Voltar ao livro El Misterio De La Atlantida

Capítulo 17 de 22

Editorial Pomaire — parte 16 de 21

El Misterio De La Atlantida

Las ruinas submarinas que yacen en el fondo del Pacífico, frente a la costa del Perú y que fueron descubiertas por el doctor Menzies en 1966, a 200 metros de profundidad, aportarán pruebas más concluyentes cuando sean estudiadas -si alguna vez lo son-, acerca de la extensión de los hundimientos de terreno, en el período histórico en que el hombre ha tenido el suficiente nivel de civilización como para construir ciudades. Quienes critican la teoría de la Atlántida creen que los que la sustentan no son otra cosa que visionarios o irresponsables; que la Atlántida nunca existió, que la tierra no se hundió en épocas históricas hasta el punto de hacer desaparecer un continente, y por último, de acuerdo con la "teoría de los desplazamientos continentales", que nunca pudo existir porque no había lugar para ello, dada la forma de los continentes.

Forma en que los continentes encajarían unos con otros, según la teoría del "desplazamiento continental" de Wegener,

Esta última referencia está en relación con la teoría de Wegener sobre el desplazamiento continental. Sea que se comprenda o no su significado o explicación, lo cierto es que se trata de una tesis que al menos pueda ser verificada por cualquiera que tenga a su alcance un mapa del mundo y un par de tijeras. Porque, si se corta cada uno de los continentes por los bordes! puede apreciarse que algunos coinciden exactamente! como las piezas de un rompecabezas. Esto es particularmente notable en la costa oriental de Brasil y la costa occidental de África, así como en la parte oriental de África y la costa occidental de Arabia, y la costa oriental de Groenlandia y occidental de Noruega. Incluso los tipos de roca y la formación de la tierra parecen ser idénticos en uno y otro. Este fenómeno ya había sido advertido por otros geógrafos, como Humboldt, por ejemplo, mucho antes de que Alfred Wegener basara en él su teoría del "desplazamiento continental". Wegener (que murió en 1930, trabajando como científico en las tierras heladas de Groenlandia tratando de probar sus teorías) pensaba que, originalmente, todos los continentes habían estado unidos en una sola masa terrestre, que luego se dividió para formar los que ahora conocemos, que desde entonces se han estado separando, como enormes islas flotantes en la sima de la corteza terrestre. Según se cree, algunas masas terrestres, como Groenlandia, se están desplazando con mayor rapidez que otras. Un informe señalaba que Groenlandia estaba en curso de separación hacia Occidente, a un ritmo de más de quince metros por año. Nos vienen a la memoria los roedores noruegos que hemos citado como algo notable por el recuerdo instintivo que mostraban acerca de la Atlántida en su intento suicida de nadar hacia Occidente. (¡Tal vez no intentaban otra cosa que llegar a Groenlandia!) Si la teoría del deslizamiento continental es correcta, y si todos los continentes pueden encajar unos en otros, ¿dónde deberíamos situar la Atlántida? La respuesta es:

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar aproximadamente donde antes, porque aunque algunos de los continentes se encajan con toda exactitud, la unión de otros dejaría espacios considerables, especialmente en la región del Atlántico en la que la cordillera meso-atlántica se ensancha. De hecho, toda ella es como un reflejo de las formas que muestran la línea del límite occidental de Europa y África y la del límite oriental del continente americano. De ahí que, al separarse los continentes, ciertas tierras quedaron atrás y luego se sumergieron. O sea que incluso en una teoría que a primera vista parece negar la existencia de la Atlántida, su presencia viene a constituir como la pieza que falta para completar un rompecabezas o resolver un misterio. Los detractores de la teoría atlántica se han visto auxiliados en su afán de destruirla por algunos de sus demasiado exuberantes patrocinadores, así como también por algunos errores evidentes en sus informes. Donnelly y otros, que escribieron en una época en que la antropología estaba relativamente poco desarrollada, atribuyeron afinidades raciales a pueblos distantes, que luego se han demostrado falsas. En el campo de las similitudes de lenguaje, en cambio, son más vulnerables. Le Plongeon, que hablaba la lengua maya, sostuvo que esa lengua era en una tercera parte "griego puro". ¿Quién había llevado a América el idioma de Hornero?, o ¿quién llevó a Grecia el de los mayas? Puesto que ambos son todavía lenguas vivas, aquello era y es algo fácil de rebatir. Además, como hemos visto, Le Plongeon relaciona con gran entusiasmo los sistemas de escritura maya y egipcio, en circunstancias que no tienen un vínculo aparente, salvo que en ambos se utilizan símbolos. Algo parecido ocurre con el chiapanac de los indios de México, que según se dice está relacionado con el hebreo, tal vez como consecuencia de la emigración de las diez tribus perdidas. Y con el de los indios otomíes, que se parecía al chino (debido a sus características tonales), lo mismo que el de los mandanes, que se asemeja al gales. Casi todos los escritores "atlánticos" advierten en la referencia a la lengua vasca que se encuentra en el libro Families of Speech (Familias de Idiomas), de Farrar, una prueba del puente idiomático precolombino con América que habría existido por intermedio de la Atlántida. Farrar escribió: "Nunca ha habido duda en cuanto a que este aislado lenguaje, pese a conservar su identidad en un rincón occidental de Europa, entre dos poderosos reinos, se parece en su estructura solamente a las lenguas aborígenes del vasto continente opuesto (América)". En su esfuerzo por mostrar las relaciones existentes entre idiomas muy distantes en el espacio, Donnelly comparó palabras de varias lenguas europeas y asiáticas que según sabemos ahora estaban vinculadas a las similitudes entre los idiomas persa y sánscrito. Esto no debería sorprender a nadie, y tampoco tendría que ser considerado como parte del estudio de la Atlántida. Sin embargo, puesto que dichas relaciones no eran conocidas en su época, podríamos considerar a Donnelly como una especie de pionero lingüístico, aunque se equivocara con frecuencia. En su búsqueda de similitudes entre el chino y el otomí, por ejemplo, citó palabras chinas que no tienen el significado que él les atribuía. Tal vez las consiguió, como el obispo Landa en el caso del "alfabeto" maya de Yucatán, de un informador muy amable pero que sencillamente no entendió sus preguntas. Esto es algo corriente tanto para los lingüistas de entonces como los de ahora. Además, Donnelly suele colocarse en situaciones difíciles, al presentar por ejemplo la palabra "huracán", en distintos idiomas europeos y americanos, como una prueba de la difusión precolombina. Ese término correspondía al nombre del dios de las tormentas del Caribe, Hurakán, y existe en inglés, "hurricane"; en francés, "ourigan"; en español, "huracán"; en alemán, "Orkan", etc. Lo que no tuvo en cuenta fue que la palabra no existió en esos idiomas antes del descubrimiento de América y de las durísimas experiencias vividas por los marinos europeos durante las tormentas tropicales del Caribe. No obstante, pese a todas las conclusiones obviamente apresuradas, y a las numerosas interpretaciones erróneas que abundan, hay algunos aspectos que resulta difícil desechar. Se tiene la sensación de que existe algo más profundo, un recuerdo común de tradiciones culturales y religiosas, lenguas e historia perdida; algo similar a la relación entre las nueve décimas partes del iceberg que se hallan sumergidas en el agua y la décima parte que aparece en la superficie. Esa podría ser la explicación de que, a la manera del ave fénix que renace constantemente, la leyenda atlántica siga provocando oleadas de interés de una

generación a otra y sobreviva a todas las críticas.

