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Capítulo 13 de 22

Editorial Pomaire — parte 12 de 21

El Misterio De La Atlantida

Mapa del padre Kircher (siglo XVII), que representa la Atlántida ¿on una inscripción en la que se lee: "Lugar donde se hallaba la isla de la Atlántida, ahora sumergida en el mar, según la creencia de los egipcios y la descripción de Platón".

El propio Voltaire entra aquí en escena, o por lo menos eso parece, ya que existe una dedicatoria al filósofo en un estudio sobre la Atlántida del astrónomo Jean Bailly, que vivió antes de la Revolución Francesa y que situaba la isla-continente en el extremo Norte, cuando el Ártico era tropical. Al parecer, Voltaire compartía la opinión de Bailly, aunque es difícil comprobarlo, debido a su falta de fe en la mayor parte de las instituciones de su época. Es bien sabido que ciertas zonas del Ártico y el Antártico eran tropicales. En Alaska, el norte de Canadá y Groenlandia, en algunas excavaciones se han descubierto tigres de Bengala y otros animales cuyo hábitat exige un clima más cálido. Sin embargo, esta circunstancia en sí misma no está inmediatamente relacionada con el tema de la Atlántida, salvo porque constituye otro indicio de los grandes cambios climáticos ocurridos en el mundo. En el siglo XIX aparecieron entre otras teorías más modernas, dos escuelas importantes: una se basaba en el supuesto de que el continente sumergido sería una isla atlántica, un puente entre América y Europa, y la otra presumía que había estado situada en el norte o el noroeste de África, cuando el Sahara no era todavía un desierto. La primera teoría recibió un impulso considerable en 1882, a raíz de la publicación del libro de Ignatious Donnelly Atlantis, Myths of the Antediluvian World, del que se hicieron cincuenta ediciones y que aún se sigue publicando. La obra ha tenido tanta influencia sobre los estudios

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar realizados en esta materia que, pese a sus frecuentes errores y entusiastas exageraciones merece ser considerada atentamente e incluso con simpatía, teniendo en cuenta la época en que fue escrita. El brío y la convicción con que está escrita no han sido igualados. Posiblemente Donnelly se vio influido por Bory de Saint-Vincent, autor de un artículo publicado en 1803 en que indicaba que las Azores y las Canarias eran restos de la Atlántida, y de un mapa de la isla sumergida que se apoyaba en la información recibida de los autores clásicos. Es probable que también influyeran en él dos estudiosos franceses, Brasseur de Bourbourg y Le Plongeon, que vivieron en México y Guatemala, aprendieron la lengua maya y luego hicieron traducciones interpretativas y no comprobadas de partes de los documentos mayas, para demostrar que ese pueblo era descendiente de fugitivos de la Atlántida. Donnelly pudo también tener en cuenta a Hosea (1875), un estudioso norteamericano que comparó las culturas indias de América con la de Egipto. Donnelly formuló la teoría de que la Atlántida fue la primera civilización mundial, la potencia colonizadora y civilizadora del litoral atlántico, de las costas del Mediterráneo, el Caucase, América Central y del Sur, el valle del Mississippi, el Báltico e incluso la India y partes de Asia Central. Fue también el lugar donde se inventó el alfabeto. Su catastrófico hundimiento habría sido un hecho histórico, inmortalizado en las leyendas de las inundaciones, y los mitos y leyendas de la Antigüedad constituirían simplemente una versión oscura y confusa de la verdadera historia atlántica. También intentó una aproximación científica al tema, examinando la viabilidad de la versión de Platón y estudiando los terremotos y hundimientos con caracteres de cataclismo que registra la historia, así como el surgimiento y desaparición de islas en el mar. Como prueba de que es posible que se produzcan desapariciones tan colosales como aquélla, examina algunos terremotos que provocaron hundimientos de tierra en el pasado, en Java, Sumatra, Sicilia y en una zona de 5000 kilómetros cuadrados en el Indico. Sin embargo, para él, el océano Atlántico es la zona más inestable y cambiante de todas. Menciona los terremotos del siglo XVIII en Islandia y la aparición de una isla que fue reclamada por el rey de Dinamarca pero que volvió a sumergirse, Durante el siglo XIX, las islas Canarias, que "probablemente formaban parte del imperio atlántico original", fueron sacudidas durante cinco años por terremotos. Describiendo el terremoto de Lisboa, en el siglo XVIII, dice:

...En seis minutos murieron 60.000 personas. Muchas de ellas trataron de ponerse a salvo sobre un nuevo muelle construido enteramente de mármol, pero repentinamente se hundió, arrastrándoles consigo y sin que ninguno de sus cadáveres volviera a la superficie. Cerca de allí había una gran cantidad de pequeñas embarcaciones y lanchas, llenas de gente. De pronto, desaparecieron como tragadas por un remolino.

