita no coincide con la lengua hablada. Se cree que tienen vínculos idiomáticos con los pueblos púnico y libio de la Antigüedad, lo cual nos lleva de nuevo a la cultura fenicia. Pero el t'ifinagh, su idioma escrito y alfabético, distinto a la lengua que hablan, el temajegh, está siendo olvidado sin que se haya podido clasificar ni traducir adecuadamente. Esta extraña escritura perdida en el desierto constituye otro misterio lingüístico, esta vez con el añadido de ciertas tonalidades "atlánticas". En el continente americano encontramos constantes referencias a escrituras introducidas por dioses o maestros provenientes de Oriente o del mar oriental. Quetzalcóatl, por ejemplo, aparece como procedente desde "la tierra negra y roja", que, según podemos deducir, es la región de la escritura, puesto que el negro y el rojo eran los colores aztecas, utilizados principalmente en su lengua escrita a base de dibujos. ("La tierra negra y roja" también encaja en la descripción que Platón hace de las ciudades de la Atlántida, construidas con piedra roja y negra.) Sahagún, cronista español de la conquista de México, nos ha dejado una interesante descripción de un grupo de sacerdotes o sabios que habrían llevado la escritura a aquel país. Cita fuentes antiguas y dice: "(Ellos) vinieron desde más allá del océana y desembarcaron cerca (en Veracruz)... Ancianos sabios que poseían todas las escrituras, los libros, las pinturas". Fernando de Montesinos, un cronista español de la historia incaica, nos informa acerca de un extraño elemento presente en la tradición histórica peruana: según la historia "hablada", el inca Huanacauri (perteneciente a una dinastía anterior a la que exterminaron los conquistadores) fue aconsejado por los sacerdotes encargados del culto del Sol sobre la forma en que podría librarse de la plaga que estaba devastando su imperio. Lo que debía hacer era abolir la escritura. En consecuencia, impuso la pena de muerte contra quienes escribieran y mató a algunos desobedientes, y suponemos que la escritura, al igual que la plaga, desaparecieron de su imperio. ¿Cómo pudo sobrevivir el recuerdo de estos hechos, sin documentos escritos? Por medio de "archivos" humanos seleccionados para memorizar la historia y literatura incas. De hecho, algunos poemas muy largos en quechua e incluso ciertas obras de teatro tradicionales, como Ollantay, han sido "recordadas" mediante la transmisión oral desde la época de los incas y luego, en la época moderna, reescritas y puestas en escena. Los registros de población, producción y tributos del imperio inca eran conservados mediante un sistema de grandes tiras de cuerdas coloreadas y anudadas, y es posible que los archiveros entrenados para memorizar los utilizasen para refrescar la memoria, como un sustituto de los documentos escritos. Incluso hoy, no se comprende totalmente el uso que tenían los quipus, y es posible que subsistan algunos conocimientos incaicos en las aldeas andinas que hablan quechua y aymará. Existen en el Nuevo Mundo tantas inscripciones que han resultado ser obra de indios de nuestra época, de exploradores e incluso de bromistas, que los investigadores suelen examinar con extremo cuidado las numerosas y muy "antiguas" que pueden hallarse en Venezuela, Colombia y Brasil, lo mismo que en la costa occidental. Algunas de ellas parecen escritas en griego, otras en fenicio y otras son indescifrables. Debemos recordar que existen grandes zonas de Sudámerica que están inexploradas, y no sólo desde el punto de vista arqueológico, sino en todos los aspectos. Sólo han sido examinadas desde el aire y observando una jungla espesa que se parece mucho a un océano verde. Las numerosas inscripciones que se han hallado a lo largo de las orillas de los ríos, que podrían haber sido puertos, y en colinas que tal vez son ruinas, y las leyendas sobre ciudades perdidas y ocultas bajo el manto de los árboles, han hecho que se considere a este otro océano un posible lugar clave para las cuestiones de la Atlántida y la prehistoria. El explorador Fawcett, por ejemplo, perdió la vida allí, cuando estaba dedicado a buscar rastros de supuestas "ciudades perdidas". Aunque muchas de las inscripciones que se han encontrado en la zona oriental de Sudamérica han sido consideradas como falsas, parece improbable que las personas que
Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar quisieran llevarlas a cabo penetrasen con tal propósito hasta la zona más profunda del río, o que los pueblos primitivos de la jungla se hayan tomado tantas molestias, o que hayan aprendido las letras fenicias y griegas. Además, parece que se ha dado con ciertas pruebas concretas que indican que llegaron visitantes desde el otro lado del océano. Por ejemplo, el tesoro en monedas romanas que apareció en una excavación en Venezuela, cuya fecha más reciente es el año 350 a.C. Es posible que al avanzar en la exploración de la selva se encuentren y estudien nuevas inscripciones, que tal vez nos proporcionarían nuevos indicios, no sólo acerca de las primeras exploraciones americanas, sino sobre quiénes eran los exploradores y qué alfabetos o sistemas de escritura utilizaban. Por último, conservamos ciertas memorias lingüísticas, algunas de ellas posibles supervivencias aisladas de un lenguaje anterior a la inundación, y una cantidad de manuscritos indescifrados que cuando sean interpretados quizás aclaren el misterio (o contribuyan a hacerlo más complejo). ¿Hay algo más, desde el punto de vista lingüístico? Sí que lo hay: el nombre mismo de la Atlántida. Suponiendo que dicho continente o imperio existió realmente, es posible que sus habitantes lo conocieran con un nombre distinto del que se le da en las versiones griegas. La constante aparición de los mismos sonidos A-T-L-N en diversos lenguajes para señalar el punto de origen de la raza, la antigua patria, el paraíso terrestre, el origen de la cultura, y que son utilizados por pueblos de ambas orillas del Atlántico, constituye un testimonio vivo de una tierra y una civilización que la Humanidad no ha podido olvidar, sea o no cierta su existencia.
¿Dónde estaba la Atlántida?
Del mismo modo que coexisten opiniones considerablemente diferentes en el mundo académico respecto de si la Atlántida existió o no, incluso entre sus más fervientes partidarios, también hay criterios diversos acerca de su localización geográfica. Muchos piensan, como Platón, que está sumergida en el Atlántico. Otros creen que se encuentra bajo tierra, por ejemplo bajo las arenas del Sahara, que en una época anterior estuvieron cubiertas por un mar interior. Otros consideran que puede hallarse bajo el hielo del Ártico, o bajo las aguas de otros océanos y mares, y hay quienes afirman que la Atlántida fue simplemente el nombre que Platón aplicó a otra cultura histórica, situándola "más allá de las columnas de Hércules" por un error geográfico. Se han escrito varios miles de libros para demostrar la existencia o inexistencia de la Atlántida, pero es interesante que analicemos lo que piensan los autores o investigadores más destacados, antiguos o modernos, en cuanto a la situación geográfica de la isla-continente. Después de realizar una muestra de 270 especialistas llegamos a la siguiente división de opiniones (considerando el elevado número de quienes han escrito sobre el tema, sólo hemos tenido en cuenta a los de mayor importancia histórica o a los investigadores más destacados, o a los que han realizado expediciones de búsqueda en una zona especial):
Supuesta localización de la Atlántida Número de partidarios de esta localización:
Isla sumergida o puentes terrestres en el Atlántico 97 Nunca existió físicamente. Es sólo una leyenda 46 Existió en Norte o Sudamérica o en ambas a la vez 21 En Marruecos o el norte de África, incluyendo Cartago 15 En Tierra Santa, posiblemente en Israel o El Líbano, Tartessos y el sur dé España, Creta y/o Tera 9
Gibraltar; otras islas del Mediterráneo y/o Malta 6 Continente hundido en el Pacífico 4 Desierto del Sahara, Irán 3 Islas Canarias, Ceilán, México, Groenlandia, Sudáfrica, Crimea y sur de Rusia, Países Bajos, montañas del Cáucaso, Brasil, Nigeria 2 Arabia, Bélgica, Gran Bretaña, Cataluña, Prusia Oriental, Etiopía, Francia, Iraq, Mecklenberg (Alemania), Europa del Norte, continente del Polo Norte, Portugal, Siberia, Spitzbergen, Suecia, Venezuela, Indias Occidentales, isla sumergida en el océano Indico 1
