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Capítulo 15 de 22

Editorial Pomaire — parte 14 de 21

El Misterio De La Atlantida

...Aquel pueblo prehistórico maravillosamente culto, cuya civilización he documentado, resultó de la fusión de los libios de la Antigüedad, que en una etapa anterior a la historia de la Humanidad vinieron a Andalucía desde la Atlánti-da para comprar el oro, la plata y el cobre extraído por los mineros neolíticos de Río Tinto, y en el curso de las generaciones... fundieron las culturas ibérica y africana hasta tal punto, que África y Tartessos resultaron en una raza común, la libio-tartessa.

Se estima que la civilización tartessa contaba con documentos escritos de hasta 6.000 años de antigüedad, y en una aldea de pescadores española cercana a Tartessos, Schulten encontró un anillo con una inscripción que se ha considerado una excelente prueba de la existencia de la escritura.

"Letras" aún no descifradas, encontradas en un anillo cerca del lugar donde estuvo emplazada Tartessos.

La señora Wishaw ha reunido otras inscripciones ibéricas prerromanas (que nadie ha podido todavía traducir) y afirma que alrededor de 150 de estos Signos alfabéticos pueden verse también en las paredes de las cuevas excavadas en roca, en Libia. Puede que esto no constituya una prueba de la existencia de la Atlántida, pero en cambio sí parece demostrarla existencia de una civilización mediterránea occidental muy antigua y muy poco conocida. Esta cultura presenta muchos aspectos similares a la de la antigua Creta, con la cual tuvo posiblemente algunos contactos. Uno de los hallazgos más notables de la cultura ibérica es el busto llamado "La Dama de Elche", que fue descubierto en el Sur de España, cerca de la ciudad de ese nombre. Algunos piensan que es un retrato de una sacerdotisa de la Atlántida, y constituye por sí sola una prueba del alto grado de civilización alcanzado por los antiguos habitantes de España. Se ha sugerido con frecuencia que Esqueria, la tierra de los feacios situada "en el fin del mundo" y que Hornero menciona en La Odisea, sirvió a Platón de modelo para su relato de la Atlántida. Muchos aspectos de Esqueria recuerdan la narración platónica: el maravilloso y resplandeciente palacio de Alcino, "hecho de metal"; "las gigantescas y sorprendentes murallas"; el poder marítimo de los feacios, la ciudad construida en una llanura flanqueada por grandes montañas en el Norte e incluso la mención de dos manantiales en el jardín del palacio real. Subsisten las dudas acerca del emplazamiento de Esqueria. Hornero, al describir la tierra o isla visitada por Ulises en su viaje de regreso después de la guerra de Troya, en el que hizo muchas escalas, estaba repitiendo quizá los relatos que había escuchado en alguno de los diversos lugares que habían conservado una antigua y muy desarrollada civilización. Por

ejemplo, Creta, Corfú, Tartessos, Cades, o la propia Atlántida, como sugiere Donnelly. Sin embargo, y dado que el nombre de Esquena sólo aparece en La Odisea, la respuesta podría estar en el significado del nombre. En fenicio esquera significa "intercambio" o "comercio", de manera que la palabra pudo ser utilizada simplemente como una expresión general para describir cualquier centro comercial poco conocido en la época, y tal vez se utilizó para designar lejanos centros occidentales, como Tartessos o Cades, o alguna isla o isla-continente del océano Atlántico.

Pinturas africanas que muestran una forma de arte sorprendentemente elaborada y realizada por algún pueblo hace miles de años, en plena Prehistoria. Resulta especialmente interesante observar que el artista, dotado de un sentido de la línea y la perspectiva muy desarrollado, representó a los animales como un estudio decorativo, pastando pacíficamente, mientras la tosca figura del cazador, que aquí aparece sólo en parte, fue agregada miles de años después.

