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Capítulo 5 de 22
Editorial Pomaire — parte 4 de 21
El Misterio De La Atlantida
tenía una anchura de un plethro— los rodearon totalmente con un muro circular de piedra. Pusieron torres y puertas sobre los puentes, en todos los lugares por donde pasaba el mar. Sacaron la piedra necesaria de debajo la periferia de la isla central y de debajo de los recintos, tanto al exterior como al interior. Había piedra blanca, negra y roja. Y al mismo tiempo que extraían la piedra, vaciaron dentro de la isla dos dársenas para navíos, con la misma roca como techumbre. Entre las construcciones, unas eran enteramente simples, en otras entremezclaron las diversas clases de piedra y variaron los colores para agradar a la vista, y les dieron así una apariencia naturalmente atractiva. El muro que rodeaba el recinto más exterior lo revistieron de cobre en todo su perímetro circular, como si hubiera sido untado con alguna pintura. Recubrieron de estaño fundido el recinto interior, y el que rodeaba a la misma Acrópolis lo cubrieron de oricalco, que tenía reflejos de fuego. El palacio real, situado dentro de la Acrópolis, tenía la disposición siguiente. En medio de la Acrópolis se levantaba el templo consagrado en este mismo sitio a Clito y Poseidón. Estaba prohibido el acceso a él y estaba rodeado de una cerca de oro. Allí era donde Poseidón y Clito, al comienzo, habían concebido y dado a luz la raza de los diez jefes de las dinastías reales. Allí se acudía, cada año, desde las diez provincias del país, a ofrecer a cada uno de los dioses los sacrificios propios de la estación. El santuario mismo de Poseidón tenía un estadio de longitud, tres plethros de ancho y una altura proporcionada. Su apariencia tenía algo de bárbaro. Ellos habían revestido de plata todo el exterior del santuario, excepto las aristas de la viga maestra: estas aristas eran de oro. En el interior estaba todo cubierto de marfil y adornado en todas partes de oro, plata y oricalco. Todo lo demás, los muros, las columnas y el pavimento, lo adornaron con oricalco. Colocaron allí estatuas de oro, el dios en pie sobre su carro enganchado a seis caballos alados, y era tan grande que la punta de su cabeza tocaba el techo. En círculo, en torno a él, cien Nereidas sobre delfines —ése era el número de las Nereidas, según se creía entonces—. También había en el interior gran número de estatuas ofrecidas por particulares. En torno al santuario, por la parte exterior, se levantaban, en oro, las efigies de todas las mujeres de los diez reyes y de todos los descendientes que habían engendrado, y asimismo otras numerosas estatuas votivas de reyes y particulares, originarias de la misma ciudad o de los países de fuera sobre los que ella extendía su soberanía. Por sus dimensiones y por su trabajo, el altar estaba a la altura de este esplendor, y el palacio real no desdecía de la grandeza del imperio y de la riqueza del ornato del santuario. Por lo que respecta a las fuentes, la de agua fría y la de agua caliente, las dos de una abundancia generosa y maravillosamente adecuadas al uso por lo agradable y por las virtudes de sus aguas, las utilizaban, disponiendo en torno a ellas construcciones y plantaciones adecuadas a la naturaleza misma de las aguas. En todo su derredor instalaron estanques o piscinas, unos al aire libre y otros cubiertos, destinados éstos a los baños calientes en invierno; existían separadamente los baños reales y los de los particulares, otros para las mujeres, para los caballos y las demás bestias de carga, y cada uno poseía una decoración adecuada. El agua que procedía de aquí la condujeron al bosque sagrado de Poseidón. Este bosque, gracias a la calidad de la tierra, tenía árboles de todas las especies, de una belleza y una altura divinas. Desde ahí hicieron derivar el agua hacia los recintos de mar exteriores, por medio de canalizaciones instaladas siguiendo lo largo de los puentes. Por esta parte se habían edificado numerosos templos dedicados a muchos dioses, gran número de jardines y gran número de gimnasios para los hombres y de picaderos para los caballos. Estos últimos se habían construido aparte en las islas anulares, formadas por cada uno de los recintos. Además, hacia el centro de la isla mayor habían reservado un picadero para las carreras de caballos; tenía un estadio de ancho y suficiente longitud para permitir a los caballos que, en la carrera, recorrieran el circuito completo del recinto. En todo el perímetro, de un extremo al otro, había cuarteles para casi todo el efectivo de la guardia del príncipe. Los cuerpos de tropa más seguros estaban acuartelados en el recinto más pequeño, el