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Capítulo 20 de 22
Editorial Pomaire — parte 19 de 21
El Misterio De La Atlantida
dado origen a la leyenda de que ésta había desaparecido o se había hundido. Se ha sugerido también que las informaciones respecto a una invasión de Egipto desde el Norte podrían responder al movimiento de las oleadas de gentes arruinadas por el terremoto, que habrían atacado la nación egipcia en su afán por encontrar nuevas tierras donde instalarse. El doctor Galanopoulos ha dado mayor fuerza a la teoría que sitúa la Atlántida en la isla de Tera. Su método consiste en dividir las medidas de Platón, y también sus otros cálculos, por 10, en caso de que sean superiores a mil. Si son inferiores a esa cifra las acepta sin modificaciones. De esta forma, el foso que rodeaba la ciudad principal de la Atlántida, convertido en kilómetros, no tendría una extensión de 1800 kilómetros, sino de 180, que sería aproximadamente la circunferencia de la planicie de Mesara, en Creta. Se podría calcular igualmente que el ejército constaba de 120.000 hombres, en lugar de 1.200.000 y la flota de la isla quedaría reducida, de 1200 barcos, a una cifra más modesta, de 120. Incluso la fecha señalada por Platón para la destrucción de la Atlántida resultaría más de acuerdo con la de la destrucción real de Tera, si se divide por diez. La explicación de esta discrepancia en los números superiores a 1000 sería que el error básico se cometió al reducir los jeroglíficos egipcios o al interpretar incorrectamente el manuscrito cretense. Arthur Clarke, un destacado científico y escritor de ciencia ficción, que se interesa tanto por el pasado y las profundidades como por el futuro y el espacio, opina que, incluso si la Atlántida hubiese existido, los pueblos mediterráneos habrían recordado el desastre de Tera, por ser más reciente. Clarke hace notar que nadie habla acerca del terremoto de San Francisco, ocurrido en 1836, porque se suelen recordar únicamente las catástrofes más próximas en el tiempo como, por ejemplo, el "incendio" de 1906, que por lo demás fue mucho menos grave. Y luego plantea la siguiente y muy inquietante analogía: que si se lanzara una bomba atómica en Chicago, los sobrevivientes sólo recordarían la bomba y no el incendio de 1871. Ignatius Donnelly citó la isla de Tera (llamada también Santorini o Santorin) en 1882, como ejemplo de las transformaciones ocurridas en algunas islas del Mediterráneo, a causa de erupciones volcánicas y terremotos, y sostuvo que "un examen reciente de dichas islas muestra que la masa total de Santorin se ha hundido más de-400 metros desde que fue proyectada fuera del mar". Aparentemente, Donnelly se refería a la profunda "caldera" que ocupaba anteriormente la isla de Tera (Santorin) antes de hundirse. El doctor Galanopoulos, que ha participado en investigaciones realizadas en este mismo lugar, sugirió que la capital atlántica estaba situada en los alrededores de aquella depresión, y ha ofrecido una ingeniosa superposición que muestra cómo la cindadela de Po-seidón descrita por Platón encajaría dentro de los "dientes" de Tera que se extiende hacia Occidente desde el extremo oriental de la isla, formando una bahía. Se ha informado que algunas ruinas submarinas se hallaban a una profundidad de 40 metros en esta bahía. Por su mismo aspecto Tera parece la parte sobreviviente de algún cataclismo, con su cono central humeante, sus arrecifes negros y sus frecuentes y periódicos terremotos. Uno de ellos destruyó recientemente el sistema de transporte por funicular hacia el volcán central. Como prueba adicional de la actividad sismológica en la zona, cada cierto tiempo emergen pequeñas islas del fondo del mar, que los nativos llaman "las islas quemadas". El agua en torno a ellas es tan sulfurosa que los pescadores han descubierto que pueden eliminar las lapas adheridas a sus botes, por el simple procedimiento de anclarlas cerca de dichas islas durante varios días. El nombre de Tera se deriva del griego antiguo, "bestia feroz", y el lugar sigue haciendo honor a estas sugerencias de peligro y vida salvaje, rugiendo y humeando, como dispuesta a ofrecer en cualquier momento una repetición de la gran explosión. Pero Tera y Creta se hallan dentro del Mediterráneo, y sin duda aquende las Columnas de Hércules; en cambio Platón y la leyenda sitúan la Atlántida en medio del Atlántico. ¿Es posible que el filósofo griego o sus informadores hubiesen sufrido una confusión geográfica? Muy posible, teniendo en cuenta la época en que vivió. Y, sin embargo —el nombre de la Atlántida no ha sido mencionado en relación con Tera o Creta— fueron centros de civilizaciones en los que ocurrieron algunas catástrofes. Si aceptamos la destrucción de Tera, como estamos
Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar obligados a hacerlo dadas las evidencias de que disponemos, ¿significaría ello que debemos abandonar cualquier idea acerca de la Atlántida atlántica? Si aceptamos igualmente que Tera fue la Atlántida, todavía tendríamos que explicar el nombre mismo y ciertas interrogantes misteriosas y aún no resueltas relacionadas con las tradiciones, la memoria racial, distribución de animales y personas, y las similitudes culturales en materia de arte y arquitectura que estaban presentes en ambos lados del Atlántico, antes de Colón. Pero, ¿hay algo más? ¿Existen otros indicios en el sentido de que la Atlántida no era solamente un nombre atribuido a una buena historia basada en un desastre local? Existen algunos hechos sorprendentes que, al ser considerados cuidadosamente en relación con otros factores, podrían convertirse en una gran ayuda para explicar el misterio de la isla-continente y abrir el camino hacia una futura explicación más adecuada. Pero, antes de ofrecer la explicación obvia (si es que puede explicarse de manera obvia algo que ocurrió en el pasado distante), he aquí otro aspecto misterioso de la cuestión: cuando se descubrieron las islas Canarias, en el siglo XIV, y una vez que los españoles pudieron comunicarse con sus habitantes, éstos manifestaron su sorpresa de que existiera otro pueblo vivo, ya que pensaban que toda la Humanidad había perecido en una catástrofe y que sólo algunas montañas, que ahora constituían su hogar, habían permanecido sobre el agua. Además, estos isleños poseían una extraña mezcla de civilización y barbarie de la Edad de Piedra. Entre otras cosas, se regían por un sistema de monarquía electiva compuesta por diez reyes, adoraban al Sol, tenían una clase sacerdotal especialmente dedicada al culto de este dios, momificaban a sus muertos, construían sus casas con piedras encajadas con mucha precisión y con paredes pintadas de rojo, blanco y negro, tenían grandes fortificaciones circulares, practicaban una forma de irrigación por medio de canales, se tatuaban la piel mediante sellos que imprimían los dibujos, confeccionaban una cerámica similar a la de los indios americanos, fabricaban lámparas de piedra, poseían literatura y poesía y contaban con un lenguaje escrito y con alfabeto. Su lenguaje hablado, que ahora se ha perdido, parece haber estado relacionado con el del pueblo beréber y tal vez también con los de los pueblos tuareg, de África, a los que se ha considerado posibles sobrevivientes de la isla de Platón. Varios de estos rasgos culturales coinciden estrechamente con las tradiciones atlánticas y de otras civilizaciones mediterráneas y trasatlánticas. Se ha sugerido que las Canarias pudieran haber sido colonizadas por los fenicios; sin embargo, es dudoso>que los descendientes de un pueblo de marinos vivieran en islas pero evitando el contacto con el mar. La explicación de este hecho podría ser que una inundación o hundimiento hubiese dejado una huella permanente en el sistema psíquico de los sobrevivientes. Hay otros indicios que apuntan hacia un considerable declive cultural, como por ejemplo que para hacer la guerra se sirvieran de armas de piedra y madera. Sin embargo, su organización fue lo bastante eficaz como para hacer frente durante cierto tiempo a los españoles. Al examinar los cráneos de las momias se ha advertido una curiosa similitud en las costumbres médicas; concretamente en las técnicas de trepanación, que consistían en colocar una lámina de oro o plata sobre el cerebro cuando el cráneo había sido herido. Tanto los guanches de las islas Canarias como los incas peruanos practicaron este arte delicado, pero sólo podemos especular acerca de si esto era una consecuencia de una cultura atlántica compartida o si se desarrolló en forma natural en unos pueblos habituados a golpear a sus enemigos en la cabeza. Incluso algunas de las características físicas que Platón describe en detalle pueden ser identificadas en las islas atlánticas. El filósofo menciona la existencia de rocas negras, blancas y rojas, como las de origen volcánico que todavía pueden verse en las Azores, las Canarias y otras islas del océano Atlántico. La referencia a climas templados y cantidades ilimitadas de fruta pueden aplicarse todavía a Madeira, las Canarias y las Azores, y la gran montaña que se alza desde la planicie central podría ser el monte Teide, de Tenerife. En la narración de Platón se advierte otra coincidencia, cuando habla de manantiales fríos y calientes, que habrían sido creados por el tridente de Poseidón. Estas fuentes, al igual que las rocas blancas, negras y rojas, también existen en las Azores.