Hay otras teorías muy misteriosas según las cuales la Atlántida nunca se hundió, que está todavía en tierra firme y que bastaría con llevar a cabo una excavación para encontrarla. Una de las más importantes de estas versiones de "tierra firme" se basa en los cambios climáticos ocurridos en el norte de África. En las montañas Tassili, de Argelia, y en la vecina cadena Acasus, en Libia, hay cavernas con pinturas que datan de hace diez mil años y en las que se reproduce una tierra placentera, muy poblada, llena de ríos y bosques y en la que abundan toda clase de animales africanos, como los que ahora han desaparecido, pero que alguna vez existieron en una región que en la actualidad es tan árida como la superficie de la Luna. Además de los indicios de un completo cambio climático como lo sugieren las pinturas de las cavernas, en su ejecución vemos ciertas similitudes respecto a las de la Europa prehistórica que constatan la existencia de una cultura evolucionada y un largo período preparatorio de desarrollo artístico, que se advierte en el uso de la perspectiva y en la libertad formal. La presencia de una otra gran población coincide con la teoría generalmente aceptada de que, en el actual emplazamiento del desierto existieron alguna vez grandes ríos, bosques e incluso mares interiores. Los restos de estos cursos de agua todavía fluyen bajo las arenas del desierto y las tribus de la región aún conservan el recuerdo de tierras más fértiles. La progresiva aridez del actual norte de África y la supervivencia de gran parte de la costa son las bases de otras teorías francesas que sostienen que tanto Túnez como Argelia poseían un mar interior, abierto al Mediterráneo e incluso conectado con el del Sahara. Otro de estos mares, el de Túnez, tiene relación con el lago Tritonis, mencionado por diversos autores clásicos, que perdió el agua cuando los diques se quebraron durante un terremoto y finalmente se secaron, convirtiéndose en lo que ahora es un lago pantanoso y poco profundo, el Chott-el-Djerid, en Túnez. Se cree que el Sahara era el lecho de un antiguo mar y que formaba parte del océano. Los estudios geodésicos realizados bajo los auspicios del gobierno francés demuestran que la depresión formada por los chots, o lagos pantanosos y poco profundos de Argelia y Túnez, está por debajo del nivel del mar y se llenaría de agua si se eliminasen una serie de dunas de la costa. Ya en 1868 el arqueólogo francés Godron elaboró la teoría de que la Atlántida estaba enterrada en el Sahara. En 1874 el geógrafo francés Etienne Berlioux también se inclinó a

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar situar en África la isla-continente, pero afirmó que la verdadera Atlántida estaba en el norte de África, en las montañas del Atlas, frente a las islas Canarias. Berlioux pensaba que Cerne, la ciudad mencionada por el autor clásico Diodoro de Sicilia como capital de los atlantioi, se hallaba aproximadamente en ese mismo punto. Cerne aparece mencionada también en el curso del viaje realizado por el navegante cartaginés Hanno, que concluyó en el lugar de aquel nombre. Asimismo aparece también en uno de los mapas de la época de Colón. En su estudio de los tipos raciales, Berlioux subrayó el hecho de que los bereberes de los montes Atlas suelen tener piel blanca, ojos azules y pelo rubio, lo que denota un origen celta (o atlántico). Posteriormente, algunos escritores franceses se han servido de esto para justificar el control de África del Norte por los europeos de ascendencia celta (es decir, los franceses). Sin embargo, puesto que los franceses ya han perdido dicho control, no merece la pena discutir el punto. P. Borchard, un escritor alemán, adoptó en 1926 la teoría nordafricana y pensó que la capital de la Atlántida estaba situada en las montañas Hoggar, asentamiento de la tribu tuareg, una raza de origen misterioso, que usa túnicas y velos azules, conoce (como los bereberes) la escritura y está en proceso de extinción. Dado que consideraba a los bereberes como posibles reliquias de los atlantes norteafricanos, Borchard intentó buscar en los nombres de las tribus bereberes de la actualidad los de los diez hijos de Poseidón; es decir, los clanes de la Atlántida. Encontró dos extraordinarias coincidencias: que una de las tribus se llamaba Uneur, lo que coincidía perfectamente con Euneor, mencionado por Platón como el primer habitante de la Atlántida, y que las tribus bereberes de Chott el Ha-maina de Túnez, tenían el nombre de Attala (hijos de la fuente). Los arqueólogos franceses Butavand y Jolleaud han suscrito esta teoría, pero también sitúan una gran parte del imperio atlántico como una tierra sumergida frente a la costa de Túnez, en el golfo de Cabes. Fran-gois Roux comparte la creencia de que en tiempos prehistóricos África del Norte era una península fértil: "...La verdadera Atlántida, atravesada por muchos ríos y densamente poblada por hombres y animales...". En su investigación, Roux estableció una íntima relación entre la cultura prehistórica de África del Norte y las de Francia, España y Portugal, basándose en el descubrimiento de ciertos guijarros y cerámicas que mostraban símbolos que según él constituían un lenguaje escrito (véase pág. 216). Si consideramos las diversas teorías modernas acerca de la isla-continente y su localización, se advierte cierto carácter "nacionalista" en las investigaciones, especialmente en las que se han llevado a cabo en el siglo XX. Muchos investigadores franceses la buscaron en las colonias francesas del Norte de África, y algunas autoridades en la materia la han situado en la propia Francia. Los arqueólogos españoles han tratado de situarla en España o en los dominios españoles norteafricanos, y un escritor catalán afirmó que estaba emplazada en Cataluña. Como si las Azores portuguesas no fueran suficiente, un investigador lusitano declaró que la Atlántida era el propio Portugal. Los científicos rusos piensan que estaba bajo el mar Caspio, o tal vez cerca de Kerch, en Crimea, mientras los científicos y arqueólogos alemanes pretenden haberla localizado bajo el Mar del Norte, en Mecklenberg, o bajo la forma de Tartessos, una "colonia alemana" situada en España. Hay un libro muy extenso en alemán, titulado La Atlántida, hogar original de locarias. Los autores ingleses e irlandeses han dicho que la "isla de Platón" era Inglaterra e Irlanda, respectivamente. Un especialista venezolano piensa que estaba en Venezuela, y un estudioso sueco sostiene haberla localizado en Upsala, Suecia. Actualmente los arqueólogos griegos creen que la leyenda atlántica tiene sus orígenes en la isla de Tera, que en el año 1500 a.C. explotó, cuando una gran parte de ella se hundió en el mar Egeo. Antes de que surgiera la candidatura de Tera como posible emplazamiento de la Atlántida, Creta era también considerada por numerosos estudiosos como la verdadera isla sumergida, debido al gran desarrollo que alcanzó su civilización primitiva, repentinamente desaparecida, y a la existencia de cenizas volcánicas y huellas de fuego en sus ruinas. Sin embargo, es evidente que la erupción volcánica y el terremoto que destruyeron Tera pudieron afectar también a Creta, y ambas civilizaciones habrían sido quizá destruidas por la misma