Jamás se encontraron fragmentos de estos naufragios. En el punto donde se hundió el muelle el agua tiene ahora doscientos metros de profundidad. La zona afectada por el terremoto era muy grande. Humboldt dice que una parte de la superficie de la Tierra, cuatro veces mayor que Europa, fue sacudida al mismo tiempo. Esta zona se extendía desde el Báltico hasta las Indias Occidentales y desde Canadá hasta Argelia. La tierra se abrió a ocho leguas de Marruecos, se tragó una ciudad de diez mil habitantes y luego volvió a cerrarse sobre ella. Es muy posible que el centro de la convulsión estuviese en el fondo del Atlántico y que se tratara de la continuación de la gran agonía terrestre que, miles de años antes, acarreó gran destrucción sobre aquella tierra. La descripción que Donnelly hace del cinturón sísmico del Atlántico prosigue así:

Mientras Lisboa e Irlanda, situadas al este del Atlántico, están sometidas a estas grandes sacudidas sísmicas, las islas de las Indias Occidentales, que se encuentran al oeste del mismo centro, han experimentado repetidamente fenómenos similares. En 1692, Jamaica sufrió un violento temblor... Una franja de tierra próxima a la ciudad de Port-Royal, de una extensión aproximada de 400 hectáreas, se hundió en menos de un minuto y el mar lo cubrió todo, inmediatamente.

Aunque Donnelly, que escribía en 1882, no podía prever la destrucción de la Martinica ocasionada por el monte Pelee en 1901, cabe presumir que su tristeza por las muertes se

habría visto mitigada por el refrendo que la catástrofe prestaba a sus teorías. Cuando se refiere a las Azores, "indudablemente las cumbres de las montañas de la Atlántida", considera que los volcanes que hundieron la isla-continente podrían reservarnos una sorpresa en el futuro:

...En 1808 surgió repentinamente un volcán en San Jorge, alcanzando la altura de 1.100 metros. Estuvo en erupción durante seis días, causando la desolación de toda la isla. En 1811 apareció otro desde el mar, cerca de San Miguel, dando lugar a una isla de cien metros de altura que recibió el nombre de Sambrina pero que rápidamente se hundió en el océano. Erupciones similares habían ocurrido en las Azores entre 1691 y 1720. Hay una gran línea, una vasta fractura en la superficie del globo, que se extiende de Norte a Sur por el Atlántico y en la que hallamos una serie ininterrumpida de volcanes activos o extinguidos. En Islandia se halla el Oerafa, el Hecla y el Rauda Kamba, hay otro en Pico, en las Azores, luego está la cumbre de Tenerife y Fuego, en una de las islas de Cabo Verde. En cuanto a volcanes extinguidos, hallamos varios en Islandia y dos en Madeira. Por otra parte, Fernando de Noronha, la isla de Ascensión, Santa Helena y Tristán de Acunha son todas de origen volcánico... Estos hechos parecen demostrar que los grandes fuegos que destruyeron la Atlántida están todavía latentes en las profundidades del océano; que las intensas oscilaciones que provocaron el hundimiento en el mar del continente de Platón, podrían provocar de nuevo su inmersión con todos sus tesoros escondidos...

Además de dar a entender que la difusión de ciertos animales es una prueba de la existencia de los "puentes terrestres" a través del Atlántico, Donnelly sugiere que el plátano y otras plantas sin semilla fueron llevadas a América por el hombre civilizado, y cita al profesor Kuntze:

Una planta que no posee semillas debe haber sido cultivada durante un período muy largo. No tenemos en Europa una sola planta cultivada que carezca de semillas, y por lo tanto es quizás acertado suponer que dichas plantas fueron cultivadas ya en los comienzos de la segunda parte del período diluvial.

Donnelly agrega, de manera categórica:

...Encontramos esa civilización, tal como lo indica Platón, y precisamente en un clima como ése, en la Atlántida y en ningún otro sitio. Se extendía, a través de las islas contiguas, hasta una distancia de 390 kilómetros de la costa de Europa por un lado y por el otro casi tocaba las islas de las Indias Occidentales, mientras que por intermedio de sus cadenas montañosas realizaba la unión de Brasil y África.

Donnelly examinó detalladamente las leyendas sobre inundaciones existentes en el mundo y su similitud, que para él es una prueba más del hundimiento de la Atlántida, y señaló un detalle: la formación de lodo que siguió a la inundación y que según Platón (y los fenicios) imposibilitó la navegación por el Atlántico, después de la desaparición de la isla. Este es uno de los puntos de la narración de Platón que provocó la incredulidad y la burla de los antiguos e incluso de la época moderna. En la leyenda caldea encontramos algo semejante: Kasiastra dice: "Miré atentamente hacia el mar, y la Humanidad entera había retornado al barro". En las leyendas del Popol Vuh se nos dice que "desde el cielo se precipitó una sustancia espesa como resina".

