Voltar ao livro El Misterio De La Atlantida

Capítulo 4 de 22

Editorial Pomaire — parte 3 de 21

El Misterio De La Atlantida

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar cuando los dioses purifican la Tierra por medio de las aguas y la inundan, sólo se salvan los boyeros y los pastores en las montañas, mientras que los habitantes de las ciudades que hay entre vosotros son arrastrados al mar por los ríos. En este país, en cambio, ni entonces, ni en otros casos descienden las aguas desde las alturas a las llanuras, sino que siempre manan naturalmente de debajo de tierra. Por este motivo, se dice, ocurre que se hayan conservado aquí las tradiciones más antiguas. Sin embargo, la verdad es que, en todos los lugares en que ni un frío excesivo ni un calor abrasador pueden hacer perecer la raza humana, siempre existe ésta, unas veces más numerosa, otras veces menos. Y por eso, si se ha realizado alguna cosa bella, grande o digna de nota en cualquier otro aspecto, bien sea entre vosotros, bien aquí mismo, bien en cualquier otro lugar de que hayamos oído hablar, todo se encuentra aquí por escrito en los templos desde la Antigüedad y se ha salvado así la memoria de ello. Pero, entre vosotros y entre las demás gentes, siempre que las cosas se hallan ya un poco organizadas en lo que toca a la recensión escrita y a todo lo demás que es necesario a los Estados, he aquí que nuevamente, a intervalos regulares, como si fuera una enfermedad, las olas del cielo se echan sobre vosotros y no dejan sobrevivir de entre vosotros más que a gente sin cultura e ignorantes. Y así vosotros volvéis a ser nuevamente jóvenes, sin conocer nada de lo que ha ocurrido aquí, ni entre vosotros, ni en los tiempos antiguos. Pues estas genealogías que acabas de citar, ¡oh Solón!, o que al menos acabas de reseñar aludiendo a los acontecimientos que han tenido lugar entre vosotros, se diferencian muy poco de los cuentos de los niños. En principio, vosotros no recordáis más que un diluvio terrestre, siendo así que anteriormente ha habido ya muchos de ésos. Luego tampoco sabéis vosotros que la raza mejor y la más bella entre los humanos ha nacido en vuestro país, ni sabéis que vosotros y toda vuestra ciudad descendéis de esos hombres, por haberse conservado un reducido número de ellos como semilla. Lo ignoráis porque, durante numerosas generaciones, han muerto los supervivientes sin haber sido capaces de expresarse por escrito. Sí, Solón; hubo un tiempo, antes de la mayor de las destrucciones de las aguas, en que la ciudad que hoy en día es la de los atenienses era entre todas la mejor en la guerra y de manera especial la más civilizada en todos los aspectos. Se cuenta que en ella se llevaron a cabo las más bellas hazañas; allí hubo las más bellas realizaciones políticas de entre todas aquellas de que oímos hablar bajo el cielo." Habiendo oído esto, Solón dijo que se quedaba sorprendido y, lleno de curiosidad, rogó a los sacerdotes le contaran exactamente y por orden toda la historia de sus conciudadanos de otros tiempos. El sacerdote respondió: "No voy a emplear ninguna clase de reticencia, sino que en tu gracia, ¡oh Solón!, en la de vuestra ciudad y más aún en gracia de la diosa que ha protegido, educado e instruido vuestra ciudad y la nuestra, os la voy a contar. De nuestras dos ciudades es más antigua la vuestra en mil años, ya que ella recibió vuestra semilla de Gaia y Hefesto. Esta nuestra es más reciente. Ahora bien: desde que ese país se civilizó han transcurrido, según dicen nuestros escritos sagrados, ocho mil años. Así pues, os voy a descubrir las leyes de vuestros conciudadanos de hace nueve mil años, y de entre sus hechos meritorios os voy a contar el más bello que ellos llevaron a cabo. Para atender al exacto detalle de todo, lo recorreremos seguidamente otra vez, cuando tengamos tiempo disponible para ello, tomando los mismos textos. Ahora bien, comparad en principio vuestras leyes a las de esta ciudad. Numerosas muestras de las que entonces existían entre vosotros las hallaréis aquí aún hoy en día... Numerosas y grandes fueron vuestras hazañas y las de vuestra ciudad: aquí están escritas y causan admiración. Pero, sobre todo, hay uno que aventaja a los otros en grandiosidad y heroísmo. En efecto, nuestros escritos cuentan de qué manera vuestra ciudad aniquiló, hace ya tiempo, un poder insolente que invadía a la vez toda Europa y toda Asia y se lanzaba sobre ellas al fondo del mar Atlántico. "En aquel tiempo, en efecto, era posible atravesar este mar. Había una isla delante de este lugar que llamáis vosotros las Columnas de Hércules. Esta isla era mayor que la Libia y el Asia unidas. Y los viajeros de aquellos tiempos podían pasar de esta isla a las demás islas y desde estas islas podían ganar todo el continente, en la costa opuesta de este mar que merecía realmente su nombre. Pues, en uno de los lados, dentro de este estrecho de que hablamos, parece que no había más que un puerto de boca muy cerrada y que, del otro lado, hacia afuera, existe un verdadero mar y la tierra que lo rodea, a la que se puede llamar realmente un continente, en el sentido propio del término. Ahora bien: en esta isla Atlántida, unos reyes habían formado un imperio grande y maravilloso. Este imperio era señor de la isla entera y también de otras muchas islas y partes del continente. Por lo demás, en la parte vecina a nosotros, poseía la Libia hasta el Egipto y la Europa hasta la Tirrenia. Ahora bien, esa potencia, concentrando una vez más todas sus fuerzas, intentó, en una sola expedición, sojuzgar vuestro país y el nuestro, y todos los que se hallan a esta parte de acá del estrecho. Fue entonces, ¡oh Solón cuando la fuerza de vuestra ciudad hizo brillar a los ojos de todos su heroísmo y su energía. Ella, en efecto, aventajó a todas las demás por su fortaleza de alma y por su espíritu militar. Primero a la cabeza de todos los helenos, sola luego por necesidad, abandonada por los demás, al borde de los peligros máximos, venció a los invasores, se alzó con la victoria, preservó de la esclavitud a los que nunca habían sido esclavos, y sin rencores de ninguna clase, liberó a todos los demás pueblos y a nosotros mismos que habitamos el interior de las Columnas de Hércules. Pero, en el tiempo subsiguiente, hubo terribles temblores de tierra y cataclismos. Durante un día y una noche horribles, todo vuestro ejército fue tragado de golpe por la tierra, y asimismo la isla Atlántida se abismó en el mar y desapareció. He aquí por qué todavía hoy ese mar de allí es difícil e inexplorable, debido a sus fondos limosos y muy bajos que la isla, al hundirse, ha dejado."