catástrofe. El filólogo, orientalista y teórico alemán Karst, especialista en el tema de la Atlántida, amplió considerablemente el problema de la localización de la isla cuando ideó la teoría de la existencia de dos islas-continentes, una en Occidente, que se extendía desde el norte de África hasta España y el Atlántico, y otra en Oriente, en el océano Indico, al sur de Persia y Arabia. Además, mostró en detalle varios puntos subsidiaríos de una civilización regional existente en las montañas Altai de Asia y en otras regiones, que él relaciona en virtud de similitudes de lenguaje, nombres de localidades, tribus y pueblos. Frente a esta multiplicidad de "Atlántidas", Bramwell, un escritor excelente, que adopta una posición neutral, resume hábilmente los problemas planteados por las numerosas teorías, respecto del emplazamiento real de la Atlántida, cuando sugiere, en su libro Lost Atlantis (La Atlántida perdida) que, o se parte de la base de que el continente sumergido era una isla del Atlántico, "o sencillamente no se trata de la Atlántida". En todo caso, los múltiples restos culturales existentes en torno del Mediterráneo, en el Oeste y Norte de Europa y en el continente americano, no excluyen necesariamente la existencia de la isla. Por el contrario, muchos de ellos, cualquiera, o todos, podrían ser vestigios de colonización atlántica, precisamente como lo sugirió Donnelly. Un caso interesante es la extraña cultura Yoruba o Ife, que existió en Nigeria alrededor del 1600 a.C. El explorador Leo Frobenius, después de realizar un serio estudio de esta extraña cultura africana y al haber encontrado en ella lo que le parecieron similitudes indudables con el relato de Platón, declaró:

Creo, por lo tanto, haber hallado nuevamente la Atlántida, centro de... una civilización situada más allá de las Columnas de Hércules y de la que Solón nos djjo... que estaba cubierta de frondosa vegetación, en la que plantas frutales proporcionaban alimentos, bebida y medicinas, que fue el lugar en que crecieron el árbol de la fruta de rápida descomposición (el plátano) y algunas especies muy agradables (como la pimienta), donde había elefantes, se producía cobre y donde los habitantes usaban ropas de color azul oscuro...

Además, Frobenius basaba su teoría de una Atlántida nigeríana en ciertos símbolos etnológicos; es decir, el uso de símbolos comunes a otras tribus, como por ejemplo la swástica, la adoración de Olokun, dios del mar, la organización tribal, ciertos tipos de artefactos, utensilios, armas y herramientas, tatuajes, ritos sexuales y costumbres funerarias. En sus comparaciones descubrió sorprendentes similitudes con otras culturas, como la etrusca, la ibérica de la Prehistoria, la libia, la griega y la asiría. Aunque sostuvo que había encontrado la Atlántida, Frobenius pensaba que la cultura Yoruba era originaria del Pacífico y que había llegado a través de Asia y África. Por consiguiente, al afirmar que había encontrado la Atlántida, probablemente quería decir que había hallado lo que los antiguos escritores describían cuando hablaban del pueblo atlántico: una misteriosa civilización existente más allá de las Columnas de Hércules. Este último ejemplo ilustra la tendencia, ciertamente comprensible, de exploradores y arqueólogos a relacionar la escasamente conocida cultura que han "descubierto" con el concepto de la Atlántida, especialmente si el centro cultural está en el mar o cerca o debajo de él. Puesto que los límites de la prehistoria están retrocediendo cada vez más en el tiempo, quizás estemos cerca del momento en que podremos comprobar si la verdadera civilización se originó en un mismo lugar o en varios a la vez, y si hubo una gran isla atlántica cuya influencia se extendió a los otros continentes o si las extrañas similitudes entre civilizaciones prehistóricas fueron simplemente una coincidencia fortuita.