Las exploraciones del barco Challenger muestran que la totalidad de la cordillera sumergida de la que forma parte la Atlántida sigue hasta hoy cubierta de restos volcánicos. Basta con recordar las ciudades de Pompeya y Hercula-no, que estaban cubiertas con tal masa de cenizas volcánicas, debidas de las erupciones del año 79 a.C., que permanecieron durante diecisiete siglos enterradas a una profundidad de entre cinco y diez metros... ...En 1783 la erupción volcánica de Islandia cubrió el mar de piedra pómez, en un diámetro de 240 kilómetros y los barcos tenían grandes dificultades para navegar. ...La erupción de la isla de Sumbawa, en abril de 1815, arrojó ...una masa de setenta centímetros de altura y varios kilómetros de extensión, por la cual los barcos tenían gran dificultad para avanzar. Hay que pensar, entonces, que la afirmación de Platón, que ha sido ridiculizada por los estudiosos, es uno de los elementos que corroboran su versión. Es probable que los barcos de los atlantes, en su regreso después de la tempestad, hallaran el océano infranqueable, debido a las masas de cenizas volcánicas y piedra pómez, y retornaran horrorizados a las costas de Europa. La conmoción que experimentó la civilización se tradujo probablemente en uno de esos periodos de retroceso en la historia de la Humanidad en que se perdió todo

Charles Berlitz El misterio de la Atlántida www.formarse.com.ar contacto con el hemisferio occidental.

Llevado de su entusiasmo por esta teoría atlántica como interpretación de la historia, Donnelly sostuvo que hasta una época muy reciente,

...casi todas las artes esenciales de nuestra civilización proceden de los tiempos de la Atlántida, sin duda de aquella antigua cultura egipcia que coincidió con la atlántica y fue resultado de ella. Durante seis mil años, el mundo no hizo ningún progreso respecto de la civilización que habían legado los Atlantes.

Al subrayar la antigüedad de los importantes adelantos que consiguió la primitiva civilización, sugiere que todos provienen de un punto central y afirma:

...No puedo creer que los grandes inventos se realizaron en varios lugares, a la vez de forma espontánea, como algunos quisieron hacernos creer. No hay verdad alguna en la teoría de que los hombres, urgidos por la necesidad, siempre han de inventar las mismas cosas para satisfacer sus necesidades. Si así fuese, todos los salvajes habrían inventado el boomerang, todos poseerían objetos de cerámica, arcos y flechas, hondas, tiendas y canoas. En una palabra, todas las razas habrían alcanzado la civilización, porque sin duda las comodidades de la vida resultan igualmente agradables para todos los pueblos. ...Cada una de las razas civilizadas del mundo ha tenido algún tipo de civilización, incluso en su época más primitiva, y de la misma forma que todos los caminos llevan a Roma, todas las líneas convergentes de la civilización conducen a la Atlántida...

Como prueba de la expansión de la cultura atlántica hacia ambas orillas del Atlántico, argumenta:

...Si en ambas orillas del Atlántico encontramos precisamente las mismas artes, ciencias, creencias religiosas, hábitos, costumbres y tradiciones, resulta absurdo decir que los pueblos de los dos continentes alcanzaron en forma separada y siguiendo exactamente los mismos pasos, justamente los mismos fines...

Luego prosigue indicando numerosos paralelismos muy convincentes entre la América India y el Viejo Mundo en materia de leyendas, religión (especialmente la adoración del Sol), magia, creencia en espíritus y demonios, la tradición del Jardín del Edén, la reiterada presencia de ciertos símbolos, como la cruz y la svástica, ritos fúnebres y momificación, e incluso tradiciones seudomédicas, como la circuncisión, el parto simulado del padre — coincidiendo con el parto real de la madre—, y el fajado de las cabezas de los niños para producir cráneos alargados. Todo ello era común a pueblos tan distantes como los mayas, los incas, los antiguos celtas y los egipcios. En esto puede haberse visto directamente inspirado por Platón. Al discutir la leyenda de Faetón, que condujo el carro solar de su padre a través de los cielos y que, al no poder controlar los caballos fue destruido, dice el filósofo: "Aunque en forma de mito, estaba realmente relacionado con las acciones de los cuerpos celestes y los reiterados desastres de las conflagraciones". Para Donnelly, todos los mitos griegos son parte de la historia. Sostiene que la Atlántida es la clave de la mitología griega, y que los dioses y diosas griegos, "que nacen, comen y beben, hacen el amor, fascinan, roban y mueren", eran un confuso recuerdo de las hazañas de los gobernantes atlánticos. "La mitología griega es una historia de reyes, reinas y princesas, de amores, adulterios, rebeliones, guerras, asesinatos, viajes por mar y colonizaciones de palacios, templos, talleres y herrerías; de fabricación de espadas, de grabado y metalurgia; de vino, cebada, trigo, vacunos, ovejas, caballos y agricultura en general. ¿Quién puede dudar de que la mitología griega en su conjunto es el recuerdo que una raza degenerada conservó de un imperio vasto, poderoso, y muy civilizado, que en un pasado remoto cubrió grandes extensiones de Europa, Asia, África y América?..." Propone una atractiva explicación de la forma en que las figuras históricas atlánticas se convirtieron en dioses de otras naciones y sugiere este ejemplo (recordemos que escribía en una época en que el Imperio Británico estaba en el apogeo de su poderío): "... Supongamos que Gran Bretaña sufre mañana un destino semejante. ¡En qué terrible consternación se verían sumidas las colonias y la familia humana toda!... Guillermo el Conquistador, Ricardo Corazón de León, Alfredo el Grande, Cromwell y la reina Victoria podrían sobrevivir solamente como los dioses o demonios de las razas posteriores, pero la memoria del cataclismo en que