He aquí algunos párrafos del segundo diálogo, relativo a la Atlántida y llamado Critias o La Atlántida.

...Ante todo, recordemos lo esencial. Han transcurrido en total nueve mil años desde que estalló la guerra, según se dice, entre los pueblos que habitaban más allá de las Columnas de Hércules y los que habitaban al interior de las mismas. Esta guerra es lo que hemos de referir ahora desde su comienzo a su fin. De la parte de acá, como hemos dicho, esta ciudad era la que tenía la hegemonía y ella fue quien sostuvo la guerra desde su comienzo a su terminación. Por la otra parte, el mando de la guerra estaba en manos de los reyes de la Atlántida. Esta isla, como hemos ya dicho, era entonces mayor que la Libia y el Asia juntas. Hoy en día, sumergida ya por los temblores de tierra, no queda de ella más que un fondo limoso infranqueable, difícil obstáculo para los navegantes que hacen sus singladuras desde aquí hacia el gran mar. Los numerosos pueblos bárbaros, así como las poblaciones helenas existentes entonces, irán apareciendo sucesivamente a medida que se irá desarrollando el hilo de mi exposición y se los irá encontrando por su orden. Pero los atenienses de entonces y los enemigos a quienes ellos combatieron es menester que os los presente al comienzo ya y que os dé a conocer cuáles eran las fuerzas y la organización política de los unos y los otros. Y de entre esos dos pueblos hemos de esforzarnos primero por hablar del de la parte de acá.

Mapa de la Atlántida sugerido por P. Kampanakis, investigador y escritor griego, que acepta la tradición platónica sobre la isla-continente. España aparece en el extremo superior derecho. Europa habría estado unida al África, y el desierto del Sahara está representado en forma de mar, unido al verdadero océano.