La Atlántida: lengua y alfabeto

¿Qué idioma hablaban los atlantes? ¿Existe algún indicio de alguna lengua aislada y de gran antigüedad que tuviese relación con otras igualmente antiguas y que pudiese haberse convertido en verdadera reliquia? La respuesta es casi demasiado fácil, porque en efecto tal lengua existe, y los vascos de la Antigüedad se muestran muy felices y de acuerdo respecto a que son descendientes de los atlantes. En general se cree que los antiguos iberos hablaban vascuence antes de las conquistas céltica y romana. Sprague de Camp, un notable investigador moderno, especialista en la isla-continente y autor de uno de los libros más completos sobre la materia, Lost Continents (Continentes perdidos), piensa que la inscripción del "anillo de Tartessos" podría estar escrita en la lengua vasca original, anterior a que los vascos adoptaran, las letras romanas. La lengua vasca sigue siendo la única no clasificada, entre todas las de Europa. Cuando se estudia en profundidad no parece tampoco tener una relación muy estrecha con las de los indios de América, aunque presenta más afinidad con ellas que con las del grupo indogermánico, a las que no se parece en absoluto. En cuanto a su construcción presenta similitudes con otros idiomas aglutinantes, como el quechua (lenguaje de los incas) y los del grupo ural-altaico: finlandés, estoniano, húngaro, turco. Estos idiomas constan de palabras muy largas, incluso en el caso de los artículos y otras partes activas de la oración. Pero el vascuence también se asemeja al tipo de lenguaje polisintético, como el que hablan los indios americanos, los esquimales, etc., cuya peculiaridad lingüística radica en la existencia de palabras complejas que son realmente oraciones. Algunas palabras vascas parecen datar de la época del hombre de Cro-Magnon y de las pinturas rupestres. La palabra correspondiente a "techo" significa literalmente "parte superior de la caverna", mientras "cuchillo" está formada por vocablos que quieren decir "la piedra que corta". La antigüedad de este pueblo parecería corresponder a la teoría de Spence acerca de oleadas migratorias separadas hacia España y Francia, ocurridas después de cada hundimiento parcial de la Atlántida. Sin embargo, el vascuence no parece tener influencia visible sobre ningún otro idioma, ni estar influido por algún otro. Es una interesante reliquia de alguna otra cosa —tal vez un fósil viviente— que representa el lenguaje preglacial de Europa o, aún mejor, que constituye el sobreviviente único del idioma de la Atlántida. Dado que, a diferencia de lo que le ocurría a Donnelly, ahora conocemos las numerosas conexiones existentes entre las lenguas indogermánicas y semíticas, no debemos asombrarnos cuando nos encontramos con palabras que se remontan hasta diversos y muy distintos lenguajes. Lo que aún nos sorprende, a pesar de todo, es el encontrar vocablos comunes allí donde no existió comunicación ni en forma de lenguaje ni ninguna otra, cual es el caso entre Europa y la América precolombina. Como los idiomas tienen un número relativamente pequeño de unidades de sonido

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar posibles (en lingüística se les llama fonemas), suelen producirse ciertas coincidencias sonoras en lenguas que no están relacionadas entre sí. En japonés, por ejemplo, la palabra "so" tiene el mismo significado que la inglesa "so", cuando se utiliza como conjunción, y es un fonema autóctono y no importado después que se produjo el contacto con Occidente. Los vocablos comunes que suelen hallarse en idiomas muy distantes indicarían cierta relación cultural o lingüística, o tal vez ambas. De ahí que resulte particularmente interesante encontrar en las lenguas indígenas americanas términos de contenido espiritual que presentan un notable parecido con otros de idiomas muy antiguos del otro lado del Atlántico. En griego, thalassa era "el mar", y en maya tha-llac significa "no sólido", mientras Tlaloc, el dios del agua de los aztecas; estaba también relacionado con el mar. En la mitología caldea, Thalat era la diosa que reinaba sobre el caos. Atl significa agua en náhuatl (azteca) y lo mismo en el lenguaje beréber del norte de África. Entre otras extrañas coincidencias podemos mencionar la que existe entre la palabra indígena americana que significa "gran espíritu" -manitu- y la hindú, manu, y entre la que identificaba a dios en náhuatl —teo (théulh)— y el término griego théos. Hay otras similitudes de menor contenido espiritual pero que son sin embargo evocadoras. En vascuence argi es "luz", mientras en sánscrito arq es brillante. La palabra vasca correspondiente a rocío es garúa. El mismo sonido en quechua significa "llovizna" y ha sido adaptada al español a partir de esa lengua indígena. En náhuatl, tepec quiere decir colina, lo mismo que en las lenguas turcas de Asia central (tepe), y malko, término centroamericano que significa rey, se encuentra también en la lengua árabe (malik) y en hebreo (melek). Río se dice potamos en griego, y coincide con el potomac de los indios Delaware y también con el poti de los indígenas brasileños del grupo lingüístico tupo-guaraní. Esta era la lengua hablada por los indios del Paraguay y del sur del Brasil, y presenta coincidencias con idiomas con los que aparentemente no tiene ninguna relación. Mencionamos sólo algunos ejemplos: en guaraní oka significa "hogar", lo mismo que oika en griego, y ama, "agua", se parece al ame (lluvia) japonés. En quechua, el lenguaje de los incas, runa es persona, similar al rhen chino, que significa "persona" u "hombre". En el antiguo Egipto anti era "alto valle", y en quechua, andi es "alta cumbre" o "cordillera". Y aunque tal vez sea onomatopéyico, la palabra quechua para decir leche es ñu-ñu y en japonés, g'yu-n'yu. El lenguaje de la pequeña tribu de los indios mandanes, que estuvieron emplazados en Missouri y fueron prácticamente exterminados por la viruela en 1838, muestra algunas asombrosas similitudes con el gales. He aquí algunas:

Gales Mandan bote corwyg koorig remo rhwyfree ree viejo hen her azul glas glas pan barra bara perdiz chugjar chuga cabeza pen pan grande mawr mah

Sin embargo, la similitud entre la perdida lengua mandan y el gales podría tener una explicación más directa en la teoría de que los mandanes eran descendientes de los seguidores del príncipe gales Madoc, quien en 1170 navegó hacia Occidente desde Gales para fundar una colonia, y jamás regresó. Pero, aunque algunas de las lenguas amerindias muestran ciertas coincidencias en cuanto a sonido y significado con otras trasatlánticas o traspacíficas, todavía no existen pruebas de que existiera una relación mucho más íntima, a excepción, desde luego, de las tribus de Alaska y Siberia, que estaban lo bastante cerca como para cruzar las fronteras naturales o construidas por el hombre. En cuanto a las demás es perfectamente posible que algunas palabras fueran introducidas por exploradores precolombinos, como Ma-doc, o por viajeros que se extraviaron, como los "seres de piel colorada" que aparecieron repentinamente frente

a la costa de Alemania, navegando en una larga canoa, en el siglo I a.C. y que fueron esclavizados y entregados como presentes al procónsul romano de la Galia. Estos, que aparentemente eran indios, no tuvieron tiempo de hacer ninguna aportación de carácter lingüístico, pero el hecho de que para la travesía se sirvieran de una canoa parece un indicio de cómo pudieron haberse efectuado algunos contactos culturales y lingüísticos en la época anterior a Colón. Es obvio que de no haber estado el mar de por medio, habrían resultado mucho más fáciles. Aparte de las coincidencias, deberíamos buscar una clave, una palabra incluso, que pudiese relacionar, no uno o dos, sino muchos pueblos, tribus y naciones completamente distintos y apartados entre sí, y que al mismo tiempo revelaría una difusión mayor y más temprana. Debería ser elemental, fácilmente reconocible e incluir, en lo posible, una lengua supuestamente "atlántica", como el vascuence o alguna de las pertenecientes a los grupos lingüísticos indoamericanos o indogermánicos. Una palabra como "mamá" cumpliría con todos estos requisitos, pero deberíamos descartarla, ya que es un sonido emitido por los niños en forma aparentemente automática para decir "madre" en casi todos los idiomas. (Siempre hay excepciones: en Ewe, África occidental se dice dada, y en georgiano, en el Cáucaso, deda, aunque allí, inexplicablemente, mama significa "padre".) Existe, sin embargo, un vocablo de gran antigüedad y que aparece en muchos idiomas, todos ellos correspondientes a países distintos e incluso que se hablan en ciertas islas. No es un sonido reflejo, sino una palabra individual. Empezando por el vascuence, nótese la similitud entre vocales y consonantes que aparece en las traducciones del término "padre":

vascuence: aita quechua: taita turco (y otras lenguas turcas): ata dakota (sioux): atey (até) náhuatl: tata (o) tahtli seminóla: intati zuni: tachchu (tat'chu) maltes: tata tagalo: tatay gales: tad rumano: tata sinalés: tata fidjiano: tata samoano: tata

Llama la atención el aspecto primitivo o antiguo de algunos de estos idiomas, así como su gran dispersión. Podría haber otras palabras, débiles rastros de una lengua antediluviana que habremos de descubrir y reconocer siguiendo en dirección descendente las ramas del árbol central del que tal vez proceden las raíces del idioma básico universal y del cual las lenguas romances, germánica, eslávica, sinítica y semítica sólo son ramas superiores. Pero los idiomas relacionados por esta palabra particular, a excepción del turco y el rumano y tal vez de un tagalo revivido, parecen constituir islas lingüísticas, y la mayoría dan la impresión de estar retrocediendo ante la presión de las lenguas modernas y la comunicación de masas. Si resulta difícil encontrar las palabras habladas de origen prehistórico, tal vez otras, escritas, nos proporcionarían una respuesta más concreta a la interrogante abierta sobre la difusión étnica y lingüística que tuvo lugar a través del océano Atlántico y nos permitirían referirnos de manera concreta a la existencia de un puente terrestre o a la Atlántida. Sin embargo, algunos documentos escritos han significado un considerable desprestigio para los estudios atlánticos, particularmente en los casos de Paul Schliemann y su controvertida inscripción "fenicia" del cántaro con la cabeza en forma de búho; Brasseur de Bourbourg y su traducción interpretativa; y James Churchward, un norteamericano que basó su teoría sobre

Leitura livre, oferecida pelo Conhecer para Transformar.