pereció instantáneamente el centro de un imperio universal jamás se borraría; sobreviviría en fragmentos, más o menos completos, en cada región de la Tierra..." Cincuenta años más tarde, el escritor francés Edgar Daqué se hizo eco de la teoría de Donnelly en el sentido de que los relatos sobre los dioses griegos eran verdadera historia. Daqué estudió, entre otras teorías geográficas, la leyenda de las Pléyades, las hijas de Atlas que se convierten en estrellas. Para él se trataba de una alegoría para explicar la desaparición de algunos fragmentos de la cadena montañosa del Atlas bajo el mar. En otras palabras, ciertas partes del cuerpo de Atlas, sus hijas, desaparecieron y se convirtieron en estrellas — las Pléyades— mientras sus formas anteriores, de la época en que eran montañas, yacen todavía sumergidas en el Atlántico. Explica también la petición de oro que hizo Hércules a las Hespérides, como una alegoría del comercio griego con una cultura más avanzada del Atlántico. En su opinión, las manzanas de oro eran naranjas o limones, y la cultura occidental (la Atlántida) tenía probablemente grados distintos y "variedades mejor desarrolladas de frutas y productos que habrían provocado la envidia de las razas mediterráneas más pobres...". Viene a la memoria la teoría del supuesto cultivo del plátano y la pina en la Atlántida, y es de notar que en italiano el tomate —desconocido en Europa antes del descubrimiento de América— se llama pomodoro, "manzana de oro". Donnelly afirmó también que los dioses fenicios eran recuerdos de los gobernantes de la Atlántida y que los fenicios estaban más cerca de los atlantes que los griegos y, de hecho, sirvieron de vehículo para la transmisión de los elementos de la cultura más antigua a griegos, egipcios, hebreos y otros. "... El territorio que cubría el comercio de los fenicios representa, hasta cierto punto, el área del viejo imperio atlántico. Sus colonias y centros comerciales se extendían hacia Oriente y Occidente, desde las costas del Mar Negro, a través del Mediterráneo, hacia la costa occidental de África y España y alrededor de Irlanda e Inglaterra. Por el Norte y el Sur llegaban desde el Báltico hasta el Golfo Pérsico... Estrabón calculaba que contaban con trescientas ciudades a lo largo de la costa occidental de África..." Relaciona claramente a Colón —que, según cierta teoría que circula en el mundo de habla española era de origen judío— con los semitas fenicios y dice: "...Cuando Colón se hizo a la mar para descubrir el Nuevo Mundo, o redescubrir uno viejo, partió de un puerto fenicio fundado por aquella gran raza, dos mil quinientos años antes. Este marino atlántico, de rasgos fenicios y que navegaba desde un puerto atlántico, simplemente volvió a cubrir la ruta del comercio y la colonización que había" quedado cerrada cuando la isla de Platón se hundió en el mar...". Donnelly considera el imperio atlántico como un mundo prehistórico que se extendía por la mayor parte de la tierra. Casi toda su obra está dedicada a rastrear leyendas, influencias e incluso reliquias de los atlantes, especialmente en Perú, Colombia, Bolivia, América Central, México y el Valle del Mississippi, en que relacionó la cultura de los constructores de promontorios con la isla-continente. Las buscó en Irlanda, España, África del Norte, Egipto y especialmente en la Italia pre-romana, Gran Bretaña, las regiones del Báltico, Arabia, Mesopotamia, e incluso la India. Con gran elocuencia, escribió:

"... Un imperio que llegaba desde los Andes hasta Indostán...; en su mercado se encontraba maíz del valle del Mississippi, cobre del lago Superior, oro y plata de Perú y México, especies de la India, estaño de Gales y Cornualles, bronce de Iberia, ámbar del Báltico, trigo y cebada de Grecia, Italia y Suiza..."

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