más próximo a la Acrópolis. Y aún para los que se señalaban entre todos por su fidelidad, se les habían dispuesto alojamientos en el interior mismo de la Acrópolis, cerca del palacio real. Los arsenales estaban llenos de trirremes y poseían todos los aparejos necesarios para armarlos; todo estaba estibado en un orden perfecto. Así estaba todo dispuesto en torno a la morada real. Al atravesar los puertos exteriores, en número de tres, había una muralla circular que comenzaba en el mar y distaba constantemente cincuenta estadios del recinto más extenso. Esta muralla acababa por cerrarse sobre sí misma en la garganta del canal que se abría por el lado del mar. Estaba totalmente cubierta de casas en gran número y apretadas unas contra otras. El canal y el puerto principal rebosaban de barcos y mercaderes venidos de todas partes. La muchedumbre producía allí, de día y de noche, un continuo alboroto de voces, un tumulto incesante y diverso. Sobre la ciudad y sobre la antigua morada de los reyes, lo que acabamos de contar es prácticamente todo lo que la tradición nos conserva. Vamos a intentar ahora recordar cuál era la disposición del resto del país y de qué manera estaba organizado. En primer lugar, todo el territorio estaba levantado según se dice, y se erguía junto al mar cortado a pico. Pero, en cambio, todo el terreno en torno a la ciudad era llano. Esta llanura rodeaba la ciudad y ella misma a su vez estaba cercada de montañas que se prolongaban hasta el mar. Era plana, de nivel uniforme, oblonga en su conjunto; medía, desde el mar que se hallaba abajo, tres mil estadios en los lados y dos mil en el centro. Esta región, en toda la isla, estaba orientada de cara al Sur, al abrigo de los vientos del Norte. Muy alabadas eran las montañas que la cercaban, las cuales en número, en grandeza y en belleza aventajaban a todas las que existen actualmente. En estas montañas había numerosas villas muy pobladas, ríos, lagos, praderas capaces de alimentar a gran número de animales salvajes o
Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar domésticos, bosques en tal cantidad y sustancias tan diversas que proporcionaban abundantemente materiales propios para todos los trabajos posibles. Ahora bien, esta llanura, por acción conjunta y simultánea de la Naturaleza y de las obras que realizaran en ella muchos-reyes, durante un período muy largo, había sido dispuesta de la manera siguiente. He dicho ya que tenía la forma de un cuadrilátero, de lados casi rectilíneos y alargado. En los puntos en que los lados se apartaban de la línea recta se había corregido esta irregularidad cavando el foso continuo que rodeaba a la llanura. En cuanto a la profundidad, anchura y desarrollo de este foso, resulta difícil de creer lo que se dice y que una obra hecha por manos de hombres haya podido tener, comparada con otros trabajos del mismo tipo, las dimensiones de aquélla. No obstante, hemos de repetir lo que hemos oído contar. El foso fue excavado a un plethro de profundidad: su anchura era en todas partes de un estadio, y puesto que había sido excavado en torno a toda la llanura, su longitud era de diez mil estadios. Recibía las corrientes de agua que descendían de las montañas, daba la vuelta a la llanura, volvía por una y otra parte a la ciudad y allí iba a vaciarse al mar. Desde la parte alta de este foso, unos canales rectilíneos, de una longitud aproximada de cien pies, cortados en la llanura, iban luego a unirse al foso, cerca ya del mar. Cada uno de ellos distaba de los otros cien estadios. Para el acarreo a la ciudad de la madera de las montañas y para transportar por barca los demás productos de la tierra, se habían excavado, a partir de esos canales, otras derivaciones navegables, en direcciones oblicuas entre sí y respecto de la ciudad. Hay que hacer notar que los habitantes cosechaban dos veces al año los productos de la tierra; en invierno utilizaban las aguas del cielo; en verano, las que daba la tierra dirigiendo sus corrientes fuera de los canales. Respecto de los hombres de la llanura buenos para la guerra y sobre el número en que se tenían éstos, hay que decir esto: se había determinado que cada distrito proporcionaría un jefe de destacamento. El tamaño del distrito era de diez estadios por diez, y en total había seis miríadas de ellos. En cuanto a los habitantes de las montañas y del resto del país, sumaban, según se decía, un número inmenso, y todos, según los emplazamientos y los poblados, habían sido repartidos entre los distritos y puestos bajo el mando de sus jefes. Estaba mandado que cada jefe de destacamento proporcionaría para la guerra una sexta parte de carros de combate, hasta reunir