...Hubo diluvios numerosos y terribles en el transcurso de esos nueve mil años —tal es, en efecto, el intervalo de tiempo que separa la época contemporánea de aquellos tiempos—. En el transcurso de un período tan largo y en medio de esos accidentes, la tierra que se deslizaba desde los lugares elevados no dejaba, como en otras partes, sedimentos notables, sino que rodando siempre, acababa de desaparecer en el abismo. Y tal como podemos advertir en las pequeñas islas, nuestra tierra ha venido a ser, en comparación con la que fuera entonces, como el esqueleto de un cuerpo descarnado por la enfermedad. ...Los manuscritos mismos de Solón estaban en casa de mi abuelo; actualmente se hallan todavía en mi casa, y yo los he estudiado mucho en mi juventud. ...He aquí ahora cuál era aproximadamente el comienzo de este largo relato. Según se ha dicho ya anteriormente, al hablar de cómo los dioses habían recurrido a echar a suertes la tierra entre ellos, ellos dividieron toda la tierra en partes, mayores en unas partes, menores en otras. Y ellos instituyeron allí, en su propio honor, cultos y sacrificios. Según esto, Poseidón, habiendo recibido como heredad la isla Atlántida, instaló en cierto lugar de dicha isla los hijos que había engendrado él de una mujer mortal. Cerca del mar, pero a la altura del centro de toda la isla, había una llanura, la más bella según se dice de todas las llanuras y la más fértil. Y cercana a la llanura, distante de su centro como una cincuentena de estadios, había una montaña que tenía en todas sus partes una altura mediana. En esta montaña habitaba entonces un hombre de los que en aquel país habían nacido originariamente de la tierra. Se llamaba Evenor y vivía con una mujer, Leucippa. Tuvieron una hija única, Clito. La muchacha tenía ya la edad núbil cuando murieron sus padres. Poseidón la deseó y se unió a ella. Entonces el dios fortificó y aisló circularmente la altura en que ella vivía. Con este fin, hizo recintos de mar y de tierra, grandes y pequeños, unos en torno a los otros. Hizo dos de tierra, tres de mar y por así decir, los redondeó, comenzando por el centro de la isla, del que esos recintos distaban en todas partes una distancia igual. De esta manera resultaban infranqueables para los hombres, pues en aquel entonces no había aún navíos ni se conocía la navegación. El mismo Poseidón embelleció la isla central, cosa que no le costó nada, siendo como era dios. Hizo brotar de bajo tierra dos fuentes de agua, una caliente y otra fría, e hizo nacer sobre la tierra plantas nutritivas de toda