En esta lista no se menciona en forma separada a las islas Azores, puesto que para los que piensan que la Atlántida era un continente sumergido en el Atlántico, las Azores son cumbres de montañas no cubiertas por las aguas que se alzaban en el "octavo" continente, como también suele llamársele. Llama la atención que casi una quinta parte de los investigadores (que han pasado un número indeterminado de años llevando a cabo su investigación) hayan llegado a la conclusión de que la Atlántida nunca existió, excepto en las mentes de quienes escribieron acerca de ella. Muchos de ellos piensan que, o bien Platón la inventó, como un ejemplo para ilustrar su idea acerca del Estado perfecto, o bien escuchó el nombre de labios de viajeros que regresaban del Mediterráneo Occidental y lo utilizaban en relación con lugares que existían y cuyos adelantos arquitectónicos y en materia de ingeniería, así como su avanzada organización, les había impresionado profundamente. Los informes sobre la grandeza de Babilonia, Creta o Persia encajan perfectamente en esta idea de una "superpotencia". Otros han sugerido que los sacerdotes egipcios podrían haber contado a Solón lo que relata Platón, pero que lo habrían hecho con el fin de ganarse su voluntad y establecer la reputación de los atenienses como pueblo que había sido lo bastante fuerte en el pasado como para derrotar al ejército atlántico. Los críticos modernos de la teoría atlántica parecen haber perdido un tanto de su escepticismo desde la época de Aristóteles. Esta aparente simpatía hacia el tema, incluso de parte de quienes no dejan de mostrar su reserva, puede deberse al atractivo que ejerce la leyenda atlántica, o a un mejor conocimiento del pasado, que lleva a la creencia generalizada de que ciertas culturas prehistóricas no han sido descubiertas aún y de que la época prehistórica del hombre tiene una antigüedad mayor de lo que pensamos. Algunos de los antiatlantistas han llegado a la conclusión de que la isla-continente viene a llenar una necesidad psicológica: la que siente el hombre de refugiarse en la idea de que alguna vez, en una edad de oro, las cosas eran mejores, antes que otros factores provocaran la destrucción de la primera civilización perfecta del hombre. Otros la consideran un ejemplo desde el punto de vista pedagógico, sobre todo teniendo en cuenta que la leyenda afirma que la Atlántida fue destruida como consecuencia de la decadencia moral de su pueblo. En esta idea abundan los que creen en la isla-continente de hoy y esperan que la Humanidad haya aprendido la lección del pasado y no volverá a provocar su propia destrucción. El tema vuelve a plantearse cada vez que se descubre una civilización misteriosa. Entonces se plantean preguntas de este tipo: ¿Podría tratarse de la Atlántida? o ¿es esto lo que originó la leyenda de la Atlántida? Algunas de estas teorías son particularmente interesantes por las medidas que mencionan. Es decir, habría que tomar las dimensiones que Platón atribuyó a la isla-continente y a su ciudad capital, con su red de canales, y aplicarlas, o interpretarlas, según los lugares arqueológicos de que se trata. Albert Hermann, un historiador-geógrafo que se contaba entre quienes pensaban que la Atlántida estaba en Túnez, basó una gran parte de su teoría en una posible traducción errónea de lo que los sacerdotes egipcios de Sais dijeron a Solón. Observa cómo todas las medidas que proporciona Platón son divisibles por 30, y por ello cree que las medidas de los egipcios estaban probablemente dadas en "schomos" (un estadio equivale a treinta schomos)
Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar y que, de alguna manera, en un confuso intento por hacer que la traducción resultara bien, el traductor multiplicó por 30 las cifras que le daban. Pero no podemos estar seguros de que Solón utilizó traductor, pues es posible que los sacerdotes egipcios hablasen griego. En todo caso, Hermann hizo coincidir a Túnez exactamente con las medidas atribuidas a la Atlántida, y al medir la gran planicie central descubrió que sus dimensiones también coinciden con las de la isla sumergida, si se divide por 30. En su opinión, Shott el Djerid, un lago pantanoso en cuyos alrededores se encontraron moluscos marinos, fue antes