diez mil carros, dos caballos y sus caballeros, además de un tiro de dos caballos, sin carro, junto con un combatiente llevado, armado de un pequeño escudo, y el combatiente montado encargado de gobernar a los dos caballos, dos hoplitas, dos arqueros, dos honderos, tres infantes ligeros armados de ballestas, otros tres armados de dardos y, finalmente, cuatro marinos para formar en total la dotación de mil doscientos navíos. Esa era la organización militar de la ciudad real. En cuanto a las otras nueve provincias, cada una tenía su propia organización militar y sería necesario un tiempo demasiado largo para explicarlas. En cuanto a la autoridad y los cargos públicos, se organizaron desde el comienzo de la siguiente manera. De los diez reyes, cada uno ejercía el poder en la parte que le tocaba por herencia, y dentro de su ciudad, gobernaba a los ciudadanos, hacía la mayoría de las leyes y podía castigar y condenar a muerte a quien quería. Pero la autoridad de unos reyes sobre los otros y sus mutuas relaciones estaban reguladas según los decretos de Poseidón. La tradición se los imponía, así como una inscripción grabada por los primeros reyes sobre una columna de oricalco, que se hallaba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón. Allí se reunían los reyes periódicamente, unas veces cada cinco años, otras veces cada seis, haciendo alternar regularmente los años pares y los años impares. En estas reuniones deliberaban sobre los negocios comunes y decidían si alguno de ellos había cometido alguna infracción de sus deberes y lo juzgaban. Cuando habían de aplicar la justicia, primero se juraban fidelidad mutua de la manera que sigue. Se soltaban toros en el recinto sagrado de Poseidón. Los diez reyes, dejados a solas, luego de haber rogado al dios que les hiciera capturar la víctima que le habla de ser agradable, se ponían a cazar, sin armas de hierro, solamente con venablos de madera y con cuerdas. Al toro que cogían lo llevaban a la columna y lo degollaban en su vértice, como estaba prescrito. Sobre la columna, además de las leyes, estaba grabado el texto de un juramento que profería los peores y más terribles anatemas contra el que lo violara. Así, pues, luego de haber realizado el sacrificio de conformidad con sus leyes y de haber consagrado todas las partes del toro, llenaban de sangre una crátera y rociaban con un cuajaron de esta sangre a cada uno de ellos. El resto lo echaban al fuego, luego de haber hecho purificaciones en torno a toda la columna. Inmediatamente, sacando sangre de la crátera con copas de oro, y derramándola en el fuego, juraban juzgar de conformidad con las leyes escritas en la columna, de castigar a quien las hubiera violado anteriormente, de no quebrantar en el futuro conscientemente ninguna de las fórmulas de la inscripción y de no mandar ni obeceder más que de acuerdo con las leyes de su padre. Todos tomaban este compromiso para sí y para toda su descendencia. Luego cada uno bebía la sangre y depositaba la copa, como un exvoto, en el santuario del dios. Después de lo cual cenaban y se entregaban a otras ocupaciones necesarias. Cuando llegaba la oscuridad y se había ya enfriado el fuego de los sacrificios, se vestían todos con unas túnicas muy bellas de azul oscuro y se sentaban en tierra, en las cenizas de su sacrificio sagrado. Entonces, por la noche, luego de haber apagado todas las luces en torno al santuario, juzgaban y eran juzgados, si alguno de entre ellos acusaba a otro de haber delinquido en algo. Hecha justicia, grababan las sentencias, al llegar el día, sobre una tablilla de oro, que ellos consagraban como recuerdo, lo mismo que sus ropas. Por lo demás, había otras muchas leyes especiales sobre las atribuciones propias de cada uno de los
reyes. Las más notables eran: no tomar las armas unos contra otros; socorrerse todos entre sí, si uno de ellos había intentado expulsar en una ciudad cualquiera una de las razas reales; deliberar en común como sus antepasados; cambiar sus consejos en cuestiones de guerra y otros negocios, orientándose mutuamente, dejando siempre la hegemonía de la raza de Atlas. Un rey no podía dar muerte a ninguno de los de su raza, si éste no era el parecer de más de la mitad de los diez reyes. Ahora bien: el poder que existía entonces en aquel país, con su inmensa calidad y su grandeza, el dios lo dirigió contra nuestras regiones, por lo que se cuenta, y por alguna razón del tipo de la que vamos a dar aquí. Durante numerosas generaciones y en la medida en que estuvo sobre ellos la naturaleza del dios dominándolo todo, los reyes atendieron a las leyes y permanecieron ligados al principio divino, con el que estaban emparentados. Sus