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar clase en cantidad suficiente. Allí engendró y educó él cinco generaciones de hijos varones y mellizos. Dividió toda la isla Atlántida en diez partes. Al primogénito de los dos más viejos le asignó la morada de su madre y la parcela de tierra de su contorno, que era la más extensa y la mejor. Lo estableció en calidad de rey sobre todos los demás. A éstos los hizo príncipes vasallos de aquél y a cada uno de ellos le dio autoridad sobre un gran número de hombres y sobre un extenso territorio. Les impuso nombres a todos; el más viejo, el rey, recibió el nombre que sirvió para designar la isla entera y el mar llamado Atlántico, ya que el nombre del primer rey que reinó entonces fue Atlas. Su hermano mellizo, nacido luego de él, obtuvo en heredad la parte extrema de la isla, por la parte de las Columnas de Hércules, frente a la región llamada hoy día Gadírica, según este lugar; se llamaba en griego Eumelos, y en la lengua del país, Gadiros. Y el nombre que se le dio se convirtió en el nombre del país. Luego, de los que nacieron en la segunda generación, llamó a uno Amferes y al otro Evaimon. En la tercera generación el nombre del primogénito fue Mneseas, y el del segundo fue Autóctono. De los de la cuarta generación llamó Elasippo al primero y Mestor al segundo. Y en la quinta, el que nació primero recibió el nombre de Azaes, y el que nació luego el de Diaprepés. Todos estos príncipes y sus descendientes habitaron el país durante numerosas generaciones. Eran también señores de una gran multitud de otras islas en el mar, y además, como ya se ha dicho, reinaban también en las regiones interiores, de la parte de acá de las Columnas de Hércules, hasta Egipto y Tirrenia. De esta forma nació de Atlas una raza numerosa y cargada de honores. Siempre era rey el más viejo y él transmitía su realeza al primogénito de sus lujos. De esta forma conservaron el poder durante numerosas generaciones. Habían adquirido riquezas en tal abundancia, que nunca sin duda antes de ellos ninguna casa real las poseyera semejantes y como ninguna las poseerá probablemente en el futuro. Ellos disponían de todo lo que podía proporcionar la misma ciudad y asimismo el resto del país. Pues si es verdad que les venían de fuera multitud de recursos a causa de su imperio, la mayor parte de los que son necesarios para la vida se los proporcionaba la isla misma. En primer lugar, todos los metales duros o maleables que se pueden extraer de las minas. Primero, aquel del que tan sólo conocemos el nombre, pero del que entonces existía, además del nombre, la sustancia misma, el oricalco. Era extraído de la tierra en diversos lugares de la isla; era, luego del oro, el más precioso de los metales que existían en aquel tiempo. Análogamente, todo lo que el bosque puede dar en materiales adecuados para el trabajo de carpinteros y ebanistas, la isla lo proveía con prodigalidad. Asimismo, ella nutría con abundancia todos los animales domésticos o salvajes. Incluso la especie misma de los elefantes se hallaba allí ampliamente representada. En efecto, no solamente abundaba el pasto para todas las demás especies, las que viven en los lagos, los pantanos y los ríos, las que pacen en las montañas y en las llanuras, sino que rebosaba alimentos para todas, incluso para el elefante, el mayor y el más voraz de los animales. Por lo demás, todas las esencias aromáticas que aún ahora nutre el suelo en cualquier lugar, raíces, brotes y maderas de los árboles, resinas que destilan de las flores o los frutos, las producía entonces la tierra y las hacía prosperar. Daba también los frutos cultivados y las semillas que han sido hechas para alimentarnos y de las que nosotros sacamos las harinas —sus diversas variedades las llamamos nosotros cereales—. Ella producía ese fruto leñoso que nos provee a la vez de bebidas, de alimentos y de perfumes, ese fruto escamoso y de difícil conservación, hecho para instruirnos y para entretenernos, el que nosotros ofrecemos, luego de la comida de la tarde, para disipar la pesadez del estómago y solazar al invitado cansado. Sí, todos esos frutos, la isla, que estaba entonces iluminada por el sol, los daba vigorosos, soberbios, magníficos, en cantidades inagotables. Así, pues, recogiendo en su suelo todas estas riquezas, los habitantes de la Atlántida construyeron los templos, los palacios de los reyes, los puertos, los arsenales, y embellecieron así todo el resto del país en el orden siguiente. Sobre los brazos circulares de mar que rodeaban la antigua ciudad materna construyeron al comienzo puentes y abrieron así un camino hacia el exterior y hacia la morada real. Este palacio de los reyes lo habían levantado desde el comienzo en la misma morada del dios y sus antepasados. Cada soberano recibía el palacio de su antecesor y embellecía a su vez lo que éste había embellecido. Procuraba siempre sobrepasarle en la medida en que podía, hasta el punto de que quien veía el palacio quedaba sobrecogido de sorpresa ante la grandeza y la belleza de la obra. Comenzando por el mar, hicieron un canal de tres plethros de ancho, cien de profundidad y cincuenta estadios de longitud, y lo hicieron llegar hasta el brazo de mar circular más exterior de todos. De esta manera dispusieron una entrada a los navíos venidos de alta mar, como si fuera un puerto. Practicaron en ella una bocana suficiente para que los mayores navíos pudieran también entrar en el canal. Luego, también en los recintos de tierra que separaban los círculos de agua abrieron pasadizos a la altura de los puentes, de tal tipo que sólo pudiera pasar de un círculo a otro un sólo trirreme, y techaron estos pasadizos, de manera que la navegación era subterránea, pues los parapetos de los círculos de tierra se elevaban suficientemente por encima del mar. El mayor de los recintos de agua, aquel en que penetraba el mar, tenía tres estadios de ancho, y el recinto de tierra que le seguía tenía una anchura igual. En el segundo círculo, la cinta de agua tenía dos estadios de ancho y la de tierra tenía aún una anchura igual a ésta. Pero la cinta de agua que rodeaba inmediatamente a la isla central no tenía más que un estadio de anchura. La isla, en la que se hallaba el palacio de los reyes, tenía un diámetro de cinco estadios. Ahora bien, la isla, los recintos y el puente -que

Leitura livre, oferecida pelo Conhecer para Transformar.