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar La Atlántida y los científicos

Aristóteles, que fue alumno de Platón y luego fundó una escuela filosófica en competencia con la de éste, tomó el abrupto final del relato platónico acerca de la Atlántida como prueba concluyente de que la isla sumergida sólo había existido en la imaginación del filósofo, y observó sucintamente: "Aquel que la creó la ha destruido..." A partir de entonces, Aristóteles se convirtió en el primero de una larga lista de escépticos respecto a la existencia del continente perdido, en una polémica que se ha prolongado durante siglos e incluso milenios. La comunidad académico-histórica oficial y, en menor grado, el mundo científico, han observado desde hace tiempo el problema de la Atlántida con escepticismo, incredulidad e incluso hilaridad. Los historiadores, como es natural, muestran muy poco entusiasmo por la "historia intuitiva", basada en "memorias de raza", que es la base de una gran parte de la literatura que se ha vertido acerca de la isla de Platón. Además, cualquier examen serio de la teoría atlántica, incluso si estuviera fundamentado en lo que ya ha sido descubierto, echaría por tierra muchos de los dogmas existentes acerca de la civilización primitiva y obligaría a una reelaboración de nuestra historia antigua. Sin embargo, gracias a las nuevas técnicas de investigación arqueológica, en la tierra o en pantanos o bajo el mar, de restauración y especialmente de precisión de fechas históricas, gran parte del misterio debe quedar resuelto en un futuro no muy lejano. Acepte uno la teoría de la Atlántida o no, el estudio del problema tiene un efecto casi hipnótico, no sólo en aquellos interesados en demostrar la existencia de la isla, sino también en quienes se han dedicado a demostrar que se trata de un sueño o una falsedad. Por ejemplo, uno de los mejores y más completos libros sobre la materia escritos en español concluye que el estudio del problema es una pérdida de tiempo, pese a los años que el propio autor le ha dedicado. Algunas veces, obras "anti-atlánticas" como ésta han proporcionado inadvertidamente nuevas pruebas que refuerzan la teoría atlántica, tras hacer un examen detallado de las distintas-fuentes y estudios. No obstante, el hecho cierto es que el mundo oficial de la investigación y la historia sigue sin convencerse, debido a la falta de pruebas más concretas. Pero los modernos partidarios de la Atlántida tienen una respuesta para ello en la obra del gran autor del siglo XIX, Donnelly, cuando dice:

Durante mil años se creyó que las leyendas de las ciudades enterradas de Pompeya y Herculano eran mitos. Se hablaba de ellas como de "las ciudades fabulosas" y, durante mil años también, el mundo de la cultura no dio crédito a las narraciones de Heródoto acerca de las maravillas de las antiguas civilizaciones del Nilo y de Caldea. Le llamaron "el padre de los mentirosos" e incluso Plutarco se burló de él. Ahora, ...cuanto más profundas y completas se hacen las investigaciones modernas, mayor es el respeto que se siente por Heródoto...

Donnelly anota también que la circunnavegación de África por los egipcios, en tiempos del faraón Ne-cao, merecía dudas, debido a que los exploradores informaron que el Sol estaba al norte de ellos tras cierto período de navegación a lo largo de la costa, dando a entender que habían cruzado el Ecuador. En otras palabras, la prueba misma de su viaje fue la causa de la posterior incredulidad. (Sin embargo, ahora nos demuestra que los navegantes egipcios anticiparon en más de dos mil cien años el descubrimiento del cabo de Buena Esperanza por Vasco de Gama.) Podrían agregarse numerosos ejemplos de incredulidad a éste que nos proporciona Donnelly: la negativa a creer en la existencia del gorila y el okapi antes de que se encontrasen ejemplares de estos animales "míticos". Recientemente, se hallaron también los "dragones" de Komodo. En el campo de la ciencia, recordemos sólo una de las muchas creencias refutadas: la posibilidad de transmutar metales, algo que es posible, según ha

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