pensamientos eran verdaderos y grandes en todo, ellos hacían uso de la bondad y también del juicio y sensatez en los acontecimientos que se presentaban y eso unos respecto de otros. Por eso, despegados de todo aquello que no fuera la virtud, hacían ellos poco caso de sus bienes, llevaban como una carga el peso de su oro y de sus demás riquezas, sin dejarse embriagar por el exceso de su fortuna, no perdían el dominio de sí mismos y caminaban con rectitud. Con una clarividencia aguda y lúcida, veían ellos que todas esas ventajas se ven aumentadas con el mutuo afecto unido a la virtud y que, por el contrario, el afán excesivo de estos bienes y la estima que se tiene de ellos hacen perder esos mismos bienes, y que la virtud muere asimismo con ellos. De acuerdo con estos razonamientos y gracias a la constante presencia entre ellos del principio divino, no dejaban de aumentar en provecho de ellos todos estos bienes que hemos ya enumerado. Pero cuando comenzó a disminuir en ellos ese principio divino, .como consecuencia del cruce repetido con numerosos elementos mortales, es decir, cuando comenzó a dominar en ellos el carácter humano, entonces, in capaces ya de soportar su prosperidad presente, cayeron en la indecencia. Se mostraron repugnantes a los hombres clarividentes, porque habían dejado perder los más bellos de entre los bienes más estimables. Por el contrario, para quien no es capaz de discernir bien qué clase de vida contribuye verdaderamente a la felicidad, fue entonces precisamente cuando parecieron ser realmente bellos y dichosos, poseídos como estaban de una avidez injusta y de un poder sin límites. Y el dios de los dioses, Zeus, que reina con las leyes y que, ciertamente, tenía poder para conocer todos estos hechos, comprendió qué disposiciones y actitudes despreciables tomaba esa raza, que había tenido un carácter primitivo tan excelente. Y quiso aplicar un castigo, para hacerles reflexionar y llevarlos a una mayor moderación. Con este fin, reunió él a todos los dioses en su mansión más noble y bella: ésta se halla situada en el centro del Universo y puede ver desde lo alto todo aquello que participa del devenir. Y habiéndolos reunido, les dijo...
No existen pruebas de que Platón terminara el segundo diálogo sobre la Atlántida ni de que escribiera un tercero, sobre el mismo tema, puesto que probablemente lo habría anunciado, y si lo escribió, se ha perdido. El poema Atlantikos, atribuido a Solón, ha desaparecido también, en el discurrir de los siglos. La versión platónica recibió pláceres y críticas desde el mismo momento en que la escribió. Algunos estudiosos sostienen que después de la visita de Solón, el propio Platón viajó a Egipto y corroboró personalmente la información, lo mismo que Krantor, uno de sus discípulos. Afirman también que todos ellos pudieron "ver la prueba". En todo caso, esta obra de Platón ha tenido considerable influencia en el pensamiento del hombre a lo largo de los siglos y la tiene todavía hoy. Algunos críticos de la teoría de la Atlántida han sugerido que la islacontinente es recordada gracias, únicamente, a las referencias de Platón. Sin embargo, considerando el creciente interés por el tema a lo largo de los siglos, ¿no puede ser que haya ocurrido exactamente lo contrario, al menos en la concepción popular? Aristóteles (384-322 a.C), que fue discípulo de Platón, aparece como uno de los primeros escépticos frente a la teoría de la Atlántida, aunque él mismo escribió acerca de una gran isla situada en el Atlántico, que los cartagineses llamaban Antilia. Krantor (siglo IV a.C.), seguidor de Platón, escribió que él también había visto las columnas en las que se conservaba la historia de la Atlántida según la había relatado Platón. Otros escritores de la Antigüedad describieron un continente que existía en el Atlántico y al que algunas veces llamaron Poseidonis, por Poseidón, dios del mar y señor de la Atlántida. Plutarco (46-120 d.C.) describió un continente llamado Saturnia y una isla llamada Olygia, que se hallaban a unos cinco días de navegación hacia el Occidente de Gran Bretaña. Hornero también menciona el nombre de Olygia como el de la isla donde habitaba la ninfa Calipso. Marcelino (330-395 d.C.), un historiador romano que escribió que la intelectualidad de Alejandría consideraba la destrucción de la Atlántida como un hecho histórico, describió cierto tipo de terremotos "que, repentinamente, en medio de una violenta conmoción abrieron grandes bocas por las que desaparecieron ciertas partes de la tierra. Así ocurrió en el océano Atlántico, en la costa europea, donde una gran isla quedó sumergida ..."
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