Paul Le Cour, fundador de la organización francesa "Amigos de la Atlántida" y de la revista "Atlántida", visitó las Azores y comentó estas coincidencias. También se refirió al uso que actualmente se da a los trineos en las Azores. Los isleños los hacen deslizar sobre piedrecillas redondas, lo que significa trasladar a la época moderna un sistema de transporte correspondiente a la Edad de Piedra. Las Azores, aún más que la isla Tera, presentan un aspecto de tierras sumergidas, con grandes cumbres montañosas de color negro que se alzan directamente desde el mar. En la época clásica hubo evidentes contactos esporádicos entre los guanches y los fenicios, cartagineses, numidios y romanos, pero el nivel cultural había retrocedido considerablemente en el momento de su "redescubrimiento" por los españoles. No existen documentos relativos al descubrimiento de habitantes nativos en las Azores, aunque se han encontrado ciertas reliquias de indígenas o visitantes que llegaron por el mar. En una caverna de la isla de San Miguel se descubrió un bloque de piedra con una talla que representaba un edificio. Paul Le Cour, llevado del entusiasmo que nacía de su condición de fundador de los "Amigos de la Atlántida", clasificó esta talla como la reproducción de un templo atlántico. Parece que las islas fueron visitadas por cartagineses y fenicios, puesto que se han encontrado monedas de Cartago en Corvo, la más occidental de las Azores. Los primeros exploradores también hallaron en Corvo la estatua de un jinete, esculpida en piedra y con una inscripción indescifrable en la base. Desgraciadamente para los investigadores posteriores, el rey de Portugal ordeno su traslado en el siglo XVI. La estatua ha desaparecido y también la base y la inscripción. Sin embargo, ha llegado hasta nosotros otra pieza fascinante, según señala A. Braghine, un moderno investigador, en su libro The Shadow ofAtlantis (La sombra de la Atlántida). Cuando los exploradores portugueses que buscaban nuevos territorios llegaron a las Azores y vieron la estatua, advirtieron que el brazo del jinete apuntaba hacia Occidente; es decir, hacia el Nuevo Mundo. Se dice que los habitantes de las islas la llamaban Cates, lo cual no tiene significado, ni en portugués ni en español, pero que, por una curiosa coincidencia lingüística, se asemeja, en el lenguaje quechua del antiguo imperio inca, a la palabra cati, que quiere decir "siga", o "vaya hacia allí". Al estudiar las islas del Atlántico y su posible relación con las costas del Atlántico y con las islas y culturas del mundo mediterráneo primitivo, nos acercamos mucho a una posible solución del misterio de la Atlántida, un misterio que tal vez nunca lo fue, ya que siempre hemos tenido una explicación a mano. La investigación oceanógrafica, al igual que la exploración submarina por medio de hombres-rana, que constituye un campo de investigación completamente nuevo, se han unido para proporcionarnos una respuesta lógica y verosímil. Aunque algunos suelen ser visionarios, los submarinistas tienden al mismo tiempo a adoptar una actitud práctica y pragmática, que les ayuda a sobrevivir. En los últimos años, y gracias a observaciones de primera mano, han advertido que las aguas de la tierra han estado subiendo a través de los siglos y que a ello se debe que todavía exista un terreno abonado para los descubrimientos arqueológicos a lo largo de las líneas costeras del Mediterráneo, el Caribe y otros mares. Jean-Albert Foéx nos ha ofrecido la explicación más plausible y al mismo tiempo más obvia acerca de la Atlántida, en su libro Histoire sous-marine des Hommes (Historia submarina de los hombres)*. Su deducción no se basa en leyendas o mitos, sino en hechos científicos aceptados como tales. Se apoya en el consenso general existente entre geólogos y oceanógrafos, en el sentido de que, si bien el nivel del agua se ha elevado en los últimos milenios a un ritmo de unos 30 centímetros cada siglo, hace muchos miles de años se produjo una enorme crecida, a un ritmo mucho más rápido. Alrededor del siglo X a.C., el nivel del mar se hallaba unos 135 a 150 metros por debajo del actual. La elevación del nivel se debió a las inundaciones originadas por el deshielo de los últimos glaciares. Cuando el tercer y último glaciar se retiró y los hielos se derritieron, las aguas se elevaron en más de 150 metros y produjeron lluvias torrenciales y erupciones volcánicas, especialmente en las zonas volcánicas
* Publicado por Editorial Pomaire en 1969. (N. del E.)
Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar del Atlántico. Esto debió parecer como el fin del mundo, en medio de un gran diluvio. En otras palabras, el "complejo cultural" atlántico, que lógicamente se debió producir en las islas de clima templado y en las costas adyacentes, desapareció durante los trastornos sismológicos que acompañaron a las grandes inundaciones subsiguientes al deshielo. Este aumento del nivel de las aguas podría explicar también el gran crecimiento del Mediterráneo, cuyo fondo no es un verdadero fondo marino, sino que se caracteriza por tener valles y montañas. Esta vez, al estudiar la Atlántida estamos pisando terreno científico firme, en general. Sabemos que los glaciares existieron; que el hombre preglacial también existió, y conocemos el ritmo de aumento de nivel de las aguas del océano gracias a la precisión que el empleo del carbono radiactivo nos ofrece para establecer la edad de los materiales dragados. Entre esos materiales figuran conchas marinas, moluscos, turbas, mastodontes y mamuts e incluso herramientas prehistóricas. Si proyectamos las islas del Atlántico de acuerdo con su situación en aquella época, incluyendo todo el fondo del mar que las rodeaba, hasta una profundidad de 150 metros o más, obtenemos islas con áreas terrestres mucho mayores; tal vez no del tamaño de los continentes, pero sí lo bastante extensas como para mantener una población numerosa y activa, capaz de desarrollar una civilización. Algo similar ocurrió con las otras costas, de Francia, España, Portugal, África del Norte y América, que se extendían probablemente tanto como el zócalo continental, como lo demuestran los cañones submarinos que parten de los ríos actuales hasta llegar al borde de grandes abismos. Estas islas oceánicas no sólo habrían sido mayores que las actuales, sino más numerosas, lo cual significaría extensas zonas secas comprendidas en las orillas de las grandes y pequeñas Bahamas, donde se han realizado recientes descubrimientos de edificios y ciudades sumergidas. La extensión "anterior a la inundación" de estas zonas y de las islas atlánticas nos recuerda la mención por parte de Platón de "...otras islas; y desde las islas se podía atravesar al continente opuesto...". Los centros poblados de este imperio prehistórico se encontrarían, naturalmente, en el antiguo nivel del agua y es precisamente allí, como sugiere Foéx, donde la búsqueda de la Atlántida debería arrojar resultados provechosos. No sería la búsqueda de leyendas y tradiciones, sino la exploración de ciudades y puertos reales pertenecientes a la sumergida isla-continente. Tanto en las Azores como en las Canarias se ha informado de la existencia de construcciones submarinas de origen desconocido. Con esta explicación, que aparece corroborada por la ciencia, por lo menos en cuanto se refiere a la elevación del nivel de las aguas, devolvemos la isla-continente perdida al Atlántico, precisamente al lugar donde la situaba Platón. Pero era distinta, algo más pequeña, incluidas islas mucho más grandes y cercanas a las costas de los continentes que la rodeaban, tal como lo describieron Platón y otros autores. Incluso el factor tiempo es inesperadamente coherente. Platón sitúa el hundimiento, según le informaron los sacerdotes de Sais, hace 11.250 años, mientras la ciencia moderna sugiere el año 10.000 a.C. como el período del fin de los últimos glaciares europeos, a los que siguió la inundación. La difusión de la civilización megalítica hacia Europa se produjo alrededor de esta época y, puesto que las fechas correspondientes a las culturas Tartessos, el sur de España, el norte de África y las islas mediterráneas están siendo constantemente retrasadas, todas ellas se acercan al período de la última retirada de los glaciares y del supuesto éxodo desde la Atlántida. En otras palabras, todo era parcialmente cierto, pero ligeramente deformado a través del turbulento polvo de la leyenda y de la inconstante memoria del ser humano. Hubo una vez grandes islas en el Atlántico. Ocurrió una vez una inundación que pareció cubrir la tierra, pero las aguas no retrocedieron y todavía están en torno a nosotros. Y las tierras no se hundieron realmente, sino que resultaron anegadas, y con excepción de los sectores cubiertos por las mareas, no volvieron a emerger. Y esas tierras perdidas están todavía allí, en lo profundo del océano, y sólo sobresalen del Atlántico sus partes más elevadas. A lo largo de sus orillas sumergidas y los terrenos originalmente fértiles de la época anterior al diluvio, deben yacer las ruinas y los restos de sus ciudades, palacios y templos. Naturalmente, la visión de la Atlántida a la que acabamos de referirnos, esta civilización del océano anegada por el deshielo de los glaciares no coincide precisamente con el imperio
mundial, postulado por Donnelly, ni con la edad de oro soñada por tantos de sus supuestos descendientes. Probablemente no fue tampoco la supercivilización que pretenden otros escritores, que poseía adelantos ultramodernos y fue castigada por sus pecados, como ejemplo para todos nosotros. Lo que sin embargo es probable, es que en aquellas fértiles y florecientes islas algunos de los hombres de Cro-Magnon desarrollaran inicialmente una cultura que luego difundieron hacia otras tierras. Ello habría ocurrido antes y después que los cambios experimentados por el planeta les obligaran a emigrar. No sabemos qué idioma hablaban y sólo tenemos una vaga idea respecto de sus rasgos culturales. Pero si alguna vez llegamos a descubrirlo —y existen buenas posibilidades de que ello sea así— sabremos mucho más acerca del origen de nuestra civilización, de nuestro pasado cultural, nuestra prehistoria y, tal vez, acerca de nosotros mismos.
¿Es posible encontrar la Atlántida?
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