el lago Tritonis, un mar interior abierto hacia el Mediterráneo, y los grandes canales circulares tenían una anchura de sólo tres metros. Hermann pensó que había encontrado restos de la ciudad de Poseidón, que según él estaba relacionada también con las leyendas árabes sobre la antigua "ciudad de bronce", situada en el Sahara, cerca de la aldea de Relisia. Esta aldea contaba sólo con quince casas, pero disponía de ciertas vías de agua subterráneas (¿restos de canales?). Sin embargo, aunque las medidas horizontales que presenta Hermann son cuando menos discutibles, la aplicación de las dimensiones verticales en una relación de 30 a 1 convertirían las grandes montañas y soberbios templos descritos por Platón en simples montículos y chozas. Otro alemán, el pastor Jürgen Spanuth, escribió un libro en 1953 situando la Atlántida en el Mar del Norte, en la desembocadura del río Elba, al este de Heligoland, donde muy frecuentemente se habla acerca de edificios sumergidos. Según él, la isla-continente era la capital de un imperio septentrional del que habría partido el ataque contra Egipto, que según los archivos egipcios habría tenido lugar en el siglo XII a.C. Refiriéndose especialmente a algunas grandes rocas halladas en el fondo llano y que según él podían corresponder a la ciudadela atlántica, Spanuth introdujo un nuevo elemento en la investigación submarina: los buceadores. Pensamos que ésta fue la primera vez que se han utilizado buceadores en la búsqueda de la Atlántida, lo que constituye un adelanto a la vez lógico y prometedor. Sin embargo, en el caso de Spanuth, los mensajes telefónicos de los submarinistas desde el fondo al buque madre y a una profundidad de sólo ocho metros, indicaban un entusiasmo exagerado. Informaron haber hallado una serie de muros paralelos "hechos de grandes rocas". Sus mediciones posteriores e incluso sus colores coinciden con el relato de Platón, aunque a escala reducida, como ocurre con la teoría de Hermann. Otras dos expediciones submarinas que se llevaron a cabo en este lugar efectuaron nuevas mediciones y extrajeron algunos trozos de pedernal trabajados. Debido al aumento general del nivel de las aguas en relación con el hundimiento de la costa en muchas partes de Europa, que tuvo lugar en las Edades de Piedra y de Bronce, muchas otras tierras sumergidas a la orilla del mar podrían encerrar nuevos elementos de la Edad de Piedra. Pero la exploración submarina en las zonas cercanas a la costa, en el Mar del Norte o en el Atlántico Norte es difícil y a menudo poco satisfactoria, debido a la falta de visibilidad, algo muy distinto a lo que ocurre en las aguas habitualmente claras del Mediterráneo, el Caribe y otros mares más meridionales. Probablemente, la explicación más verosímil de la Asentida como actual emplazamiento arqueológico de la isla de tera, en el mar Egéo, la debemos a dos investigadores griegos, los doctores Spiridon Marinatos, arqueólogo, y Angelos Galanopoulos, sismólogo. Su teoría aparece en el libro Voyage to Atlantis (Viaje a la Atlántida), del arqueólogo y oceanógrafo norteamericano James Mavor. En él se explica el misterioso colapso del imperio minoico de Creta y la destrucción de su espléndida capital, Cnosos, como consecuencia de una explosión volcánica que destruyó la isla de Tera en el año 1500 a. C., dejando un enorme abismo submarino donde antes se hallaba una parte de la isla. Según se cree, esta convulsión afectó también a Creta, abatiendo y quemando ciudades que nunca recuperaron su elevada civilización anterior. Las ondas provocadas por este fenómeno debieron alcanzar las playas del Mediterráneo, hundiendo poblaciones costeras y dando origen quizás a las leyendas sobre la inundación universal. Las excavaciones han revelado la presencia de cenizas volcánicas en Tera y Creta que algunas veces alcanzan una profundidad de 40 metros. Futuras excavaciones en tierra o en el fondo del mar nos proporcionarán, sin duda, información más detallada sobre la catástrofe. Como el comercio entre Egipto y Creta fue interrumpido por el misterioso declive de Cnosos y del imperio minoico, es posible que los egipcios, al no tener noticias de Creta, hayan
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